La clave, entonces, no está en si hay “más experiencia” o “más juventud”, sino en si ambos elementos se convierten en una misma cultura de gobierno: aprender rápido, decidir con evidencia, corregir sin orgullo, coordinar sin egos y comunicar sin subestimar a nadie.

La presentación de un gabinete es, en el fondo, una promesa. No solo una respuesta de quién ocupará cada silla, sino una señal de cómo un Presidente decide mirar al país y priorizar sus urgencias. En el caso del presidente electo José Antonio Kast, el relato con que se dio a conocer el equipo es bastante claro: no se armó para “administrar la normalidad”, sino para enfrentar una “emergencia nacional” y hacerlo con un gabinete intergeneracional y preparado para aquello.

Este encuadre se vuelve más importante que nunca, porque Chile lleva rato acumulando tensiones y desafíos que no esperan los ritmos de la burocracia. La presentación del presidente electo enumeró tres crisis: crisis de seguridad, crisis económica y crisis social. Y desde ahí se entiende la apuesta por combinar “experiencia, capacidad técnica, conocimiento del Estado” con un “vínculo real con el mundo del trabajo y las regiones”, con un énfasis explícito en evitar la lógica centralista y el gobierno “desde un escritorio”.

El título de “Experiencia y Juventud” calza, entonces, si se lo lee como algo más exigente que una postal generacional. Las cifras ayudan a aterrizarlo, con una edad promedio de 54 años, una ministra de 30 como la más joven, y un ministro de 72 como el de mayor experiencia.

Pero lo relevante no es el promedio, sino el sentido político del mix. La experiencia no debiera equivaler a repetición; la juventud, tampoco a un espacio para improvisar. En un país tensionado, ambas pueden ser virtudes o riesgos, según el tipo de conducción que los acompañe y —en particular — en el corazón del gobierno.

En la composición aparecen perfiles que vienen de mundos bien distintos: persecución penal, academia, sector privado, política parlamentaria, fundaciones, regiones, e incluso el deporte de alto rendimiento. Esa “diversidad funcional” es presentada como atributo: gente que ha dirigido equipos grandes, administrado presupuestos y tomado decisiones complejas; evidenciando in situ, un gabinete “de gestión”.

El ejemplo más obvio de la prioridad declarada es Seguridad, con la ex fiscal regional de Tarapacá, María Trinidad Steinert, con foco en crimen organizado y narcotráfico en el norte.

En Salud, una médica vinculada a procesos de modernización y sistemas de información, como May Chomalí, refuerza la idea de gestión con transformación.

Y en Relaciones Exteriores, un perfil ejecutivo de peso como José Francisco Pérez Mackenna refuerza la señal de pragmatismo económico y de redes internacionales.

Hasta aquí, la lectura puede sonar lineal: un país en crisis, un gobierno que se asume “de emergencia”, un equipo para ejecutar. Sin embargo, un gobierno no se cae por falta de currículum; se cae por falta de conducción, por descoordinación, por errores no forzados, por una narrativa que no conversa con la ciudadanía ni con la coalición. Es ahí donde aparece el punto neurálgico del gabinete, el comité político y la vocería.

Si el objetivo es “no improvisar” y “conducir con seriedad y responsabilidad”, entonces Interior, Segpres y Segegob no pueden ser solo ministerios: tienen que ser la sala de máquinas donde se alinea el gobierno completo.

En el diseño anunciado, Interior queda en manos de Claudio Alvarado, con experiencia previa como ministro, subsecretario, senador y diputado.

Segpres será liderada por José García Ruminot, expresidente del senado y actual senador, con trayectoria legislativa y formación en áreas ligadas a evaluación y gestión pública. Quien será el puente con el Congreso y el músculo de la viabilidad. Un gabinete puede tener diagnósticos impecables; si no logra mayorías, esos diagnósticos se quedan en presentaciones.

Y Segegob —el punto de contacto diario entre gobierno, prensa y ciudadanía— recaerá en Mara Sedini, periodista con magíster en Comunicación y Asuntos Públicos, y vasta experiencia en el área. Segegob no es “prensa”, es gobernabilidad comunicacional. Es evitar que el gobierno hable solo en tecnicismos, es traducir complejidad sin caer en propaganda; es sostener coherencia cuando hay errores; es hablar de frente cuando hay malas noticias; es cuidar la legitimidad de las decisiones difíciles. Que la vocera anunciada sea periodista y tenga formación en asuntos públicos es una señal: se entiende que, en un “gobierno de emergencia”, la conducción comunicacional es clave.

Ese triángulo tiene una tarea que será determinante, hacer que el gobierno exista como una sola voz. En tiempos de crisis, la dispersión se paga caro. Y más aún si, como se sugiere en el tono general del gabinete, hay una fuerte presencia de perfiles técnicos, independientes o provenientes de circuitos no tradicionales. Esa amplitud puede ser una fortaleza, pero también un desafío de cohesión: sin un comité político capaz de ordenar prioridades y resolver tensiones, la diversidad se transforma en ruido.

Interior y Seguridad serán los ministerios que cargarán con los principales desafíos del país: seguridad, orden público, coordinación territorial, gestión de crisis y presencia del Estado donde hoy no llega. El propio relato del gabinete subraya que “la seguridad no es un privilegio” y la define como “un derecho humano básico”, junto con la idea de recuperar el control del territorio y de las fronteras.

Esa promesa no se sostiene con consignas: requiere coordinación fina con las diferentes carteras, además de la Fiscalía, policías, y, en paralelo, con políticas sociales que eviten que el Estado llegue tarde o sin soluciones.

Conducir también es reconocer límites, explicar prioridades, abrir conversación donde se pueda y cerrar filas donde se deba. En esa mezcla, el tono importa tanto como el contenido.

La clave, entonces, no está en si hay “más experiencia” o “más juventud”, sino en si ambos elementos se convierten en una misma cultura de gobierno: aprender rápido, decidir con evidencia, corregir sin orgullo, coordinar sin egos y comunicar sin subestimar a nadie.

Al final, el gabinete que se presenta dice querer volver a levantar crecimiento y confianza. Dice querer un Estado presente y responsable, sin prometer lo imposible. Dice querer unidad frente a la violencia.

Todo eso suena razonable; el punto es que será medido en resultados, pero también en coherencia.

“Experiencia y Juventud” no se debe ver como un eslogan amable: debiera ser una exigencia interna. Experiencia para no tropezar con piedras conocidas. Juventud para no confundir orden con nostalgia ni autoridad con distancia. Y un comité político capaz de hacer lo más difícil: transmitir con convicción y claridad cómo el gobierno está liderando los distintos desafíos del país y cómo lo volvemos a recuperar.

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