La digitalización transformó completamente la forma en que las personas se conocen, se vinculan y construyen relaciones de pareja. Hoy, gran parte de la vida afectiva transcurre en entornos virtuales: las relaciones se inician por aplicaciones de citas, se sostienen a través de chats y se exhiben en redes sociales, donde la comunicación es constante y la exposición, permanente. Sin embargo, especialistas advierten que esta hiperconectividad no necesariamente se traduce en vínculos emocionales más sólidos.
Entre publicaciones, mensajes y la validación de los “me gusta”, las plataformas digitales se convirtieron en un espacio central para el desarrollo de las relaciones, especialmente entre jóvenes y adolescentes.
Pese a ello, la inmediatez y la disponibilidad permanente no siempre favorecen la construcción de intimidad, y en muchos casos terminan debilitando la comunicación y el compromiso emocional.
La era digital dificulta el desarrollo de relaciones estables
Constanza Echeverría, psicóloga de Grupo Cetep, explica que “la comunicación digital privilegia la rapidez y la respuesta inmediata, pero deja fuera elementos fundamentales del vínculo, como la escucha activa, el lenguaje no verbal y la capacidad de sostener conversaciones emocionalmente complejas“.
“A eso se suma que en redes sociales tendemos a mostrar versiones editadas de nosotros mismos, resaltando ciertos aspectos y ocultando otros. Cuando el vínculo se construye desde esa presentación parcial, es más difícil que el otro conozca quién soy realmente. Sin autenticidad, la intimidad se vuelve más frágil. Esto puede generar una sensación de cercanía que no siempre se sostiene en una conexión profunda ni en un conocimiento real del otro”, agregó.
La falta de tiempo y la inmediatez propia del entorno digital dificultan la elaboración emocional.
“Para poder comprender lo que sentimos, necesitamos pausa, reflexión y procesamiento. Cuando esos espacios no existen, tendemos a reaccionar desde la ansiedad y no desde la conciencia emocional. Eso impacta directamente en la profundidad del vínculo, que puede volverse más superficial y menos reflexivo”, señala la especialista.
Ambigüedad y nuevas dinámicas en las relaciones
La fragilidad de los vínculos actuales no responde a un solo factor, sino a un cambio profundo en las condiciones en que hoy se construyen las relaciones, particularmente entre adolescentes y adultos jóvenes, quienes han desarrollado gran parte de su vida social en entornos digitales.
Es por esto que la inmediatez, la multiplicidad de opciones y la lógica de consumo propias de este entorno digital han modificado las expectativas, los tiempos y la forma de involucrarse afectivamente.
“Hoy las relaciones se desarrollan en un contexto donde todo es rápido, reemplazable y está siempre disponible. Esa lógica se traslada al mundo afectivo: se tolera menos la frustración, se invierte menos tiempo en resolver conflictos y se instala la idea de que, ante la dificultad, siempre existe otra opción”, explica la psicóloga Fiorella Mauriziano.
En este escenario han cobrado fuerza términos como ghosting, migajear o situationships, que describen dinámicas marcadas por la evasión, la intermitencia y la falta de definición.
Si bien estas categorías permiten identificar conductas que antes no tenían nombre, también reflejan un patrón relacional donde la ambigüedad se vuelve frecuente y, en algunos casos, normalizada.
A ello se suma un cambio en la forma de iniciar los vínculos. Las aplicaciones de citas amplían el acceso a potenciales parejas, pero también introducen una dinámica de elección constante.
“La sensación de abundancia puede dificultar el compromiso. Cuando el foco está puesto en comparar y evaluar permanentemente, se debilita la disposición a profundizar en un solo vínculo”, señala Mauriziano.
En este escenario, las especialistas advierten que no se trata solo de un cambio cultural o tecnológico, sino también de una necesidad humana profunda. El deseo de vincularse y pertenecer sigue siendo central, especialmente en adolescentes y adultos jóvenes, etapa donde se consolidan los modelos afectivos.
“Las personas tenemos una necesidad básica de conexión. Buscamos el contacto con otros porque el vínculo nos da seguridad y sentido de pertenencia. Cuando aparece el miedo al abandono, podemos llegar a aceptar dinámicas poco claras o relaciones intermitentes con tal de no perder ese contacto. El problema es que, al sostener vínculos que no son consistentes en el tiempo, la inseguridad se mantiene y se refuerza”, concluye Echeverría.
Evasión digital y desgaste emocional
Más allá del impacto en la intimidad, la forma en que hoy se construyen las relaciones también ha modificado la manera de enfrentar el compromiso y el conflicto.
La comunicación mediada por pantallas permite postergar conversaciones incómodas, evitar definiciones claras o mantener vínculos abiertos por largos períodos sin acuerdos explícitos.
“El entorno digital facilita la evasión. Es más sencillo dejar conversaciones inconclusas, desaparecer sin explicaciones o mantener relaciones poco definidas, lo que incrementa la ansiedad, la inseguridad y la sensación de incertidumbre”, advierte Echeverría.
En este contexto se han normalizado prácticas como el ghosting, el benching o las situationships: vínculos sin nombre ni compromiso claro que, aunque frecuentes, no están exentos de consecuencias emocionales.
“La falta de límites y de acuerdos explícitos debilita la confianza y dificulta la construcción de relaciones estables a largo plazo”, agrega.
A esto se suma otro factor: la exposición constante de la vida privada en redes sociales.
Los contenidos que circulan suelen mostrar versiones idealizadas de las parejas, sin conflictos ni dificultades cotidianas. Esto instala comparaciones permanentes y expectativas poco realistas sobre cómo debería ser una relación.
“La cercanía emocional se construye desde la presencia, el tiempo compartido y la capacidad de sostener conversaciones complejas. Sin esos espacios, el vínculo pierde profundidad”, afirma Mauriziano.
El valor de la conexión humana en la relaciones de pareja
Pese al protagonismo que ha adquirido la tecnología en la vida cotidiana, ambas psicólogas coinciden en que la base de una relación sana sigue siendo la conexión humana auténtica, aquella que se construye más allá de las pantallas.
Si bien las herramientas digitales han facilitado el contacto y ampliado las formas de vincularse, también han tensionado la manera en que las personas se conocen, se comprometen y sostienen la intimidad en el tiempo.
“Las redes sociales no reemplazan la intimidad. La cercanía emocional se construye a partir del tiempo compartido, la presencia y la capacidad de conectar con las emociones propias y del otro. Sin ese espacio, el vínculo pierde profundidad, aunque exista comunicación constante”, afirma Fiorella Mauriziano.
Para Constanza Echeverría, el problema no es la tecnología en sí, sino su uso sin límites ni acuerdos claros.
“Generar espacios sin pantallas, sostener conversaciones significativas y compartir experiencias fuera del entorno digital permite reconstruir la confianza y la seguridad emocional. No se trata de eliminar la tecnología, sino de evitar que sustituya el encuentro real y el diálogo profundo”, explica.
En esa línea, las especialistas recomiendan establecer expectativas explícitas sobre el tipo de relación que se busca, no postergar conversaciones difíciles mediante mensajes, evitar normalizar dinámicas que generan malestar emocional, conversar explícitamente sobre el tipo de relación que se busca.
Asimismo, acordar límites sobre el uso de redes sociales dentro de la pareja y priorizar instancias de encuentro presencial, especialmente en adolescentes y adultos jóvenes, que han construido gran parte de sus vínculos en entornos digitales, resulta clave para recuperar la claridad y la responsabilidad emocional en un entorno que favorece la ambigüedad.