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La neurociencia revela que el intestino y su microbiota desempeñan un papel clave en el TDAH, más allá del enfoque cerebral tradicional. El neurocientífico Miguel Toribio-Mateas destaca la importancia del eje intestino-cerebro en la regulación emocional y cognitiva de las personas con TDAH. La investigación muestra que la microbiota afecta la inflamación y la estabilidad cognitiva, influenciando la neuroinflamación y la dopamina. La alimentación y la relación sensorial con la comida son fundamentales, con recomendaciones como consumir alimentos ricos en polifenoles, fibras prebióticas y alimentos fermentados.
Durante años, el El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) se ha explicado casi exclusivamente desde el cerebro: la dopamina, la corteza prefrontal y la atención. Sin embargo, la neurociencia empieza a mirar más abajo, ya que la investigación emergente apunta a que el intestino -y la microbiota que lo habita- desempeña un papel clave en la regulación emocional, en la inflamación y en la estabilidad cognitiva en las personas con TDAH.
Miguel Toribio-Mateas, neurocientífico, nutricionista e investigador en nutrición y salud mental, lo tiene claro: el eje intestino-cerebro no es una moda, sino una vía directa que puede ayudar a entender por qué el TDAH no es solo mental, sino profundamente sensorial y corporal.
En Europa Press el experto fue entrevistado a raíz de la publicación de ‘Cuerpo y mente. TDAH’, donde detalla dos décadas de trabajo relacionada con la intersección donde la neurociencia se encuentra con el microbioma.
“Donde la nutrición moldea la mente y donde la neurodiversidad y la salud mental se viven como experiencias palpables; cuando investigo, me veo a mí mismo”, confiesa el científico, a quien diagnosticaron de TDAH y TEA con 47 años.
Una microbiota similar a otras, pero que funciona diferente
“La investigación emergente confirma que el estrés oxidativo está elevado en personas con TDAH, lo que nos hace más susceptibles a los efectos en cascada de la disbiosis intestinal. No es solo una cuestión digestiva: tiene consecuencias directas sobre la neuroinflamación, la regulación de la dopamina, y la estabilidad cognitiva”, asegura.
El experto explica que la microbiota de una persona con TDAH y de una persona no neurodivergente es más o menos similar a nivel de composición.
Si bien destaca que es más a nivel funcional donde quizás más se diferencien, un aspecto que va a influir, por ejemplo, es en el desarrollo de inflamación de bajo grado, o que se dé un mayor estrés oxidativo en las personas con TDAH.
Allí resalta que, al hablar de patrones de alimentación, se ve que hay una comunicación constante y bidireccional entre el eje intestino-cerebro. Aclara que, aunque esa comunicación funciona en ambos sentidos y por varias vías, a través del nervio vago predominan las señales que ascienden desde el intestino hacia el cerebro.
“Alrededor del 80% de sus fibras transmiten información en esa dirección. El cerebro envía mensajes relativamente simples. Mientras que el intestino genera una enorme cantidad de señales complejas que el cerebro tiene que filtrar y priorizar“, afirma.
Con ello, subraya que el eje intestino-cerebro “no es solo una moda científica”, sino que “es un bucle vivo de retroalimentación que moldea, instante a instante, cómo te sientes, cómo enfocas y cómo funcionas. Cuando alimentas tu intestino, no solo apoyas tu digestión: afinas tu ritmo interno y le das a tu mente con TDAH un lugar más suave donde aterrizar”, explica.
La comida, una experiencia sensorial intensa para personas con TDAH
Toribio-Mateas señala en el libro que muchos ‘TDAHeros’ (especialmente quienes también son autistas) viven la comida como una experiencia sensorial intensa, a veces abrumadora.
“Lo que para una persona es un manjar, para otra puede ser desbordante. Y los fermentados, con sus olores potentes y texturas ácidas, pueden resultar una sobrecarga sensorial“, afirma.
Las personas con TDAH suelen mantener una relación con la comida diferente, “y hay mucha evitación sensorial”, “muy típica en otros neurotipos como el autismo”, pero también de búsqueda sensorial.
“Para algunas personas podrá ser que eviten más las sensaciones, o el ruido, o los sabores fuertes; mientras que para otras personas es más un 50-50, pero para algunas cosas intentan evitarlas completamente”, agrega.
“El TDAH no es solo mental. Es profundamente sensorial. Nuestros cerebros buscan estimulación, sí, pero también límites seguros. Y eso incluye lo que comemos: no solo por sabor, sino por textura, por temperatura, por cómo se siente cada bocado en la boca y en el cuerpo. La textura importa”, subraya el neurocientífico.
El experto reconoce que no todo el mundo busca sabores intensos, y para muchos ciertas combinaciones, olores o texturas pueden resultar abrumadoras.
“Y eso no es un problema, es información. Es una forma de estar en el mundo. Tal vez los fermentados te resultan demasiado ácidos, o las salsas picantes te abruman, o no soportas el crujido de ciertos vegetales crudos”, explica.
Elegir comidas que nos hagan sentir bien
El también nutricionista, aconseja a las personas con TDAH elegir aquellas comidas que te hagan sentir bien a lo largo de la semana, aunque sean repetitivas.
“No pasa nada, no te agobies porque es que estas comidas te hacen sentir segura, sin llegar a un punto de que sea patológico, claro. Cuando empiezas a darte cuenta de estas cosas, empiezas a respetar el hecho de que en una semana te apetezca cenar todas las noches lo mismo, y está bien. Tienes que hacer lo que te pide el cuerpo, y si te pide seguridad, ya irás avanzando poco a poco y probando a salir de vez en cuando de tu zona de confort”, aconseja el neurocientífico.
Tras ello, destaca que hay muchos alimentos que pueden venir bien a las personas con TDAH, por ejemplo, las que contienen polifenoles: frutos rojos, chocolate negro, té verde y aceite de oliva virgen extra, ya que ayudan a diversificar tu microbiota y a reducir la inflamación relacionada con el estrés, fortaleciendo el eje intestino-cerebro.
Pero también agrega a la lista las fibras prebióticas, como las cebollas, los ajos, los espárragos, y la avena, ya que “alimentan tus bacterias intestinales y estimulan la producción de ácidos grasos de cadena corta, que influyen en la función cerebral y en la estabilidad emocional”.
O también los alimentos fermentados como el chucrut, el kéfir, el yogur y el kimchi; la fibra; hortalizas en general, pero especialmente la remolacha, la zanahoria, los frutos secos como los pistachos o las semillas de girasol; los almidones resistentes como el plátano verde, el arroz, o las papas cocinadas y después enfriadas); frutas como la naranja, las manzanas, las ciruelas; las legumbres o los lácteos fermentados.
En cualquier caso, asegura que el TDAH no se trata de una lista cerrada, sino de ejemplos orientativos e insiste en que la autoexigencia no ayuda en el TDAH, y por eso propone un enfoque flexible que acompañe y ofrezca opciones, en lugar de imponer reglas.
Di sí a los carbohidratos y prepara comidas regulares
En cuanto a los carbohidratos, señala que estos siempre han recibido mala prensa, pero sostiene que para los ‘TDAHeros’, “con mentes que alternan entre la euforia y el agotamiento”, los carbohidratos adecuados no son un lujo, sino una necesidad.
“Nos proporcionan un ritmo estable, claridad mental, y un jardín microbiano bien nutrido. ¿Te suena ese bajón a las tres de la tarde? ¿Esa sensación de que tu mente ya no coopera con nada ni nadie? Es normal. Pero se puede suavizar. Una comida central que incluya proteína completa, grasas saludables, y carbohidratos de digestión lenta ayuda”, explica.
Otro de los consejos es que las comidas en el TDAH sean regulares porque, tal y como argumenta, no solo dan energía, sino que también te ayudarán a regular el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal; aparte de que si son regulares, las comidas estabilizan la glucosa en sangre, y favorecen la producción de neurotransmisores como la serotonina y la dopamina.
“Pero igual de importante es la pausa entre comidas”, asevera.
Más riesgo de trastornos de alimentación en el TDAH
Toribio-Mateas alerta que en el TDAH hay muchos trastornos de alimentación, hasta 3-4 veces más de riesgo de desarrollar un trastorno de la conducta alimentaria o TCA durante la vida, “porque la comida es una manera del sistema nervioso central para sentirse seguro”.
“Si esa persona sabe que cierto alimento le quita seguridad, está desarrollando este mecanismo de gestión emocional a través de la comida. Si, por ejemplo, en un plato hay cebolla, y esa persona no la tolera, se pone nerviosa y no regula bien, y es la manera en la que hay que verlo. No hay que enfadarse, la cebolla le hace ponerse rara, y cuando somos adultos, si empezamos a entender esto desde este punto de vista, tendremos preferencias de sabor y de textura; y esto todos, más allá del TDAH”, concluye.
Para Toribio-Mateas, este tipo de situaciones ilustra bien que el TDAH no es solo una cuestión del cerebro, sino una experiencia cuerpo-mente, en la que el sistema nervioso en su conjunto busca seguridad y regulación a través de sensaciones, alimentos y contextos cotidianos.
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