Toda la historia moderna tiende a demostrar que cuando de seguridad nacional se trata, la lógica de Estados Unidos se traslada de la Casa Blanca al Pentágono y las reacciones son bélicas.

La tradición dice que fueron los antiguos griegos los que formularon con precisión la ley de causa y efecto que, en su lenguaje, se podía formular del siguiente modo: todo efecto tiene una causa y, si no la entendemos, es porque es un capricho de los dioses. En nuestro lenguaje actual, diríamos que la fórmula es “todo efecto tiene una causa y, cuando no la tiene, se llama milagro”.

Esas definiciones son ahora importantes porque todo el mundo se está preguntando qué fue lo que precipitó el quirúrgico rapto de Maduro y por qué era tan importante que ocurriera en el primer día de este nuevo año 2026.

Inicialmente la gran mayoría de los analistas postularon que la causa de la invasión había sido el fracaso de las negociaciones para que Maduro abandonara voluntariamente su cargo, pero rápidamente esa explicación se desmoronó porque todo lo que después ocurrió y está ocurriendo no es congruente con esa motivación.

Cierto es que Maduro había sido acusado de usurpador, que lideraba a Venezuela convertida en cartel de exportación de droga a Estados Unidos. Pero ocurre que es imposible que esa trasformación haya sido operada solo por Maduro, de modo que su rapto no significa la desaparición del cartel y tendría que ser seguida por una gran operación de limpieza de involucrados en ese tráfico en todo el país caribeño, cosa que ciertamente no solo no ha ocurrido, sino que parece dejado de lado como objetivo.

Ante ese vacío de motivación, la siguiente hipótesis ha sido la que asegura que el único propósito del rapto fue el de controlar el petróleo venezolano y así asegurarse de que no fluya hacia los enemigos del país del norte.

Pero ocurre que tampoco esa causa es congruente con lo que ha ocurrido posteriormente, porque si de controlar el petróleo venezolano se tratara, es tan baja su actual producción que su control no tendrá efectos geopolíticos hasta mucho tiempo más y tampoco puede ser alterado por la sola desaparición de Maduro.

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Todo lo señalado renueva, con cada vez más fuerza, la pregunta inicial que se hacen todos en todas partes: ¿Qué fue lo que precipitó el impecable rapto de Maduro desde su supuestamente inviolable refugio nocturno? ¿Qué ha significado Maduro preso en Nueva York para lo que ocurre en Venezuela?

Lo único que está claro es que el hecho de que Estados Unidos le entregue el gobierno del país a la vicepresidenta de Maduro, que a juzgar por sus propias declaraciones no parece ser un títere de Washington, no es congruente con nada de lo que se supone estaba ocurriendo.

El presidente Trump no puede ignorar que ese reconocimiento de la vicepresidenta implica un cierto grado importante de reconocimiento de la legitimidad del régimen chavista, cuyo fraude electoral había sido pregonado por Washington a voz en cuello y por largo tiempo. ¿Qué es, entonces, la causa que explicaría el extraño comportamiento de Estados Unidos tras el rapto de Maduro?

Lo único que se me ocurre que sería una explicación plausible y justificatoria es que súbitamente el Pentágono haya encontrado una prueba de que Maduro estaba, a fines de 2025, ganando horas para lanzar un ataque contra objetivos norteamericanos con armas que se suponían fuera del alcance de Venezuela, inclusive capaces de alcanzar territorio continental del país del norte, como sería La Florida a solo dos mil kilómetros de la costa criolla.

Si así fuera, la causa de lo ocurrido tendría su símil en la crisis de los cohetes cubanos en el tiempo del presidente Kennedy y basta con repasar un poco la historia de la Revolución Cubana enfrentando a Washington para comprobarlo.

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La única vez que este reaccionó bélicamente frente a Cuba fue cuando la isla se perfiló como un peligro para la seguridad nacional de Estados Unidos. A parte de eso, nunca el comunismo isleño le molestó a Estados Unidos lo suficiente como para justificar una acción militar en contra, como tampoco le había ocurrido a Venezuela hasta este momento.

Toda la historia moderna tiende a demostrar que cuando de seguridad nacional se trata, la lógica de Estados Unidos se traslada de la Casa Blanca al Pentágono y las reacciones son bélicas.

Yo no tengo más sustento para esta teoría que lo que me dicta la razón y en verdad que esta vez espero estar completamente equivocado, porque la hipótesis de armas de destrucción masiva en nuestro continente sería una noticia terrible para nuestras naciones, que se verían arrastradas a una nueva Guerra Fría.

El hecho de que Venezuela en realidad ya sea una plataforma de combate de esa guerra por el dominio del mundo sería equivalente a poner a todos nuestros países ante una situación que condicionaría, de aquí en adelante, todo nuestro esquema de relaciones exteriores. Y buena parte de nuestra política interna.

Si Estados Unidos no logra desarmar al chavismo y este sigue gobernando y más legitimado, sería la peor noticia que podríamos recibir en el, por otra parte, jubiloso principio de 2026. En verdad, roguemos porque eso no ocurra.