El gran empresariado se representa a sí mismo y no necesita de la política, de la que desconfía y a la que trata, a menudo, con desprecio.
El presidente electo José Antonio Kast ha dado a conocer su primer gabinete, destacándose en el debate público la primacía de figuras independientes en el elenco de ministros, por sobre militantes de los partidos políticos.
A nuestro juicio, sin embargo, el problema es otro: los movimientos sociales que lo impulsan al gobierno y constituyen su base activa de apoyo están directamente representados en el gabinete, sin intermediación partidaria.
Mencionados esquemáticamente, esos grupos son los militares (incluida la corriente política del “pinochetismo”), los conservadores religiosos (especialmente, evangélicos) y el gran empresariado. Patria, familia y concentración económica. Si bien no hay mediación institucional por la vía partidaria, sí hay expresión social de grupos con estructuras institucionales relevantes. Una especie de gremialismo, que recuerda el origen del mandatario.
Pero tales grupos no pueden ser analizados de la misma forma, al menos en términos de influencia. La proyección de grupos afines al autoritarismo y de orientación religiosa expresa el triunfo de un conservadurismo de ocasión, que por cierto marca la identidad del grupo que llega al gobierno y le provee apoyos insoslayables.
Pero, a su vez, son fuerzas, al menos por ahora, sin capacidad hegemónica. Sus iniciativas serán puestas a prueba frente a una sociedad que ha experimentado cambios culturales profundos, producto de una modernización que ha diversificado los tipos de familia, promovido el individualismo y transformado las formas de autoridad.
El gran empresariado, en cambio, sí se despliega apoyado en su hegemonía. Por eso no extraña que lo que parezca vislumbrarse sea una trenza de poder destinada a destrabar temas acuciantes para este actor.
Primero, la “permisología”, que abarca desde la elección del ministro de Hacienda y Economía —este último un importante miembro del gremio constructor— hasta el nombramiento en Cultura, cuyo ministro tiene como encargo importante la relación con el Consejo de Monumentos Nacionales.
Segundo, la relación con Estados Unidos: el encuadre que se anticipa entre la leal mano derecha de Luksic —único grupo empresarial local de dimensión global y con capacidad de influencia fuera de América Latina— en Cancillería, la exdirectora de la Cámara Chilena Norteamericana de Comercio en la SUBREI y un miembro del grupo Ergas con intereses en Estados Unidos como embajador en ese país, auguran un trato preferente al vecino del Norte y hacen preguntarse hasta qué punto el embajador norteamericano no fue el que hizo el listado.
No es que Kast decidiera centrar el gobierno en sí mismo al tomar la decisión de poner a “independientes”. Lo que se expresa es la debilidad de las estructuras políticas, penetradas por el interés empresarial. Algo que persiste en Chile, donde, cada tanto, la “puerta giratoria” deposita lealtades empresariales en los despachos de ministerios y subsecretarías. Esto ocurrió en los gobiernos de la Concertación y de Piñera, así como en el de Boric. El gran empresariado se representa a sí mismo y no necesita de la política, de la que desconfía y a la que trata, a menudo, con desprecio.
Con todo, la selección hecha por Kast se trata menos de un cuoteo a los grupos económicos, que de todo un movimiento proempresarial. No son sólo empresarios o gerentes, sino también empleados de alta renta que pertenecen a lo que la sociología denomina “la industria de la defensa de la riqueza”, y que incluye a abogados, contadores y lobbistas.
Es lo que ocurre con el futuro ministro Quiroz, consultor de empresas acusadas por colusión, y también con el ministro de Defensa, Fernando Barros, prestigioso abogado y defensor de Pinochet, quien además es director de empresas y fue asesor jurídico de Sebastián Piñera. Sin ser el favorito del empresariado (era Matthei), Kast se esfuerza más que el resto, integrando el paquete completo de defensores de la gran empresa.
La tecnificación de los gremios empresariales chilenos destaca entre sus pares latinoamericanos. En Chile, estas organizaciones poseen cúmulos de datos, redes y capital humano a disposición para definir de antemano los términos de cualquier negociación o para enfrentar a posteriori asuntos que disgusten a sus afiliados. En parte, eso explica el atrevimiento de este grupo al representarse a sí mismo.
Y es que los empresarios suelen ser individuos prácticos, que siguen la rentabilidad y que apoyan, pero no lideran, los proyectos políticos que más beneficios les traen.
Sin embargo, en Chile eso no ocurre, y no viene ocurriendo desde hace años. Vigente aún, la colonización empresarial de la política es una de las causas más importantes de nuestra inestable situación política.
Sebastián Caviedes
Sociólogo
Doctor (c) en Ciencias Sociales
Académico Universidad de Chile
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