Aún tenemos varias metas pendientes por alcanzar en cuidados, conciliación, corresponsabilidad social, equidad salarial, representación y liderazgo en primeras líneas y directorios, en temas de violencia de género, y tantas otras deudas pendientes.

Faltan algunos días para el 8M y pronto volveremos a hablar de mujeres, sus derechos y la urgente necesidad de la igualdad de oportunidades y condiciones, que es lo que realmente se conmemora en esa fecha, y no lo que muchos(as) aún creen erróneamente: “celebrar” el hecho de ser mujer. Es por esto que en la antesala a este mes de reflexión sobre lo que se ha avanzado y las brechas aún pendientes, observo con cierta preocupación, dos situaciones que me mantienen alerta en Chile.

La primera, ocurrió en un diario de circulación nacional hace unos días. Lucía Santa Cruz, escribió una columna de opinión en la que planteó que las mujeres teníamos derechos prácticamente mal adquiridos que han redundado en una “feminización de la sociedad”, que esto pone en riesgo el imperio de la ley, y que somos más emocionales que racionales. Todo ello, anclado en los postulados de la norteamericana Helene Andrews.

Lucía, reconocida como una gran intelectual, estudió historia en la Universidad de Londres y tiene un máster en filosofía de la Universidad de Oxford. Pero me llama profundamente la atención, que una persona que tuvo esa formación única, con las redes y acceso a información que tiene y con toda la evolución que Chile y el mundo han alcanzado en estos últimos años, piense que emoción es equivalente a la categoría “mujeres” y razón sea patrimonio de los “hombres”. Mensajes como estos sólo nos hacen un flaco favor y perpetúan la desigualdad y la falta de equidad de género.

Es distinto pensar estos temas desde esferas de élite y desde la comodidad de un rol de liderazgo. Y que, si bien, no quito el mérito de alcanzarlo, se vuelve muy diferente la perspectiva al recorrer Chile y ver en el territorio la cruda realidad que enfrentan millones de niñas, jóvenes y mujeres de nuestro país. Ellas continúan necesitando que les nivelemos la cancha y dejemos de dar argumentos a esas instituciones, hombres e incluso mujeres, que nos siguen negando un lugar en la mesa.

Pero dejaremos esta cuestionable columna por un momento, ya que además soy una eterna defensora de valorar la diversidad y las diferencias, incluso de pensamiento.

La segunda situación que me genera gran alerta es el nombramiento de la nueva ministra de la Mujer y Equidad de Género, Judith Marín. Tengo serias dudas sobre lo que podría ocurrir con su cartera. Hoy más que nunca me parece que el respeto de aquellos logros y espacios, que las mujeres chilenas y que habitamos Chile hemos conquistado, es crucial y no negociable.

Desde luego es imperativo darle una oportunidad y evaluar su desempeño desde las acciones y no desde las ideologías, en especial, porque soy orgullosa de ser cristiana e intento día a día ser radical y coherente con mi fe. Además de esta “Diosidencia” con ella, soy la primera en rechazar categóricamente las “sororidades de cartón”: mujeres que lapidan a otra mujer, por sus atributos de personalidad, físico, lugar de origen o tantas otras cosas. Incluso el sólo hecho de pensar distinto, lo usan como justificación para intentar frenar su crecimiento personal y profesional con rumores, difamación y aislamiento.

Pero una cosa está clara: eliminar un ministerio o retroceder en derechos sería tan poco estratégico como abrir las fronteras.

Ojalá, por el bien de Chile y mis compatriotas, sea el bien común lo que prime en su gestión. Nuestro país no resiste otra catástrofe. Y suprimir esa cartera sería una de proporciones, porque aún tenemos varias metas pendientes por alcanzar en cuidados, conciliación, corresponsabilidad social, equidad salarial, representación y liderazgo en primeras líneas y directorios, en temas de violencia de género, y tantas otras deudas pendientes.

Y si bien con la actual ministra Orellana hemos colaborado para sacar proyectos de Ley adelante en estas materias, también puedo ser honesta al asumir que difiero en muchas de sus visiones, quizás por el mismo hecho de ser radical en mi fe.

Pese a ello, se me hace imposible no valorar el gran conocimiento y trabajo que ha logrado en muchas áreas a favor de nosotras. Pero sobre todo, valoro profundamente y aplaudo de pie, el que haya sido coherente con lo que profesa. En sus últimas declaraciones públicas a un medio nacional la ministra Orellana sólo expresó respeto, respaldo y una real sororidad con la próxima y futura ministra. Coherencia digna de imitar, para que cada vez que una mujer alcance una posición de liderazgo, sea respaldada por nosotras, para que triunfe y se desarrolle exitosamente en este nuevo desafío.

Chile somos todas, no sólo algunas. Ojalá que este nuevo año aprendamos a ser realmente sororas, entre todas, sin excepción.

María José Escudero
Directora de Incidencia y Desarrollo
Fundación Ronda

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