Por medio de este neobarroco coliza, por él y en él es que se descubre un mundo hasta ahora inédito en tal grado de intensidad en la literatura “chilena” al menos. La representación y lo representado desbordan una norma de medida y sentido ya extrañados de la opacidad de costumbre, con títulos plenos de habla.

Parte del empeño escritural de Pedro Lemebel es sexualizar y/o homosexualizar el recorrido del borde, un margen biopoblacional devastado, en las hilachas, agredido políticamente en múltiples estratos y expresiones (hablo de La esquina es mi corazón). Y a partir de este eje trazar líneas de fuga hacia otros comercios o fiaos sexuales, analizando la ciudad y las áreas expansivas de pronto ilegales y secretas por expediciones gay: el baño turco, el cine, la disco, el parque. Pero también hacia el cotidiano del trabajo (peluquería), el transporte público (micro), la compraventa popular (Persa), e incluso al cartageneo de la playa de un febrero azulado “recogiendo colillas, pidiendo una moneda, un copete, lo que sea para sobrevivir de guata al sol en el grafito negruzco de las arenas populares”.

El plano lo satura de interacciones homosexuales de distinta gradación (permitidos, prohibidos, accidentales, probables, fantasiosos), en mi lectura a la busca de algo medular que valida y sustenta todo el registro: la práctica y exhibición de una poiesis homosexual en tanto señal de vida productiva y resistencia, un delta erótico anegando la normatividad y lo debido: la pátina religiosa condenatoria, el diseño urbano y habitacional nada proclive a la intimidad, las buenas costumbres exigidas mientras campean las malas, la varonía abotonada del servicio militar, el buen gusto funcionando como compuerta, la política nada más que entre los propios, etc. En la poiesis hay un cambio de estado, un devenir, la floración de la posibilidad travesti autogenerándose.

Esta poiesis homosexual, asimismo, deviene parapeto, resistencia o empujón al Plan de Demolición y Aplanamiento neoliberal (así se vive), y a la dogmática de izquierda igualmente lesiva y opresora que ha puesto su fe, en cambio, en ese delirio que no hay embrión que lo alumbre: el hombre nuevo que nacería tan viejo. En los Diarios íntimos Baudelaire dejaría estampada una frase sepia que se puede aparejar, aunque habría que trabajarla más (hay algo negativo también aquí): “La fornicación es el lirismo de las masas”. Esta lírica sexual es su aullido, lo más suyo, lo único que (le) queda, y de lo que dará cuenta como exhibición de lo humano abisal que no puede ser formateado.

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En segundo o tercer plano deambula, está ahí o se le ve pasar en el baldío, una palabra tótem, figura de respeto, especie -si no de fuente de sentido actuante- de reserva del mismo y apelación de memoria: el obrero, algo así como la viga maestra de la marginalidad abusada al que se le saca el sombrero, porque viene de las batallas duras y es ejemplo de permanencia. Es siempre una posibilidad de reagrupamiento político, una veta genuina que de pronto podría germinar, a pesar por ahora de los papeles de reparto.

En el texto de Lemebel Hablo por mi diferencia (manifiesto), hay una línea que indica el modo subrepticio de una ruta: “Es darle un rodeo a los machitos de la esquina”: ese rodeo habilita un trayecto –material / verbal- que esquiva la agresión potencial o la burla; es un desvío ligado a la sobrevivencia, al alcance de un punto de llegada.

Esta vuelta de más, este enredo para el despiste funda en una práctica el lenguaje barroco o neobarroco de Lemebel; es más que una mera opción estética, es una herramienta para seguir vivo o lo más entero que se pueda, medio que vehicula un deseo al que nada se le puede oponer.

Lo fluorescente de la prosa, el aditamento, la rosca, lo crocante del léxico –ya en lo fino o lo más esperpéntico-, soportado en figuras retóricas geniales, se puede vincular a Ensayos generales sobre el barroco de Severo Sarduy, para aproximar algún sentido que rinda. El barroco esencialmente no es una falta de economía (exceso), una vuelta de más, ni el borroneado por saturación de la imagen, sino -paradojalmente- una manera de ver mejor, un método o argucia para llegar a una verdad, a algo deseado con insistencia. Lo barroco se exhibe tan fundado que se le observa en la naturaleza: la atracción sexual de ciertas aves a través del colorido estridente, y en el cosmos con las galaxias abigarradas y en expansión. El barroco, en el plano intelectual, es la astucia argumentativa de Galileo para que no lo quemaran de inmediato al decir lo que sabemos que dijo.

La lengua coliza (palabra usada por Lemebel en su escrito) es la macho / hembra, la lengua de Tiresias. Tiresias hablaba como hombre y mujer. La “y” es la conjunción genérica, el híbrido sexuado de la lengua, el lugar sin límites (José Donoso) de una indistinción. Se podría decir que ontológicamente ese lugar sin límites es el de la lengua / escritura. Esto desmedido pertenece y es propiedad de la lengua: “(…) resulta imposible limitar o medir desde fuera lo que se comunica en el lenguaje y por ello cada lenguaje alberga en su interior su infinitud única e inconmensurable. Su límite está definido por su entidad lingüística, no por sus contenidos verbales” (“Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los humanos” (1916), en Iluminaciones, Walter Benjamin).

Por medio de este neobarroco coliza, por él y en él es que se descubre un mundo hasta ahora inédito en tal grado de intensidad en la literatura “chilena” al menos. La representación y lo representado desbordan una norma de medida y sentido ya extrañados de la opacidad de costumbre, con títulos plenos de habla.

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Es de tal densidad la veta escritural que no pocas veces Lemebel desborda el género sin pérdida. Exhibidas como crónicas éstas lindan con el cuento, el relato, el poema en prosa, la bitácora personal, el ensayo sociológico, etc. Se trataría del hibridaje de una escritura que se deja contaminar por el registro y la ley que necesite. Y esta escritura así expuesta no se deshilvana porque lo nuclear que siempre atrae es la escritura misma, las palabras en sí son la historia a seguir: las asociaciones, analogías, metáforas, logopeia, etc., concentran el asombro y valor, en tanto el argumento -si se le pudiera aislar- queda algo relegado y a la sombra de las maniobras propias de las palabras.

La fórmula del escritor cubano Reinaldo Arenas les puede ser aplicada a estas crónicas en cuanto a un excedente imaginativo que no las deja sometidas a una realidad o veracidad de los hechos. Se escribe algo “Tal como fue, tal como pudo haber sido, tal como a mí me hubiera gustado que hubiera sido” (El mundo alucinante).

La esquina es mi corazón es Las iluminaciones rimbaudianas que nos faltaban “moviendo suavemente ese muslo, ese segundo muslo y esa pierna izquierda”.