El desarrollo pleno de la mujer no se construye solo con discursos ni con antagonismos. Se construye cuando una mujer puede trabajar sin culpa, cuidar sin empobrecerse y criar sin miedo.

En Chile, hablar de feminismo suele dividirnos antes de entrar al fondo del problema. Se discuten etiquetas, consignas o identidades, mientras miles de mujeres siguen enfrentando dificultades muy concretas para trabajar, cuidar, criar y salir adelante.

El feminismo social propone justamente lo contrario: dejar de lado trincheras ideológicas y poner el foco en soluciones reales para la vida cotidiana de las mujeres, especialmente de aquellas más vulnerables y de una clase media muchas veces invisibilizada.

Las cifras son claras. Los hogares con jefatura femenina presentan mayores niveles de pobreza. Además todavía son demasiados los padres que no cumplen con sus mínimas obligaciones alimenticias, ni se hacen cargo del cuidado de los hijos comunes.

Luego, las cifras de desempleo femenino, las postergaciones en salud y las diferencias en lo referente a la garantía de la vivienda y la educación, siguen siendo desafíos prioritarios cuando se trata de integración y apoyo a las mujeres. No se trata de falta de esfuerzo. Se trata de falta de condiciones.

Es cierto que se ha avanzado en muchos aspectos. Y es justo destacar el avance en la gestión de la ministra Antonia Orellana, particularmente en el ámbito de los cuidados y de la protección de los niños que quedan huérfanos en casos de femicidio.

Por lo mismo, lejos de seguir en la disputa ideológica y conceptual, nos parece que el foco de la gestión de la próxima ministra de la Mujer debe estar centrado en desarrollar una agenda potente de feminismo social.

En ese sentido, creemos que la experiencia de vida y trayectoria de la ministra Judith Marín le permitirá empatizar de excelente forma con los temas sociales que dicha agenda involucra.

Desde una mirada transversal, el feminismo social debería traducirse en al menos cuatro líneas de acción claras.

Primero, una red de sala cuna y educación inicial compatible con la realidad laboral, con horarios flexibles y cobertura efectiva.

Segundo, corresponsabilidad real, incentivando a empresas y al Estado a generar condiciones para el pleno desarrollo femenino.

Tercero, apoyo concreto a la autonomía económica: capacitación, reinserción laboral y emprendimiento con subsidios asociados.

Y cuarto, protección específica a la clase media, mediante alivios tributarios, descuentos por cargas familiares y acceso a servicios que hoy se pagan íntegramente de bolsillo.

El desarrollo pleno de la mujer no se construye solo con discursos ni con antagonismos. Se construye cuando una mujer puede trabajar sin culpa, cuidar sin empobrecerse y criar sin miedo.

Ese es el sentido profundo del feminismo social: una agenda que no divide, que no excluye y que entiende que una sociedad más justa para las mujeres es, en definitiva, una sociedad mejor para todos.

Claudia Mora
Diputada electa (RN)

Diego Schalper
Diputado de la República (RN)