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Incendios "zombis" de Siberia son azuzados por el cambio climático

Creditos: Agence France-Presse
Por Emilio Lara
La información es de Agence France-Presse

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Viernes 25 septiembre de 2020 | Publicado a las 11:44

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Grigori Kuksin mueve con una pala la tierra humeante de una ciénaga en Siberia.

Junto a un pequeño grupo de voluntarios, este bombero ruso hace frente a este temido fuego, que resiste durante el invierno, y a una verdadera “bomba climática”.

“Son incendios subterráneos, fuegos zombis (o hibernantes)”, señaló a la AFP el profesional de 40 años, jefe de la unidad contra incendios forestales de la ONG Greenpeace.

Hay que penetrar en la reserva natural de Suzunski, a 130 kilómetros al sur de Novosibirsk, tercera ciudad más grande de Rusia, para llegar al lugar del siniestro: una vasta ciénaga cubierta de ortigas, cáñamo y rodeada por un denso bosque de pinos.

Aquí, la turba, materia fósil fruto de la lenta descomposición de las plantas en un ambiente húmedo, se consume durante unos cinco años, estima Kuksin.

A más de un metro de profundidad, el fuego sobrevive a los inviernos siberianos gracias a la sequía que azota cada vez con más frecuencia esta región.

“Pero la turba jamás se quema por sí sola, el humano siempre es el responsable”, subrayó Kuksin.

Es suficiente una colilla de cigarrillo mal apagada para que comience la combustión y se mantenga bajo tierra durante años.

Después del invierno, cuando regresa el calor, el fuego de la turba vuelve de entre los muertos a la superficie, quemando la hierba seca y puede extenderse hacia todo el bosque.

“Esto es lo que ocurrió el verano (boreal) pasado”, dijo Serguéi Akopov, de 60 años, voluntario que luchó contra el incendio.

“Vimos zorros y liebres huyendo de las llamas”, recuerda este abogado de profesión, quien se desplazó hasta allí por cuarta vez para ayudar a intentar controlar el incendio de la ciénaga.

Trampas de carbono

Muchos científicos concuerdan en que Siberia y el Ártico se encuentran entre las regiones más expuestas al cambio climático. En los últimos años han registrado récords de calor e incendios gigantescos.

En junio, la ciudad ártica de Verjoyansk sufrió una temperatura sin precedentes de 38ºC.

Unos nueve millones de hectáreas de bosques en Rusia se vieron afectadas por las llamas de este año, el equivalente a la superficie de Portugal, de acuerdo a fuentes oficiales.

Los incendios de turberas (pantanos o humedales ácidos) representan una nueva amenaza para el clima puesto que la turba, cuando se quema, libera grandes cantidades de dióxido de carbono.

“Es una bomba climática”, afirmó Grigori Kuksin. A su parecer, esto es un círculo vicioso: las perturbaciones del clima acentúan la sequía, favoreciendo los incendios de turberas, liberando gases que inciden en el cambio climático.

“Luchamos a la vez tanto contra las consecuencias del cambio climático como contra sus causas”, resumió.

Recientemente, la web especializada Nature manifestó su alarma por la multiplicación de estos “fuegos hibernantes” en las regiones árticas, tanto en América como en Rusia.

“Trabajo sucio”

Los incendios de la ciénaga suelen ser más difíciles de extinguir que los forestales convencionales.

“Para extinguir una turbera hay que inundarla y mezclar bien la tierra hasta obtener una pasta líquida”, explicó Ekaterina Grudinina, de 38 años, coordinadora de Greenpeace para Siberia y Extremo Oriente.

Detrás de ella, un equipo de bomberos voluntarios rocía el suelo con dos mangueras, bombeando agua desde un pantano cercano.

Una vez que la tierra revuelta se satura con agua, se toma la temperatura de la capa subterránea de turba. Si supera los 40 grados, hay que repetir la operación.

“Es un trabajo sucio”, afirmó Alexander Sujov, de 38 años, agricultor que fundó este grupo de voluntarios que trabajó durante dos días para extinguir el fuego en una parte de la turbera.

A las dificultades se añade la poca implicación de las autoridades regionales, según Kuksin, puesto que estas, ya sea por falta de experiencia y/o conocimientos, no consideran estos incendios con la misma seriedad que los forestales.

Los profesionales y voluntarios ya abandonaron el lugar. Pero, Kuskin está “casi seguro” que, a pesar de las afirmaciones de las autoridades, “la turbera continúa quemándose”.

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