Si queremos que más jóvenes elijan ser profesores, primero debemos volver a decir —con claridad y convicción— qué significa serlo.
Cada año, cuando se conocen los resultados de las postulaciones a la educación superior, se repite una señal tan preocupante como dolorosa: son cada vez menos los jóvenes que eligen formarse como profesores o educadores de párvulos. Muchos menos de los que el país necesita para sostener su desarrollo y cohesión social en el largo plazo.
Frente a este escenario, suelen aparecer propuestas de incentivos económicos, ajustes normativos, becas o bonos orientados a aumentar la atracción hacia la profesión docente. Todas ellas son necesarias. Sin embargo, hay un aspecto igual de relevante que no siempre se pone en el centro: la verdadera atracción por esta carrera se construye cuando quienes hoy ejercen se sienten orgullosos de lo que hacen.
Si queremos que más jóvenes elijan ser profesores, primero debemos volver a decir —con claridad y convicción— qué significa serlo.
Ser profesor es experimentar una satisfacción profunda cuando el esfuerzo de enseñar se traduce en aprendizaje. Es un trabajo hecho de paciencia y exigencia, de compromiso cotidiano con el desarrollo de otros. Implica estar presentes en los avances y también en las dificultades de los estudiantes; reconocer sus logros, corregir con respeto, exigir con propósito y acompañar con constancia. Es una labor que se construye día a día, en la relación con otros.
Ser profesor es también trabajar con las familias y ayudarlas a mirar a sus hijos de otra manera. Construir con los apoderados un camino compartido para que cada niño o niña descubra sus talentos, fortalezca su confianza y pueda proyectarse con sentido y esperanza.
¿Para qué educamos? Educamos para una vida plena: no entendida como satisfacción inmediata, sino como desarrollo integral; como el despliegue de capacidades, el deseo de aprender, de crecer y de ser mejor cada día. Y esa tarea inmensa ocurre de manera silenciosa y cotidiana en las salas de clases, gracias al trabajo de los profesores.
Para que existan esos profesores, se requieren condiciones que lo hagan posible. Necesitamos escuelas y jardines infantiles con liderazgos pedagógicos claros, donde directivos y sostenedores comprendan que el corazón de toda comunidad educativa es el aprendizaje y el desarrollo de sus estudiantes. Todo lo demás debe ordenarse en función de ese propósito.
Necesitamos profesores con tiempo: tiempo para conocer a sus estudiantes y acompañar sus trayectorias; tiempo para planificar clases con sentido, atender la diversidad, retroalimentar aprendizajes, reflexionar, crear junto a otros y mejorar su práctica.
La verdadera valorización de esta profesión llegará cuando los profesores se reconozcan en su labor y se sientan orgullosos de ella. Cuando, junto con ese orgullo, reciban reconocimiento y respeto. Cuando ir cada mañana a la sala de clases sea una fuente de sentido y no de desgaste.
Como país, tenemos una tarea pendiente. No hemos sabido cuidar como corresponde esta vocación esencial. Pero también tenemos una gran oportunidad: repensar juntos, la escuela que queremos y el lugar que le damos a quienes la sostienen.
Un país que quiere progresar necesita educadores que crean en el valor de su profesión. Y necesita, con la misma urgencia, una sociedad que los respete, los valore y les agradezca la tarea que realizan cada día.
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