Irán es plenamente consciente de que cualquier confrontación directa afectaría no solo a las dos partes involucradas, sino a toda Asia Occidental e incluso a la economía mundial.

En las últimas semanas y meses, han surgido nuevamente en los círculos diplomáticos y mediáticos informes sobre diálogos y posibles negociaciones entre la República Islámica de Irán y Estados Unidos.

Estos acontecimientos se producen en un contexto marcado por la escalada de las tensiones regionales, la expansión de la presencia militar estadounidense en Asia Occidental y las reiteradas referencias de funcionarios de Washington a las llamadas “opciones sobre la mesa”.

En este contexto, merece especial atención el esfuerzo deliberado y responsable de Irán por contener las tensiones, prevenir la escalada y priorizar la diplomacia sobre la lógica de la fuerza. Un enfoque basado no en la debilidad, sino en una profunda comprensión de los devastadores costos que la guerra y la inestabilidad impondrían tanto a la región como al sistema internacional.

Desde la perspectiva de la dinámica de propagación de la crisis, debe reconocerse que los costos y las consecuencias de una guerra que involucre a la República Islámica de Irán no serían de alcance regional, sino de impacto global.

Desde el inicio de sucesivas crisis regionales, la República Islámica de Irán ha enfatizado constantemente un principio fundamental: la seguridad no es un bien importable, ni puede imponerse mediante portaaviones, bases militares extranjeras ni sanciones agobiantes. La experiencia de las últimas décadas demuestra con claridad contundente que, siempre que Estados Unidos ha intervenido en la región con el pretexto de “garantizar la seguridad” o “mantener el orden”, el resultado ha sido una mayor inseguridad, el colapso de Estados, la proliferación del terrorismo y una mayor inestabilidad estructural. Desde Afganistán e Irak hasta Libia y Siria, la huella del intervencionismo estadounidense no ha dejado paz, sino crisis persistentes.

En este contexto, la postura de Irán respecto a las negociaciones con Estados Unidos debe entenderse como un ejercicio de gestión responsable de crisis. Irán ha declarado reiteradamente que no rechaza el diálogo en principio; sin embargo, solo aceptará negociaciones basadas en el respeto mutuo, la igualdad jurídica y el rechazo a la presión coercitiva.

Esta postura se opone directamente a la estrategia que Washington describe como “paz mediante la fuerza”, un concepto que, en la práctica, se reduce a amenazas, sanciones y despliegues de poder militar, y cuya ineficacia y peligros inherentes en la región han quedado demostrados una y otra vez.

Irán es plenamente consciente de que cualquier confrontación directa afectaría no solo a las dos partes involucradas, sino a toda Asia Occidental e incluso a la economía mundial. Por ello, funcionarios iraníes han enfatizado explícitamente en declaraciones recientes que el objetivo de Teherán no es intensificar las tensiones, sino evitar errores de cálculo y romper el ciclo de provocación y contraprovocación.

Este enfoque refleja la racionalidad estratégica de la República Islámica de Irán; una racionalidad que, contrariamente a la imagen que prevalece en algunos medios occidentales, se basa en la responsabilidad y una cuidadosa evaluación de costos y beneficios.

En cambio, la conducta y la retórica de los funcionarios estadounidenses se caracterizan por una evidente contradicción. Por un lado, hablan de diplomacia y soluciones negociadas; por otro, simultáneamente intensifican las sanciones, lanzan amenazas militares y amplían su presencia militar en la región, enviando así un claro mensaje de presión y desconfianza. Esta dualidad no contribuye a generar confianza; más bien, aumenta el riesgo de percepciones erróneas y escaladas. El estudio de las relaciones internacionales muestra que la diplomacia desarrollada bajo la sombra de la amenaza tiene muchas más probabilidades de generar acuerdos inestables e impuestos —o de fracasar por completo— que de lograr acuerdos duraderos.

En respuesta a este enfoque, la República Islámica de Irán ha reafirmado sistemáticamente un principio fundamental: la seguridad regional debe generarse desde dentro de la región, mediante la participación de actores autóctonos, no impuesta por potencias extrarregionales.

Irán ha expresado reiteradamente su disposición al diálogo y la cooperación regionales para la desescalada y acoge con satisfacción cualquier iniciativa que contribuya a la estabilidad colectiva. Esta visión contradice fundamentalmente la política estadounidense, que considera la región no como una comunidad de seguridad interconectada, sino como un escenario para la competencia geopolítica y la proyección de poder militar.

Las fuerzas militares estadounidenses que operan a lo largo de nuestras costas ahora pretenden dictar cómo las poderosas fuerzas armadas iraníes deben realizar ejercicios en su propio territorio. El Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM) exige a una fuerza militar nacional —que el propio gobierno estadounidense ha designado como “organización terrorista”— que se comporte “profesionalmente”, al tiempo que reconoce su derecho a realizar maniobras militares.

Este nivel de contradicción refleja una realidad más amplia que enfrenta el mundo actual, una que los gobiernos europeos, en particular, también han optado por seguir. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) ha sido, y sigue siendo, un garante de la paz y la estabilidad en el Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz. En nuestra región, el CGRI es reconocido -con razón- como una fuerza formidable que ha demostrado su capacidad tanto contra grupos terroristas como contra ejércitos invasores.

La libertad de navegación y el paso seguro de buques comerciales por el Estrecho de Ormuz son tan vitales para Irán como para nuestros vecinos. La presencia de fuerzas extrarregionales en nuestra región invariablemente ha producido resultados contrarios a sus objetivos declarados: escalada en lugar de desescalada.

El punto central sigue claro: cada vez que Estados Unidos ha intervenido en la región, la seguridad regional se ha visto debilitada en lugar de fortalecida. La ocupación de Irak bajo el pretexto de las armas de destrucción masiva no solo desestabilizó el país, sino que también facilitó la propagación del terrorismo y el surgimiento de grupos extremistas.

La prolongada presencia estadounidense en Afganistán culminó, tras dos décadas, en una retirada caótica y el resurgimiento de la inseguridad. Estas experiencias plantean una pregunta fundamental a la opinión pública regional: ¿cómo puede un actor con un historial saturado de generación de crisis afirmar con credibilidad ser un proveedor de paz y seguridad?

En tales circunstancias, los esfuerzos de Irán por gestionar las tensiones y evitar la confrontación no constituyen una mera decisión política, sino una responsabilidad regional. En lugar de caer en la trampa de la provocación, Irán ha buscado emplear la diplomacia, mensajes calibrados y canales indirectos para prevenir la escalada. Este enfoque es particularmente crucial en un momento en que la región enfrenta múltiples crisis superpuestas.

Desde la perspectiva iraní, la negociación solo tiene sentido cuando sirve como herramienta para reducir la presión, resolver malentendidos y estabilizar la seguridad regional, no como instrumento para imponer exigencias unilaterales. La política de “negociar desde la debilidad o soportar la presión”, promovida por algunos funcionarios estadounidenses, no es realista ni coherente con los principios del derecho internacional. Lejos de ser una solución, dicha política es en sí misma parte del problema.

En conclusión, lo que la República Islámica de Irán persigue hoy es una diplomacia basada en la racionalidad, la dignidad y la responsabilidad regional. Irán no busca la guerra ni teme las amenazas, pero ha dejado inequívocamente claro que no negociará con su seguridad ni con sus intereses nacionales. Si Estados Unidos está realmente comprometido con la paz y la estabilidad en la región, debe abandonar las políticas coercitivas, el intervencionismo y la doctrina de la “paz mediante la fuerza”, y aceptar que una paz sostenible solo puede surgir del respeto mutuo y la no injerencia.

La experiencia histórica en la región demuestra que dondequiera que Estados Unidos ha intervenido, la seguridad ha retrocedido. Ha llegado el momento de abandonar las fórmulas fallidas y adoptar el enfoque que Irán ha defendido desde hace tiempo: diálogo, cooperación regional y el rechazo de la fuerza como principio rector. Esta vía no solo beneficia a Irán, sino también a la paz regional e internacional.