Aún más grave que el exabrupto, donde se denosta a las “lauchas”, los árboles que “estorban” o quienes investigan en estos temas, es preocupante que este futuro ministro, siendo arquitecto, no llegue a preguntarse por qué suceden los incendios forestales y los problemas de viviendas precarias.

Los dichos de Iván Poduje en un seminario realizado en la UBB, la última semana de enero, no son solo desafortunados, sino que revelan una forma de pensar retrograda, en la cual los ecosistemas aparecen como obstáculos administrativos y la academia como una traba, más que como un aporte.

Esta línea es similar a la caricatura que planteó Kast como candidato, su ausencia de referencias a la ciencia y estrategias políticas orientadas a instalar dicotomías odiosas y generar enemigos para ganar votos.

Poduje desde su posición de poder impulsó dicotomías artificiales: “lauchas” versus personas, “arbolitos” versus desarrollo o viviendas, o incluso la idea de bosques que “invaden” ciudades, casi al estilo la segunda parte del Señor de los Anillos.

Desafortunadamente, su discurso no es circunstancial y, además de matices ideológicos, evidencia una precariedad cultural y conceptual preocupante respecto a la ecología. Peor aún, demuestra un gobierno alejado de la ciencia y una forma de comunicación más dirigida a las barras bravas.

Hasta la fecha, la posición de parte de la derecha y de sectores empresariales, frente al medio ambiente, ha sido similar y presenta al entorno natural como un problema en sí mismo, como si la naturaleza fuera el adversario y no el sistema que sostiene la vida humana.

En esta línea se desarrolla tratando de imponer que la defensa del medio ambiente se intenta imponer en la opinión pública como “permisología”, y que esto es una cruzada contra el progreso, llevada por extremistas ecológicos.

Esta lógica intenta mejorar la cara del fenómeno al cual nos ha llevado el Antropoceno, asumiendo —desde una concepción ideológica casi religiosa— que el uso de la naturaleza es un derecho implícito de dominación absoluta del ser humano sobre el resto de los sistemas naturales y, peor aún, de los humanos pudientes, porque para los pobres podemos imponer zonas de sacrificio.

Resulta difícil explicar, desde esa mirada, donde lo económico va sobre la calidad de vida del humano, que muchos riesgos sanitarios aumentan porque expandimos ciudades sobre ecosistemas frágiles, alteramos hábitats y generamos nuevas interfaces entre personas, fauna y patógenos.

La historia es clara: las grandes crisis sanitarias no fueron producto de una naturaleza “desatada”, sino de condiciones humanas como el hacinamiento, la precariedad urbana, las alteraciones ambientales y la movilidad masiva. Incluso la peste negra —simplificada en el imaginario popular como “cosa de ratas”— fue el resultado de una compleja interacción entre factores sociales, biológicos y ecológicos.

Convertir a los roedores en metáfora de malas decisiones públicas no es solo una torpeza retórica, sino también una señal de desconocimiento. Los roedores han sido pilares de la ciencia biomédica moderna: modelos fundamentales para estudiar envejecimiento, enfermedades neurodegenerativas, inmunología y desarrollo de fármacos.

Aún más grave que el exabrupto, donde se denosta a las “lauchas”, los árboles que “estorban” o quienes investigan en estos temas, es preocupante que este futuro ministro, siendo arquitecto, no llegue a preguntarse por qué suceden los incendios forestales y los problemas de viviendas precarias.

Sabrá el ministro que estos problemas son consecuencia la expansión urbana sin planificación, la pérdida de vegetación nativa y de grandes superficies de monocultivos altamente inflamables, lo que se potencia por las condiciones que ha generado el cambio climático. En verdad me pregunto si lo sabrá, porque esto no cabe en una frase efectista. Es necesario entender que calidad de vida y medio ambiente no son temas separados, sino partes de un mismo sistema. Plantearlos como enemigos no es pragmatismo: es estupidez.

En el caso de los últimos incendios en la Región del Biobío, estos se cruzan con proyectos y discusiones sensibles, como la eventual explotación de tierras raras en la misma zona y —de manera llamativa— la posición de la actual senadora y futura ministra, ex Concertación, ex DC, ex izquierda, ex centro, y ahora ultraderecha Ximena Rincón, respecto a la regulación del uso de suelos postincendio.

Esa coincidencia de tiempos y decisiones, esperemos que sea parte de una mala casualidad y no de una terrible causalidad, aunque, con estos ministros que designó el próximo presidente, no es posible estar seguros.

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