En la sociedad se encasilla muy intuitivamente a ciertas profesiones. Por ejemplo, algunas carreras de las Ciencias Sociales son consideradas más “soft” que otras, por su enfoque en la persona y su aplicación alejada de modelos matemáticos.

De la misma forma, la Ingeniería es considerada una ciencia “dura”, pues naturalmente la asociamos a complicados cálculos que ayudan a determinar soluciones y gestión. Siguiendo esta línea, podemos decir que la Ingeniería Industrial es una excepción a la regla, pues contiene como parte importante el desarrollo de habilidades “blandas” que se acercan a disciplinas sociales, pero también una formación más técnica que proviene de su origen ingenieril.

Aspectos como métodos de innovación, gestión de personas y marketing, se conjugan con contenidos más exactos como ciencias básicas y de la ingeniería en su proceso formativo, lo que naturalmente trasciende a que muchos ingenieros industriales estén posicionados en puestos del área de Recursos Humanos, I+D o innovación. Este proceso formativo amplio, aún cuando muchas veces es mirado con recelo por otras ingenierías, tiene en esta heterogeneidad de contenidos su riqueza, pues en sus orígenes en los años 80 era el perfil profesional que faltaba en la sociedad: uno que integrara y analizara holística y sistémicamente las organizaciones en las que se desenvolvía, para tomar decisiones considerando la interacción entre las partes.

Hoy en día los ingenieros industriales están mucho más integrados en diversas organizaciones, pero sigue siendo un gran desafío que se destaque el aspecto “soft” de esta profesión, ya que es el complemento perfecto para su origen ingenieril.

Óscar Gutiérrez
Académico Escuela de Ingeniería Universidad de Las Américas