El verdadero peligro no son los movimientos que buscan proteger el planeta. El verdadero riesgo es el negacionismo.
Desde Bruselas se ha instalado la idea de que el ambientalismo sería un exceso ideológico que divide a la sociedad. Pero mientras se intenta caricaturizar movimientos sociales completos, hay un “ismo” del que poco se habla y que sí pone en riesgo el futuro del país: el negacionismo.
Y el negacionismo no es solo negar el cambio climático. También es minimizar o trivializar problemas que ya golpean a Chile hoy. Basta recordar cuando, en pleno debate público sobre la escasez hídrica, se simplificó con ligereza el ciclo del agua, haciendo alusión a que esta “se pierde en el mar”, como si la sequía fuera simplemente un proceso natural que se resuelve acumulando agua en embalses, sin responsabilidad humana ni necesidad de políticas públicas.
Pero Chile lleva más de una década enfrentando una megasequía y la crisis hídrica se ha extendido territorialmente. Según las últimas cifras oficiales, hay 58 comunas del país bajo decreto de escasez hídrica vigente, afectando a más de un millón y medio de personas que conviven con falta de agua por déficit de lluvia y baja disponibilidad de recursos.
Ese impacto tiene un rostro productivo y comunitario específico: la agricultura familiar campesina. Para miles de pequeños agricultores y agricultoras, el agua no es un recurso abstracto, sino el sustento del día a día.
Cuando el agua escasea, no solo se pierden cosechas: se ponen en riesgo semillas, huertos, ganado y saberes que han alimentado a generaciones enteras. Muchas familias rurales se ven forzadas a adoptar técnicas de supervivencia improvisadas o incluso a dejar sus tierras ante la incapacidad de garantizar riego y producción.
Incluso regiones que históricamente se han identificado con abundancia de agua, como la Región de Los Ríos, comienzan a experimentar cambios en sus ciclos de lluvia, presión sobre cuencas y tensiones por el uso del recurso. La crisis hídrica ya no distingue territorios: avanza silenciosamente incluso donde creemos que el agua nunca faltará.
Mientras tanto, la disputa por el agua ya no es un problema futuro, sino presente. Las reservas de agua dulce se vuelven estratégicas en todo el mundo y Chile, uno de los países más vulnerables al cambio climático —al verse afectado por múltiples factores que alteran el ciclo del agua— no puede darse el lujo de negar o relativizar la crisis hídrica. La seguridad hídrica será tan determinante como la seguridad energética o alimentaria.
Por eso, ridiculizar el ambientalismo o tratar la crisis climática como un exceso ideológico no solo es un error político; es una irresponsabilidad histórica. Defender el agua, los ecosistemas y la adaptación al cambio climático no es una agenda identitaria: es una agenda de supervivencia.
El verdadero peligro no son los movimientos que buscan proteger el planeta. El verdadero riesgo es el negacionismo: ese “ismo” que no debate soluciones, sino que niega problemas evidentes.
Porque cuando se niega la realidad, no se gana una batalla cultural. Se pierde el futuro.
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