Este martes se cumple una semana desde el deceso de Ricardo Opazo. El profesor contrajo coronavirus mientras apoyaba en turnos éticos para repartir útiles escolares, cajas de comida y guías a sus alumnos y apoderados en un pequeño pueblo del altiplano. Tras casi un mes intubado, no pudo superar la enfermedad y murió. No pudo tener grandes ceremonias y su último adiós tuvo que ser en privado. Su familia y colegas lloran su partida.

Mi chiquilla, no sé si salgo de esto.

A todos nos llega la hora…

En tono grave y medio en serio, Ricardo (68) profetizó a su hija mayor lo que iba a venir. La conversación, la última entre ambos, tuvo lugar el 29 de junio y no pudo ser cara a cara, pero estaba cargada de emociones. No sólo por los casi 2 mil kilómetros que los separaban, sino fundamentalmente por el virus: él en una residencia sanitaria en Iquique, ella en Linares.

Sólo horas antes, Ricardo Opazo Gutiérrez, inspector general del Liceo Técnico Profesional de Colchane y otros cuatro colegas habían descendido, en un furgón adaptado como ambulancia, desde la pequeña localidad del altiplano chileno, donde los servicios básicos escasean y cuyos habitantes están más cerca de Bolivia que de otra ciudad de nuestro país.

Los cinco se habían contagiado de covid-19. Y si bien no está claro cómo, varios apuntan a que el primer caso comenzó en el colegio con un auxiliar que apoyaba a los profesores a repartir alimentos, guías y materiales didácticos a sus alumnos.

En buenas cuentas, pese a que quería volver a Linares y sólo faltaba el visto bueno de su jefe, Ricardo se había ofrecido para esas labores junto a los otros cuatro docentes, al ser todos parte de la dirección del liceo. Así, en lugar de volver a la región del Maule, donde residen sus cuatros hijos, prefirió mantenerse estoico en “la primera línea de la educación”, como calificaría más tarde una de sus colegas que también contrajo el virus.

Docente y… ¿Chamán?

El profesor llegó a Colchane en 2014 y motivado por la enseñanza se sumó como docente en la escuela local.

Entonces se desempeñó en Quinto Básico y al año siguiente se convirtió en el profesor jefe de Sexto. En 2016 tuvo un breve rol como director del Liceo Técnico Profesional de la comuna, para luego volver a las aulas, esta vez en Cariquima, otro pequeño pueblo del altiplano ubicado a pocos kilómetros de Colchane.

Lo propio hizo en 2019, cuando partió a trabajar de unidocente en Mauque, siempre en las cercanías a la frontera con Bolivia. Hacía patria, podría decirse, citando el cliché empleado comúnmente para quienes hacen de inhóspitos lugares su hogar.

Ya a comienzos de este año, volvió al liceo de Colchane, en calidad de inspector general. Fue en esas funciones que Ricardo se ofreció para cumplir los turnos éticos y ayudar a la comunidad.

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Ricardo intercalaba su amor por la docencia con su otra pasión: el andinismo, disciplina que lo llevó a subir varios volcanes y montañas en todo Chile.

“Le decían El Chamán”, cuenta Pía, su hija mayor.

Desde luego, su apodo nada tenía que ver con prácticas curativas ni con poderes ocultos, sino más bien por su conexión con la tierra. Según relatan en su familia, de joven fue mochilero y ya más avanzado en años, cada vez que iba a Linares, se escapaba a la cordillera.

Ricardo de scout, en 1981
Ricardo de scout, en 1981

¿Su destino favorito? Los Tres Picachos, emplazado en el Cajón El Culmen, al interior del Maule.

De ahí que, cuando se desató el brote de coronavirus que golpeó a su lugar de trabajo, nadie esperara el desenlace que tuvo El Chamán; sin patologías de base, no fumador, no bebedor y con un estado físico envidiable para cualquiera, pese a que bordeaba los 70 años de edad.

La hospitalización

La pesadilla comenzó a fines de junio de este año. Varios coinciden en que el auxiliar fue el primero en contraer el virus, y de ahí en más fueron cayendo contagiados -uno a uno- los cinco directivos que se habían puesto de acuerdo para cumplir con la entrega de insumos básicos desde las 08:00 a las 14:00 horas, de lunes a viernes.

Según acusa Pía, su padre fue en varias oportunidades a la posta local para que le practicaran un examen PCR. No se sentía bien y eso lo hizo saber, pese a que había dado negativo en al menos dos oportunidades en los llamados “test rápidos”.

Su insistencia terminó por convencer al personal médico, quienes finalmente le tomaron la prueba: dio positivo.

A las pocas horas, el 27 de junio, Ricardo, junto a sus otros cuatro colegas emprendieron rumbo a Iquique. Su destino fue una residencia sanitaria en Cavancha, donde estuvo dos días. Y si bien sus cercanos superaron la enfermedad con el correr de las semanas, él no tuvo la misma suerte.

“Estaba más delgado, de buen ánimo, pero al hablar se cansaba mucho, le faltaba el aire”, recuerda Pía respecto de la última conversación que tuvo ese 29 de junio por videollamada con su padre.

“Hablamos normal, de proyectos que teníamos como familia”, añade.

Ricardo con sus nietas
Ricardo con sus nietas

Y pese a que no parecía algo grave, ese mismo día Ricardo debió ser trasladado hasta el Hospital Regional de Iquique con molestias mayores. Primero estuvo en una sala de menor complejidad, pero sólo unas horas después fue internado en la UCI.

Un día más tarde su estado de salud se complicó y fue intubado a un ventilador mecánico. Se mantendría así hasta su muerte, casi un mes después.

Los viajes

A la hospitalización en la UCI le siguieron sendos viajes de Pía y sus hermanos a Iquique. Ricardo estaba sólo en el norte, por lo que sus hijos querían estar cerca de su papá, principalmente porque la información no era tan fluida como a ellos les hubiese gustado.

Primero, el 6 de julio, Pía y su hermana menor, Génesis, enfilaron al norte. Y aunque ahora estaban en la misma ciudad, se enteraban de la evolución de su padre aún a cuenta gotas (una vez al día conversaban con el médico). Al menos estaban ahí, cerca de él, en caso de que hubiese novedades.

Su estadía no tuvo mayores sobresaltos y se quedaron en Iquique hasta el 20 de julio, mientras que el relevo, del otro de sus hermanos, llegó al día siguiente. Él tenía planeado quedarse hasta fin de mes, pero seis días más tarde avisó a la familia que tenía que retornar a Linares por trabajo.

Tomó un bus, pero cuando iba en Antofagasta, su madre lo llamó, porque el estado de salud de su padre había empeorado radicalmente, al sufrir una complicación en el riñón. “Quizás no aguante”, le hicieron notar.

ricardo-opazo

Una vez más y aunque tenía compromisos laborales, abordó otro bus y retornó al norte.

La noticia

Para cuando él llegó no había mucho por hacer. A las pocas horas, a eso de las 13:40 del 28 de julio, la noticia se supo: Ricardo, tras prácticamente un mes intubado, había muerto a causa del coronavirus.

“Todos quedamos en shock. No nos explicamos cómo le tocó tan fuerte”, se lamenta hoy su hija Pía.

Una vez se supo del deceso de Ricardo, sus hijos comenzaron con los trámites correspondientes. Al tratarse de un paciente covid-19, se descartó la posibilidad de llevarlo a Linares, así que no les quedó otra opción que la cremación.

Ricardo en una de sus excursiones, 1999
Ricardo en una de sus excursiones, 1999

En un ánfora, los restos fueron llevados hasta el Maule para realizar una misa privada, de entre 7 a 8 personas. “El párroco lo pidió así”, explican desde la familia.

Según detallan, parte de sus cenizas serán depositadas en una tumba que compró su hija hace 8 años, mientras que el resto será esparcido en las montañas.

“Él siempre fue un hombre libre”, sentencia Pía.

***

“Quedamos todos consternados, sin decir mucho. Yo siento que es un mártir, un profesor abnegado… Deja un legado inmenso, es digno de admirar”, complementa María Teresa Zamorano, jefa de UTP del mismo liceo.

La colega de Ricardo también se contagió en los turnos éticos, pero corrió mejor suerte. Estuvo un mes internada en la residencia sanitaria junto a toda su familia, pero lograron salir sin mayores contratiempos.

“Tenemos que estar constantemente desconfiados de este virus, que hace y deshace en muchas ocasiones” afirma, no sin antes expresar su pena por la partida de su amigo.

“Ha sido muy doloroso este proceso, pero está en nuestros corazones”, dice.

El director del liceo, Jorge Palape, en tanto, apunta que el deceso de Ricardo es “es una gran pérdida para la comunidad educativa, era un gran aporte”.

“Su vocación de servicio a los estudiantes y familias rurales fue motivo de apoyar hasta el último momento”, cierra.

Pese a que hay varias voces que apuntan que Ricardo fue obligado a cumplir turnos éticos, entre sus cercanos hay consenso que él lo quiso así.

Lo propio apuntan desde la Municipalidad, desde donde emitieron un comunicado ante los cuestionamientos. “El profesor Opazo, por su edad tenía derecho a optar al teletrabajo, pero al no tener residencia en Iquique y no querer viajar a su ciudad natal de Linares se quedó en la localidad de Pisiga Choque, ofreciéndose a colaborar voluntariamente con el equipo permanente que realizó el turno ético”, señalaron.

El 20 de junio fue el último turno ético del profesor. “Murió con las botas súper puestas”, asegura María Teresa, su colega.