Hay amores que llegan completos y otros que apenas engañan el hambre por un instante. A veces una persona vive de migas: mensajes tardíos, gestos mínimos, apariciones fugaces que despiertan más ansiedad que cariño. Y surge la pregunta: por qué se acepta tan poco cuando se necesita tanto, por qué la intermitencia resulta tan familiar y por qué cuesta soltar un amor que nunca termina de llegar. Es una mirada a esa costumbre silenciosa de conformarse, a la herida antigua que la sostiene y a la posibilidad real de elegir un lugar donde el cariño alcance de verdad, sin pedir permiso y sin miedo a quedarse sola.

Las Migas del Amor

—¿Te volvió a escribir? — preguntó una universitaria en la fila del café.
—Sí. Un “hola, pensé en ti”.
—¿Después de cuánto tiempo?
— Cinco días. Justo cuando ya me estaba olvidando.
— Clásico. Te suelta, te huele bien y vuelve.
— Lo peor es que me alegré.
— Obvio. Todas nos alegramos. Es el reflejo condicionado del alma migajera.

Y juro que no suelo escuchar conversaciones ajenas, pero su expresión lo decía todo: pena, rabia y esa vergüenza que aprieta por dentro. No dolía lo recibido —esas migas tibias y confusas—, sino lo que despertaban: la memoria del hambre emocional.

Porque lo que hiere del migajeo no es el mensaje tardío, sino recordar cuántas veces esperamos lo mismo. Duele la migaja, pero duele más la costumbre.

De dónde nace esa hambre

Aceptar migas no es casualidad ni falta de amor propio. Es más profundo: tiene que ver con la historia afectiva que cada quien trae, con los cariños intermitentes, los silencios de infancia y las veces en que hubo que conformarse para no perder lo poco disponible.

Así se aprende que pedir más es peligroso, que reclamar es arriesgarse a quedarse solo, y que agradecer lo mínimo es la manera más segura de sostener un vínculo que ya se siente frágil.

Muchos crecieron con un cariño cansado: madres agotadas, padres ocupados, familias afectuosas, pero poco expresivas. No siempre hubo abrazos, pero sí gestos mínimos celebrados como grandes regalos. Ese entrenamiento emocional deja huella: aun siendo adultos, el corazón sigue funcionando con la lógica antigua de recibir amor a ratitos, de no pedir demasiado para no incomodar.

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Por eso, cuando en la adultez aparece alguien que va y viene, que escribe y desaparece, que promete y luego se esconde, el corazón no lo vive como una falta de respeto. Lo siente familiar. Lo reconoce como un patrón antiguo que vuelve a instalarse sin aviso, casi como una escena ya aprendida.

Aquí hace sentido algo que decía Jürg Willi, psiquiatra suizo que estudió cómo las parejas repiten historias afectivas sin darse cuenta: muchas veces no elegimos por casualidad, sino porque las heridas se reconocen antes que nosotros mismos.

Y así, sin querer, uno termina en vínculos que se parecen demasiado a lo que alguna vez llamamos amor, aunque le duelan de la misma manera.

Aceptar poco no significa querer poco: significa haber aprendido que lo poco era lo normal.

El que sólo entrega migajas

Mi abuela decía: “Ojo con el que llega con hambre y promete banquete”. Y sí: al que entrega migajas, se le nota. Te ofrece picoteos emocionales, te sirve una degustación de afecto, pero nunca el plato principal. Lo justo para que te quedes…jamás lo suficiente para sentarse a la mesa contigo.

Es experto en aparecer cuando te ve firme y desaparecer cuando lo miras con ternura. No por maldad: por miedo. Miedo a sentir demasiado, a entregarse, a quedarse, a perderse.

Quiere cariño, lo necesita, pero cuando lo obtiene retrocede. Cuando se siente lejos, se acerca; cuando se siente cerca, se aleja. Vive atrapado en su propia contradicción, sin saber cómo romper el ciclo.

Quien recibe migas también queda en su dinámica: entre la esperanza —esa vocecita que dice “quizás esta vez sí”— y la humillación suave de cada desaparición. La humillación no grita; murmura: “esto no alcanza”, “esto no es cariño”, “aquí ya no deberías estar”.

El corazón queda suspendido en un lugar donde nada se construye ni se rompe del todo.

Entre esperanza y dignidad, uno queda tironeado. Mientras tanto, el migajero libra su guerra interna entre culpa y miedo. Y así, en un ir y venir sin descanso, nadie gana: quien recoge migas se vacía; quien las reparte se queda igual de solo que al principio.

Ahí aparece la crueldad elegante del migajeo: lo peor no es lo poco que se recibe, sino que no permite despedirse.

No hay cierre. No hay final. No hay duelo. Solo la reaparición precisa cuando ya estabas respirando mejor, para revolverte el alma y dejarte suspendido otra vez.

Cómo se sale del migajeo

Salir del migajeo no es un portazo: es un despertar lento. El primer gesto es nombrarlo. Porque mientras algo no tiene nombre, opera como niebla: confunde, se escurre, se justifica. Decir “esto es migajeo” ordena la experiencia y permite verla sin la bruma de la ilusión. Nombrar es recuperar visión.

Luego viene quitarle la épica. Durante mucho tiempo una confunde la ansiedad con pasión, la incertidumbre con química, la espera con destino. Desarmar esa épica es entender que el corazón no está viviendo una historia romántica, sino un patrón antiguo de activación emocional. Quitarle el brillo falso permite ver el cansancio que había debajo.

Después toca volver al cuerpo. El cuerpo es el primer testigo de lo que se niega: duerme mal, come menos, respira corto. Caminar, descansar, alimentarse bien no son gestos triviales: son una forma de recordarse que existe una vida más allá del vaivén ajeno. El cuerpo recupera antes la dignidad que la mente, y abre un espacio interno donde el alma puede respirar.

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También es necesario entender que esperar a alguien es, muchas veces, abandonarse a sí mismo. La espera congela. Detiene proyectos, conversaciones, decisiones. Cada vez que miras el teléfono esperando un mensaje, hay una parte tuya que queda en pausa también. Comprenderlo es doloroso, pero libera: la vida vuelve a sus manos.

Y nadie sale de un migajeo en soledad. Por eso hace falta rodearse de quienes ya sobrevivieron a esto. La amiga que te dice “no le respondas” no quiere controlarte: quiere amarrarte a tierra firme mientras el corazón insiste en correr hacia el mismo lugar donde se ha roto antes. Ese sostén es vital cuando la propia claridad flaquea.

Finalmente llega el paso más profundo: reescribir la escena interna. No se trata solo de dejar a alguien. Se trata de dejar de ser la niña que aceptó cariño a ratitos porque era lo único que había. Es elegir desde la adultez emocional: desde el derecho a una presencia estable, a un amor sin sobresaltos, a un lugar donde quedarse no duela.

Y así, con calma y convicción, aparece una frase que no se dice con rabia, sino con dignidad: Ya no estiro la mano por migas. Ahora elijo dónde sentarme a comer.

Nuestra sección de OPINIÓN es un espacio abierto, por lo que el contenido vertido en esta columna es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial de BioBioChile