Chiloé no se “sumó” tardíamente a Chile en 1826. Fue Chiloé el que permitió que la República alcanzara su forma definitiva y proyectara su soberanía hacia Magallanes.

El año 2026 no constituye una efeméride más dentro del calendario republicano chileno. Se cumplen dos siglos de la firma del Tratado de Tantauco, acuerdo que selló la incorporación definitiva del archipiélago de Chiloé a la soberanía nacional.

Pese a ello, este acontecimiento continúa ocupando un lugar marginal tanto en la enseñanza escolar como en la memoria histórica compartida. La pregunta resulta inevitable: ¿Cómo explicar que el hito que cerró el proceso de independencia de Chile siga siendo tratado como un episodio secundario?

La narrativa histórica tradicional ha fijado el término de la independencia en 1818, privilegiando una lectura centrada en el valle central y en los principales hitos político-militares de la época.

Sin embargo, una mirada más atenta a la configuración territorial del país permite advertir que la República aún estaba inconclusa. Durante ocho años más, Chiloé permaneció como el último enclave realista del Pacífico Sur, sosteniendo una fidelidad a la Corona que contrastaba con el discurso emancipador ya instalado en Santiago.

Fue recién en 1826, tras las campañas lideradas por Ramón Freire y el decisivo accionar de la Escuadra Nacional, cuando el Estado chileno logró consolidar su integridad territorial. Desde una perspectiva histórica de largo plazo, la anexión de Chiloé no puede entenderse como un apéndice tardío, sino como el verdadero epílogo del ciclo emancipador.

No obstante, los actuales planes y programas de estudio tienden a diluir este periodo final en una vaga etapa de “ensayos constitucionales”, desplazando a un segundo plano las dimensiones territoriales, marítimas y estratégicas del proceso.

Mientras en el sur del país se impulsan iniciativas orientadas a conmemorar el bicentenario, en gran parte del territorio nacional persiste un silencio pedagógico difícil de justificar. En muchas aulas, la toma de Chiloé sigue apareciendo como una nota al margen, cuando en realidad constituye un punto de inflexión en la historia republicana. Esta omisión no es inocua: impide comprender que Chile se terminó de construir desde el mar y hacia el sur, y no exclusivamente desde el centro político del país.

Más aún, la incorporación de Chiloé fue la base logística, humana y estratégica que hizo posible la posterior proyección soberana hacia el extremo austral. La expedición de la Goleta Ancud en 1843, construida con maderas del archipiélago y tripulada en gran parte por chilotes, resulta incomprensible sin el antecedente de Tantauco. Separar ambos procesos fragmenta el relato histórico y debilita la comprensión del proyecto estatal chileno en el Pacífico Sur.

A doscientos años de este acontecimiento, el desafío es evidente. El bicentenario de la anexión de Chiloé no puede reducirse a una conmemoración local. Debe convertirse en una oportunidad para revisar críticamente el currículum, fortalecer la conciencia marítima y reconocer el papel estructural del archipiélago en la configuración del Chile republicano.

Chiloé no se “sumó” tardíamente a Chile en 1826. Fue Chiloé el que permitió que la República alcanzara su forma definitiva y proyectara su soberanía hacia Magallanes. Saldar esta deuda histórica es una tarea urgente, especialmente en un país que aspira a comprenderse a sí mismo desde la totalidad de su territorio y no desde fragmentos convenientes de su pasado.

Claudio Molina Lobos
Profesor de Historia y Geografía
Magíster (c) en Educación
Miembro de la Sociedad chilena de Historia y Geografía

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