Cuando una relación se sostiene a costa del esfuerzo permanente de una sola persona, el amor deja de ser encuentro y se convierte en carga. Una reflexión sobre vínculos desiguales, agotamiento emocional y la dificultad de amar cuando hacerse cargo reemplaza a la reciprocidad.
Cuando el amor se transforma en una carga permanente, el deseo no se enfría: se apaga. No porque falte cariño, sino porque la relación deja de sentirse como un encuentro entre dos personas que se sostienen a sí mismas. En muchas parejas, se instala una dinámica silenciosa y normalizada donde uno de los miembros termina haciéndose cargo del otro para que el vínculo no se caiga, ocupando un rol que nunca eligió.
Hay violencias que no gritan, no golpean ni dejan moretones visibles, pero desgastan lento, como una gotera constante. Al principio parecen pequeñas, incluso comprensibles. Se toleran, se justifican y se normalizan, hasta que con el tiempo terminan dañándolo todo.
Algo similar ocurre cuando una relación empieza a funcionar solo gracias al esfuerzo extra de una de las partes: sostener emocionalmente, resolver lo práctico, amortiguar crisis, anticipar conflictos y postergar el propio cansancio para que la pareja siga en pie.
En estas relaciones, una persona comienza a asumir responsabilidades que no le corresponden, no por elección consciente, sino por adaptación. Amar empieza a parecerse demasiado a hacerse cargo. No hay un momento claro en que se decide ocupar ese lugar; más bien, el rol se instala de manera progresiva, hasta que la relación depende de esa desigualdad para seguir existiendo.
Este tipo de vínculo no surge de la nada. Tiene raíces profundas en cómo aprendemos a amar. A muchas personas se les enseña desde temprano que el amor se expresa entendiendo, esperando, adaptándose y sosteniendo al otro cuando “no puede”. Se aprende que cuidar es una prueba de compromiso y que irse equivale a fallar. Mucho menos frecuente es el aprendizaje de que también se necesita reciprocidad, autonomía y un otro capaz de hacerse cargo de sí mismo.
Cuando esa reciprocidad no aparece, no suele haber quiebres dramáticos ni finales abruptos. Lo que ocurre es más silencioso: alguien empieza a borrarse dentro de la relación. Sigue ahí, funcionando, resolviendo y sosteniendo, pero deja de sentirse visto. Habita el vínculo con el cansancio de quien todavía espera que el otro note el desgaste y reaccione antes de que lo único que quede sea el duelo por un amor que se fue apagando sin ser reconocido.
Del otro lado, muchas personas llegan a la vida afectiva con serias dificultades para sostener su autonomía emocional y material. En una cultura que no enseña a tramitar la frustración, el límite o la incomodidad, no son pocos los adultos que externalizan su malestar y lo depositan en la pareja. No se trata de atravesar dificultades —eso es parte de cualquier relación—, sino de convertirlas en responsabilidad ajena de manera permanente.
Desaparece el deseo
Cuando una relación se estructura así, el desgaste es inevitable. Y una de las primeras áreas donde aparece es el deseo. No se pierde por rutina ni por falta de amor, sino porque la relación deja de sentirse como un vínculo entre dos adultos.
El erotismo necesita autonomía, reciprocidad y cierta tensión entre dos personas completas. Cuando uno se vuelve carga, el cuerpo lo registra antes que la conciencia: aparece el rechazo, la evitación del contacto y una culpa silenciosa por “ya no sentir lo mismo”.
Aquí suele instalarse otra trampa cultural: la idea de que el amor verdadero todo lo aguanta. Que hay que tener paciencia, acompañar procesos y esperar el cambio. El problema es que, en muchos casos, ese cambio no llega o llega tarde, cuando el cansancio ya hizo su trabajo y la relación se sostiene solo por la costumbre y la culpa.
¿Se puede revertir esta dinámica?
A veces sí, pero no con promesas ni buenas intenciones. Revertir esta dinámica implica que cada persona asuma activamente su lugar como adulto: hacerse cargo de su vida emocional, sostener decisiones, tolerar frustraciones y dejar de delegar responsabilidades en la pareja. No se trata de “ayudar más”, sino de dejar de necesitar ser sostenido.
Cuando esto no ocurre, muchas relaciones no se rompen por falta de amor, sino porque el agotamiento llega antes que la transformación. Después de demasiado tiempo sosteniendo, puede que ya no quede energía para esperar, ni palabras para explicar lo que hace tiempo se viene sintiendo.
Frente a este escenario, la pregunta no es solo qué hacer cuando el daño ya está instalado, sino cómo evitar que se siga repitiendo. Hablar de responsabilidad afectiva implica algo más que consignas de Tik Tok, significa hacerse cargo de lo que se siente, de lo que se necesita y del impacto que se tiene en el otro, sin convertir a la pareja en cuidador, terapeuta o salvavidas económico permanente.
La responsabilidad afectiva se aprende por modelaje: viendo adultos que se sostienen a sí mismos, relaciones donde el cuidado es mutuo y no unilateral, y espacios donde poner límites no se castiga con culpa. Solo así es posible construir vínculos donde el amor no se viva como desgaste ni como carga, sino como un encuentro entre personas que caminan juntas, sin que una tenga que cargar a la otra para avanzar.
Y si el deseo no vuelve después de tanto sostener, no es frialdad ni egoísmo. Es agotamiento. Es cansarse de explicar, de esperar, de empujar, de ser fuerte todo el tiempo.
Porque nadie vino a este mundo a terminar la crianza emocional de otro adulto, ni a confundir el amor con una forma lenta y persistente de soledad compartida.
Ese cansancio no aparece de un día para otro. Se acumula en gestos pequeños: en ser quien siempre recuerda, quien siempre explica, quien siempre calma, quien siempre entiende. En ser la persona que sostiene cuando el otro se cae, pero también cuando no intenta levantarse.
En postergar conversaciones propias porque “no es el momento”, en minimizar el propio malestar para no sumar peso, en adaptarse una y otra vez esperando que, esta vez, algo cambie.
Con el tiempo, amar deja de sentirse como elección y empieza a vivirse como obligación. No hay rabia explícita, sino una tristeza más honda: la de darse cuenta de que la relación se sostiene gracias a un esfuerzo que no es compartido.
Y cuando eso ocurre, no es que falte amor. Es que el cuerpo y la emoción ya no alcanzan. Porque ningún vínculo puede sostenerse indefinidamente cuando una sola persona empuja, cuida y espera. Amar no debería sentirse como cargar en silencio con el peso de dos vidas.
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