Sólo sé que hablamos de Joseph K. Es decir, de un país en el último lugar del mundo.

Esta historia comienza de forma abrupta, sin preparación narrativa. Ya han pasado años. Lo recuerdo como si fuera ayer, lo recuerdo igual de mal como recuerdo ayer.

Sólo sé que hablamos de Joseph K. Es decir, de un país en el último lugar del mundo (luego de la cordillera).

Lo primero que ocurre es esto:

Un hombre —Joseph K.— despierta en la mañana esperando su rutina habitual. Espera el desayuno que todos los días le trae la dueña de la pensión. El desayuno no llega. Esa es la primera anomalía.

No se lo toma a mal. Es un pequeño desajuste. K. espera unos minutos. Luego toca la campanilla. Entra un desconocido.

No es violento ni agresivo. Viste de manera normal, pero su actitud es extraña: se comporta como si tuviera autoridad, aunque no la explicite. K. le pregunta quién es y qué hace allí. El hombre no responde directamente. Habla de manera lateral, como si la pregunta fuera irrelevante.

Poco después aparece un segundo hombre.

Entre ambos le comunican algo fundamental. Está arrestado. Pero…es más complicado. Y es que, no le dicen el motivo. De hecho, no le muestran una orden, no le explican el procedimiento y, más importante, no lo llevan a ninguna parte.

K. sigue en su habitación. Incluso puede vestirse. Incluso puede ir a trabajar.

Está arrestado. Arrestado viene del verbo arrestar, y este proviene del italiano medieval arrestare, que a su vez viene del latín vulgar: ad + restare, es decir, hacia + detenerse. Es como decir “quedarse atrás, permanecer inmóvil”. Se habla de arrestar, de detención, se habla de una interrupción.

Y claro, todo comienza con una interrupción. Eso lo dijo alguien.

El arresto no cambia materialmente su vida, pero cambia algo más importante que cualquier cosa. Pero no sabe su nombre.

K. protesta primero, luego intenta razonar. Cree que se trata de un error administrativo, un malentendido, un papel que flotó a sitio equívoco. Pide ver documentos. Los hombres no discuten con él y simplemente actúan como si la explicación no fuera necesaria. Quizás no lo es. Aunque Joseph K. siente que es lo más importante. Pero nunca llega esa verdad revelada. De cualquier modo, no es un momento tenso. En ningún momento lo amenazan seriamente. El poder de los hombres no proviene de la fuerza, sino de la naturalidad con la que suponen la culpa de Joseph K.

Lo más perturbador para K. no es la detención, sino la certeza de que el procedimiento existe, aunque él no lo entienda. Todo indica que hay un tribunal, pero nadie sabe dónde. Todo indica que hay un delito, pero nadie lo formula.

El mundo no se ha vuelto violento. Se ha vuelto inexplicable.

K. termina por vestirse. Sale de la habitación. Ve a otras personas comportándose normalmente. La vida continúa. Él mismo irá a su trabajo ese día. Y, sin embargo, desde ese momento, su vida queda definida por una condición nueva: No es un condenado. No es un acusado formal. Es un hombre bajo proceso.

Los días pasaron y el proceso siguió su curso. Muchos días. El proceso no necesitaba tribunales visibles. Aparecía en conversaciones breves, en advertencias vagas, en la manera en que se miraban ahora las decisiones antiguas. Lo que antes había sido normal empezó a revisarse con sospecha, y lo que había sido celebrado comenzó a recordarse con cautela. Nadie declaraba culpable a nadie de forma concluyente, pero todos hablaban como si una falta hubiera sido cometida.

Cada semana surgía un nuevo indicio. No era una prueba decisiva, sino una confirmación adicional. Documentos, testimonios, revelaciones, disculpas. Nada bastaba por sí solo, pero todo sumaba. El proceso se alimentaba de fragmentos. Ninguno cerraba la causa; todos impedían olvidarla.

Ahí estaba el periódico del día, de cada día, dando cuenta de la destrucción, de la hecatombe. Todo estaba detenido, pero a gran velocidad. Alguien declaró una guerra, nadie hizo caso. Otro declaró un nuevo mundo, pero nadie hizo caso. Otros rezaron en cadena, pero nadie hizo caso. Otros blasfemaron con intensidad inusitada, pero nadie hizo caso. ¿Ya se entiende que nadie hizo caso?

Fue así que el proceso continuó y que Joseph K. conoció el cansancio. Sí, cansancio.

No fue una consigna ni una palabra de orden. No apareció en pancartas ni en documentos. No se gritó. Llegó como llegan las cosas definitivas: sin ruido, sin anuncio, sin épica.

Hubo ganadores, eso sí. Y luego perdedores, claro que sí. Y los ganadores fueron luego perdedores. Y naturalmente viceversa. Y es lo mismo que decir que no hubo ganadores ni perdedores. Pero sí ruido y cansancio. Es decir, un cansancio violento.

El cansancio no discutía el proceso. No lo refutaba. No lo negaba.

Era un cansancio distinto del hastío y distinto del miedo. No provenía de la derrota, porque nadie sentía haber sido derrotado. Provenía de la duración excesiva. De haber permanecido demasiado tiempo dentro de una pregunta sin respuesta. Era la inquietud de haber vivido bajo acusación sin juicio, bajo promesa sin forma, bajo esperanza sin término.

El cansancio no pedía justicia. Pedía pausa. Pero ¡todo estaba en pausa!

Entonces el cansancio pedía el fin de esa pausa y la aparición de otra. Una nueva pausa.

Fue entonces cuando la tinta empezó a correr. No para redactar cosas importantes, no para fundar un mundo. Había que escribir la sentencia. Pero nadie sabía la sentencia porque nadie conocía la causa.

No hubo entonces sentencia solemne, sino un trámite. Formularios, decretos, resoluciones, actas. La tinta avanzaba sin emoción visible, pero cargada de una función precisa: poner peso. Allí donde todo había sido liviano —palabras grandes, promesas amplias, gestos y gastos expansivos— la tinta introducía gravedad. El líder de la liviandad había sido derrotado. Y llegaba la era del peso.

Todos esperaban que del aumento del peso saliera algo, una verdad, una certeza profunda. Quizás era hora de castigar el movimiento. El cansancio aceptó la tinta sin resistencia. La tinta del proceso.

No porque creyera en ella, sino porque ya no tenía fuerzas para sostener la indeterminación. La búsqueda emancipatoria —aquella que había comenzado con fervor y convicción— empezó a recordarse como algo excesivo, incluso peligroso. No por lo que pedía, sino por lo que no sabía cerrar.

El sueño, sin que nadie lo decidiera, se transformó en pesadilla. No en una pesadilla violenta, sino en una persistente: la de no poder salir del proceso, la de no saber cuándo terminaría la exigencia de transformarlo todo.

Entonces el orden dejó de ser un valor sospechoso y pasó a ser una certeza. No se lo amó. No se lo celebró. Se lo aceptó. Como se acepta una silla después de haber estado demasiado tiempo de pie.

El orden prometía poco, pero prometía algo decisivo: fin del movimiento continuo. No fin del conflicto, no fin del malestar, no fin de la culpa. Fin del agotamiento.

Era necesario un fallo que terminara con el cansancio.

Pero el cansancio sabía —aunque no lo decía— que aquello tampoco era una salida. Solo era un descanso incómodo. Una tregua. Una forma de seguir viviendo sin volver a preguntar demasiado.

Porque la pregunta seguía ahí, intacta, erosionando por dentro: ¿En qué momento ocurrió todo esto? Pero no había respuesta.

Nadie recordaba el origen. Nadie podía dar una palabra para definir “todo esto”. El cansancio se instaló como juez silencioso. Pero los jueces estaban acusados.

Y el proceso, fiel a su lógica, no terminó.

Simplemente el proceso aprendió a convivir con el cansancio. ¿Y el futuro del proceso? Para Joseph K. es una pregunta.