Escuchamos y leemos a analistas que se refieren a Trump como un loco, como alguien que no tiene límites éticos, como un hombre que no se detiene ante nada. Todo eso puede ser cierto, pero el tema no es él, sino la mayoría de una sociedad que lo eligió para ser la cabeza visible de una forma de mirar el mundo desde la creencia de que el “American way of life” es la forma correcta y que todo lo demás es erróneo o maligno. Es la mera continuidad histórica de quien quiere defenderse frente a un mundo que ha comenzado a despertar.
Ahora Cuba
Las declaraciones del Presidente de los Estados Unidos sobre Cuba son alarmantes, pues califica a ese país como un peligro para la seguridad de la potencia del norte. Al leer esas palabras, no puedo sino recordar que el asesinato de Letelier, en pleno Washington, contó con la participación activa de exiliados cubanos. Por cierto, no se refiere al peligro para Estados Unidos de que cada vez crezca más la colonia cubana en el exilio, ya que eligió a uno de ellos para ser el segundo hombre del gobierno.
¿Qué peligro representa Cuba? No producen droga, no producen armas, no producen medicamentos, que son los tres carteles de tráfico más poderosos del planeta.
Claro, los que vivimos en este lado del mundo aún no entendemos que la existencia del régimen comunista en Cuba ofende a Estados Unidos, porque ha demostrado que pese a todos los empeños no ha podido ser derrocado.
Sabemos que cada presidente de Estados Unidos ha intentado sabotear a Cuba, con invasión, bloqueo e innumerables formas destinadas a ahogar su gobierno. Y no han podido. Es la mejor expresión de un fracaso del imperio, pues hay un espacio de América que aún no puede dominar.
El único, pues aunque en México y Brasil, los dos gigantes de América Latina, haya gobiernos que se dicen izquierdistas, la sociedad misma está penetrada por la cultura (valores, idioma, propuestas de estilo de vida y régimen económico) que se impone desde Washington. Por lo tanto, Cuba muestra que, pese a todo, se puede sobrevivir.
Trump califica de “maligno” al gobierno cubano, que por cierto no es santo de mi devoción. Pero la expresión alude a algo de tipo religioso. Ellos, Estados Unidos, son el bien y los que se oponen a sus políticas son el mal.
Es una manera de ver la realidad
Escuchamos y leemos a analistas que se refieren a Trump como un loco, como alguien que no tiene límites éticos, como un hombre que no se detiene ante nada. Todo eso puede ser cierto, pero el tema no es él, sino la mayoría de una sociedad que lo eligió para ser la cabeza visible de una forma de mirar el mundo desde la creencia de que el “American way of life” es la forma correcta y que todo lo demás es erróneo o maligno.
El sociólogo Felipe Portales, en un interesante artículo denominado “El ocaso de Estados Unidos”, destaca que desde sus comienzos como país a finales del siglo XVIII y los inicios del XIX, Estados Unidos quiso alzarse como potencia.
Le ganó la guerra al Imperio Británico y se desprendió de su colonización. Mientras expandía su territorio por la fuerza de las armas, aplastando a los aborígenes de esas tierras que los ingleses no habían alcanzado a eliminar, apoyó las luchas surgidas en el sur de América contra el Imperio Español a quien veía como su principal escollo.
La Doctrina Monroe deja en claro, por un lado, que no se debían aceptar intromisiones de potencias europeas en el continente y, por otro, que los norteamericanos debían estar presentes en la construcción de las nuevas sociedades de las antiguas colonias españolas.
Armamento, dinero, inversiones, explotación de recursos naturales, intervención en el comercio, todo ello está presente durante todo el siglo XIX, culminando con la apropiación de territorios que pertenecían a México en una guerra que terminó con la ocupación de la capital Azteca, defendida por un puñado de muchachos que estudiaban para ser militares, a quienes los destrozaron. Parte de esos territorios fueron pagados y otros simplemente apropiados.
El expansionismo
En la misma estrategia expansionista, compró Luisiana a Francia (1803, por 15 millones de dólares), a España (1919, en 5 millones de dólares) Florida y a Rusia Alaska (1967, en 7,2 millones de dólares).
Cuando culminaba el siglo, apoyó militarmente la resistencia armada de nacionalistas filipinos y portorriqueños, derrotando a España y arrebatándole esas colonias. Si bien Filipinas ha mantenido su independencia política, en los hechos se ha convertido en una colonia cultural de Estados Unidos, hasta el punto de que el idioma oficial dejó de ser el castellano para pasar a ser el inglés. En el caso de Puerto Rico, se ha convertido en un Estado Libre Asociado, dependiente del Congreso de los Estados Unidos y sujeto a sus leyes federales.
Para terminar con el Imperio español, intervino militarmente en las luchas por la independencia de Cuba, que culminaron con la derrota española en 1898, manteniendo por 35 años una suerte de protectorado político en la isla caribeña, del mismo estilo del que ahora Trump está intentando aplicar en Venezuela.
Entre el nacimiento del siglo y la guerra europea de 1914 expandió su dominio económico y político en Centro América, con la construcción del Canal de Panamá en 1904 y su concesión de uso exclusivo. La presencia de Estados Unidos no comienza allí, sino que alcanza su máxima expresión.
Panamá pertenecía a la Gran Colombia, pero por la presión de Estados Unidos (“divide et impera” era su máxima para Centro América, tomada de Julio César), un movimiento rebelde llevó a los panameños a desprenderse de esa enorme nación y dar vida a un país diferente, todo ello en 1830. Desde allí se impuso el dominio de los Estados Unidos a través de las elites criollas de cada país, aliándose en la producción agrícola, especialmente de frutas y monopolizando la comercialización de sus productos.
En 1917 compró a Dinamarca en 25 millones de dólares las Indias Occidentales Danesas, actualmente conocidas como Islas Vírgenes. Los dichos de Trump sobre comprar Groenlandia no son nuevos en ese país, pues ya lo intentaron en la misma negociación de 1917 y luego en 1946, a lo que el pequeño país del Norte de Europa se ha negado.
La potencia mundial
Con su intervención final en la guerra europea, Estados Unidos se convirtió sin dudarlo en la principal potencia del mundo, teniendo influencias en Asia y controlando casi el noventa por ciento del territorio de América, ya fuese política o económicamente.
El continente americano concentró su desarrollo en la producción de materias primas, particularmente las que interesaban al gran vecino del norte. Las inversiones más grandes venían de allí, aliándose con las clases gobernantes de cada país, para evitar, mediante presiones políticas, económicas y militares, que se despertaran afanes de unión en el resto de los países de América.
Cuando en algún país ha habido intentos de rebeldía a ese dominio, los sucesivos gobiernos de Estados Unidos no han dudado en enviar tropas para restablecer su orden. Rechazando las dictaduras que se les oponían –y que hubo muchas en el continente– imponían las suyas. En la década de los años 70 del siglo pasado, prácticamente el continente entero, salvo Venezuela, estuvo en esa condición, con dictaduras militares o sistemas políticos cerrados, clasistas y autoritarios (Por ejemplo, Colombia).
La guerra mundial de 1939 otorga a Estados Unidos el máximo punto del poder mundial, convirtiéndose en líder de todo occidente. A las influencias en América y Asia, se agrega que desde ese momento influye decisivamente en Europa al hacerse cargo en gran medida de la reconstrucción posterior a la guerra.
Los buenos son sus aliados, los malos los comunistas y los que permiten el comunismo. Es la Guerra Fría, con una división categórica, en la que ambos polos mantienen sus influencias, pero no se meten en el territorio de influencia del rival.
Por eso Cuba ofende a Estados Unidos, porque es un enclave de influencia soviética en el continente americano. Y cuando ya no existe la Unión Soviética, Rusia de Putin sale en su apoyo.
Nada ha cambiado en su posición
Esas políticas han sido matizadas, pero en lo sustancial no han cambiado, salvo quizás en el gobierno de Carter. Obama, con su Premio Nobel en el cuello, mantuvo Guantánamo y aplicó la misma violencia que sus antecesores, manteniendo cárceles secretas repartidas por el mundo, incluida Europa, presencia militar en todos los mares y los continentes y convirtiendo en espectáculo el asesinato de los líderes enemigos.
Para el movimiento que apoya a Trump, los demócratas fueron débiles e hicieron que Estados Unidos perdiera poder mundial. Para volver a hacerlo grande, como dicen ellos, la administración de Trump está tomando todas las medidas sin más límites que la moral marcada por su propia conveniencia.
No es sólo Trump: es su gobierno, sus ministros, el Partido que lo apoya, los ciudadanos que lo han votado, los militares que aplican sus políticas, los que redactan sus declaraciones oficiales. Los poderes personales son circunstanciales, porque se sustentan, en definitiva, en los equipos que apoyan al gobernante, al dictador, al tirano, al líder.
Sin Manuel Contreras Sepúlveda y sus equipos represivos, sin los agentes de todas las fuerzas armadas persiguiendo u hostigando a disidentes u opositores políticos, Pinochet no se hubiese sostenido en el poder. Sin Diosdado Cabello, Vladimir Padrino y Delcy Rodríguez, con todos sus grupos de agentes, no se sostenía Maduro. Bastaba la traición (siempre la traición es de los cercanos) de ellos para que todo comenzara a desarmarse.
No es Trump: es un país que mayoritariamente se cree dueño de la verdad, poseedor del bien, con derecho a todo, incluyendo la imposición de su paz. Es como fue la Pax Romana, es decir, “o aceptan mi manera de hacer las cosas o serán sometidos por la fuerza”. Cuando la república romana vivió una crisis en los territorios conquistados, surgió el imperio que prolongó un dominio a sangre y fuego.
Así es lo que sucede hoy: se quiere prolongar un dominio imperial.
Tendrá éxito unos años, pero terminará derrumbándose, no a manos de guerreros como Roma, sino a manos de constructores de la paz, de una democracia participativa y de quienes creen en la solidaridad, la humanidad, el entendimiento, el respeto y la acción responsable de las personas en el seno de sus propias comunidades.
El mundo está adquiriendo conciencia, despertando. Por eso hay voces de protesta en muchos lugares que no son ni comunistas ni terroristas.
Por ahora, el Imperio contraataca.
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