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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

La neuropsicóloga Amanda Sacks-Zimmerman reflexiona sobre la definición de lo neurotípico en relación al Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) en Psychology Today. Plantea que el TDAH podría ser más un desajuste entre el cerebro y el entorno que algo individual. Destaca que la sobrecarga de estímulos digitales y la externalización de procesos cognitivos afectan la concentración. Sugiere que el entorno moderno compite constantemente por nuestros recursos mentales, lo que dificulta la atención sostenida y las funciones ejecutivas. Propone replantear el TDAH como un desajuste entre la arquitectura cognitiva y un entorno hiperestimulado. Advierte sobre el riesgo de patologizar en exceso a niños que podrían responder de forma predecible al entorno desregulador.

“Cuando a muchos de nosotros nos cuesta prestar atención, ¿cómo definimos lo neurotípico?”. Así parte su reflexión la neuropsicóloga Amanda Sacks-Zimmerman (Ph.D.) en una columna en el medio especializado Psychology Today, donde indica que el Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) actualmente pareciera ser más un desajuste entre nuestro cerebro y el medio ambiente que algo individual.

Según explica, “con el creciente número de personas diagnosticadas con TDAH, y con aún más individuos que presentan algún grado de dificultad atencional o en las funciones ejecutivas, surge una pregunta importante: ¿quién no tiene TDAH? Cuando las dificultades de atención son generalizadas y no excepcionales, ¿qué significa realmente ser neurotípico?”.

En ese contexto, la especialista plantea que lo que hoy se define como una patología individual podría reflejar, en realidad, un cambio neuropsicológico más amplio. “La atención sostenida, la memoria de trabajo y la organización cognitiva son cada vez más difíciles de mantener, no solo por una vulnerabilidad individual, sino porque el entorno moderno compite de forma constante por nuestros recursos mentales”, sostiene.

Un mundo lleno de estímulos y soluciones fáciles

Para Sacks-Zimmerman, la atención humana se encuentra cada vez más asediada por un mar de estímulos digitales que afectan directamente nuestra capacidad de concentración.

“Notificaciones, correos electrónicos, mensajes de texto y sistemas de mensajería laboral irrumpen sin descanso en el espacio cognitivo. Al mismo tiempo, las personas deben gestionar la carga psicológica de ser percibidas, evaluadas, aceptadas o rechazadas en entornos digitales. Estas presiones generan un flujo continuo de distracciones internas y externas, lo que reduce aún más la capacidad de estar plenamente presentes”, explica.

A esto se suma que muchas tareas que antes requerían concentración y esfuerzo mental hoy son suplidas por guías externas. El GPS indica dónde ir y los tutoriales paso a paso en YouTube resuelven problemas que antes las personas debían descifrar por sí mismas.

“Cuando las personas dependen en exceso de andamiajes cognitivos externos, su capacidad para construir y sostener cadenas lógicas de pensamiento puede debilitarse. Este fenómeno puede parecerse a un síntoma central del TDAH: la dificultad para organizar y mantener un pensamiento orientado a objetivos”, advierte.

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El entorno sensorial actual, añade la neuropsicóloga, intensifica aún más este problema. “Los estímulos visuales y auditivos están diseñados para activar sistemas atencionales primitivos que evolucionaron para detectar amenazas y oportunidades. Lo que antes ayudó a los seres humanos a sobrevivir hoy los vuelve extraordinariamente vulnerables a la captura tecnológica”.

De hecho, incluso cuando las personas creen estar concentradas, su atención suele verse arrastrada por estímulos brillantes, novedosos, emocionalmente cargados o socialmente relevantes.

“Las funciones ejecutivas —que incluyen la planificación, la secuenciación, la priorización y la anticipación de consecuencias— dependen de un espacio cognitivo sin interrupciones. Requieren la capacidad de mantener múltiples piezas de información en mente mientras se resiste la interferencia”, complementa.

Sin embargo, estas condiciones casi no existen en la vida actual. Hoy se exige a las personas gestionar múltiples flujos de información al mismo tiempo, generalmente bajo presión y con escasas oportunidades para la reflexión o el procesamiento profundo.

“A medida que la información se acumula, muchas experimentan la llamada parálisis por análisis, quedando incapaces de iniciar una acción porque simplemente hay demasiadas variables a considerar”, señala.

¿Cómo sería un ser humano “contrafactual”?

A partir de este escenario, Sacks-Zimmerman invita a preguntarse cómo sería un ser humano “contrafactual”, es decir, una persona cuya atención lograra mantenerse estable en este entorno.

“Este individuo, en teoría, sería capaz de dejar su teléfono a un lado mientras trabaja, sin sentir ningún tirón emocional cuando llegan las notificaciones. Podría inhibir la curiosidad sin esfuerzo, retomar tareas sin fricción y conservar representaciones internas de sus objetivos a lo largo del tiempo. Su diálogo interno sería deliberado y estructurado, orientado a la secuenciación y la priorización, más que a la reactividad”, describe.

Una persona así, añade, podría planificar metódicamente antes de actuar, tolerar la espera, filtrar estímulos irrelevantes y mantener neutralidad emocional frente a las interrupciones.

“Como rara vez perdería detalles o el hilo de sus intenciones, probablemente experimentaría menos autocrítica, menos vergüenza y menos frustración con su propio desempeño. Su sistema atencional identificaría de forma confiable lo que importa y excluiría lo que no”, agrega.

En este marco, la especialista recuerda que el TDAH se sospecha cuando los síntomas interfieren con el funcionamiento cotidiano, y que puede diagnosticarse incluso si estos aparecen de manera intermitente. “Independientemente de su frecuencia, las fallas atencionales pueden afectar el aprendizaje, la toma de decisiones o la regulación emocional. Cuando estas fallas están impulsadas por el entorno, la distinción entre patología y adaptación se vuelve difusa”, plantea.

Por lo mismo, propone replantear el TDAH no solo como un trastorno del cerebro individual, sino como un desajuste entre una arquitectura cognitiva evolucionada y un entorno hiperestimulado que captura permanentemente la atención.

¿Existe alguien que no tenga TDAH?

Bajo estas condiciones, afirma Sacks-Zimmerman, resulta cada vez más difícil identificar a una persona cuyas capacidades atencionales y funciones ejecutivas permanezcan intactas frente a la sobrecarga informativa, la interrupción digital, la hipervigilancia social y la externalización constante de procesos cognitivos.

En ese sentido, el ser humano contrafactual al que alude podría ser solo una construcción teórica, basada en supuestos que ya no reflejan la vida contemporánea.

“Esto cobra especial relevancia al analizar cómo observamos a los niños, cada vez más evaluados a través del lente estrecho de los marcos diagnósticos. Implícita en cualquier diagnóstico hay una comparación: un niño que no presenta estas patologías atencionales y que se asume como representante del funcionamiento normativo”, señala.

La neuropsicóloga advierte que existe un riesgo real de patologizar en exceso a niños cuyos sistemas nerviosos podrían estar respondiendo de forma predecible a un entorno que, en sí mismo, es desregulador. “Un abordaje reflexivo del concepto contrafactual ayuda a preservar una mirada más compasiva y sensible al desarrollo infantil, que reconoce la vulnerabilidad no como un defecto, sino como una adaptación dependiente del contexto”.

Desde esa perspectiva, el aumento de diagnósticos de TDAH podría reflejar no solo una vulnerabilidad neurobiológica individual, sino también una civilización que ha sobrepasado los límites de los sistemas atencionales heredados del cerebro humano.

Experta llama a no medir a los niños con un estándar que ya no existe

“Propongo que reconsideremos la forma en que usamos e internalizamos estas categorías diagnósticas. Con demasiada frecuencia, este ser humano contrafactual imaginado —alguien inmune a la distracción, fácilmente autorregulado y perfectamente organizado— moldea silenciosamente la forma en que padres e hijos se perciben a sí mismos”, sostiene.

Según advierte, cuando se compara a los niños con este ideal ficticio se corre el riesgo de transformar la diferencia en deficiencia, además de fomentar vergüenza y ansiedad donde debería haber esperanza realista y confianza en los procesos del neurodesarrollo. “Los padres pueden empezar a temer que un diagnóstico defina los límites del futuro de sus hijos, en lugar de describir un patrón actual de funcionamiento dentro de un entorno específico”, indica.

Por ello, la especialista recomienda reconocer que la vida moderna pone a prueba incluso a los sistemas nerviosos más resilientes, y utilizar los diagnósticos como herramientas de apoyo y no como fuentes de estigmatización. “De este modo, preservamos un espacio para que los niños sean vistos no como versiones defectuosas de un estándar imposible, sino como seres humanos en desarrollo, cuyas capacidades seguirán evolucionando”, concluye.

En un contexto donde la distracción parece haberse vuelto la norma y no la excepción, la reflexión de Sacks-Zimmerman invita a mirar el TDAH con mayor perspectiva y menos simplificación. Más que una falla individual, plantea, muchas de las dificultades atencionales podrían ser la respuesta esperable de cerebros humanos expuestos a un entorno permanentemente demandante. Una mirada que, lejos de negar el valor del diagnóstico, propone usarlo con mayor cautela, comprensión y sentido de contexto, especialmente cuando se trata de niños en pleno desarrollo.