Estamos en la época de tránsito entre dos eras. Una de ellas, la que muere, se sostiene aún por la desesperación de los que detentan los principales poderes ante el riesgo de perder su posición. La que nace, va superando lentamente los obstáculos que la resistencia le impone.

Tiempo de tránsito

El mundo de hoy se ve difícil. Pasan tantas cosas terribles que algunas personas piensan que lo mejor sería que el mundo se acabara de una vez o les dan simplemente ganas de morir. Sin embargo, en estos días de verano en los que miro el mar, pienso que todo aquello no es tan terrible, porque justamente hay personas que tienen, cualquiera sea su situación, momentos de alegría y acercamiento a una mirada más positiva.

Estamos en la época de tránsito entre dos eras. Una de ellas, la que muere, se sostiene aún por la desesperación de los que detentan los principales poderes ante el riesgo de perder su posición. En todos los sectores del planeta, donde se han consolidado poderes sustentados en la fuerza, en el cultivo del poder de las minorías, la riqueza en pocas manos, la violencia ejercida a destajo, están esos pequeños grupos dispuestos a todo con tal de evitar perder sus posiciones. La Era que nace, va superando lentamente los obstáculos que la resistencia le impone.

Señales auspiciosas

Ciertos países han conseguido ciertos avances en su organización social que hacen pensar que es posible atenuar el grado de violencia, orientar las acciones sociales de otras maneras, mirar a los seres humanos como un conjunto y no solamente como naciones que se enfrentan unas a otras.

La Unión Europea, con todos sus problemas y defectos, ha logrado ciertos avances que no podemos dejar de mirar con cierta valoración y una dosis de esperanza.

Mientras se desarmaba el imperio soviético y los países sometidos por décadas a dictaduras terribles, en el espacio europeo de costumbres democráticas se gestaba una unidad que, aunque sustentada, es cierto, en el régimen capitalista y gran parte de sus valores, ha logrado algunas realizaciones de relevancia.

Después de casi dos siglos en los que Francia mantuvo guerras con el mundo germano (primero los imperios y reinos y luego la Alemania en proceso de unificación, para coronar más tarde con las dos guerras europeas de 1914 y de 1939), hoy observamos espacios de entendimiento entre esas dos potencias. Y en torno a ellas, todos los pequeños países europeos fueron gestando una forma de vinculación democrática y una unificación económica que ha sido beneficiosa.

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En Alemania existen normas y pautas de “control de la riqueza” que se basa en una férrea organización social, sindicatos fuertes y obligatorios, impuestos altos, bienestar social y otras acciones que nos revelan que aún en el desenfreno capitalista, es posible pensar en normas que apunten a la justicia (en la mayoría de las empresas nadie puede tener remuneraciones que superen en más de diez veces el menor sueldo de la organización).

El tema de la inmigración

Es verdad que en Europa se ha conseguido un desarrollo cívico importante, pero no está consolidada la paz interna en la sociedad. La inmigración ha despertado rechazo en los que creen en la superioridad de las naciones europeas por sobre otros pueblos.

Es el mismo concepto que justifica la existencia del Estado de Israel, pues un grupo, invocando religiones y creencias, se considera racialmente superior a los habitantes del mundo árabe. En ese caso, tenemos que la mayoría de los que llegaron a Israel no son semitas como quieren hacerlo creer, sino de una etnia caucásica –askenazíes– convertidos a la religión judía. Los árabes son semitas, cualquiera que sea su religión. Mal podría ser un árabe “antisemita”. El Imperio árabe de Andalucía permitía convivir a cristianos, judíos y musulmanes, siendo todos ellos considerados árabes.

Cuando los askenazíes entraron en conflicto con otros germanos por la creencia de ambos grupos de ser superiores al otro, el mundo vivió el horror del nazismo, que eliminó una importante cantidad de personas de religión judía, pero también eliminó a gente sin religión o de otras creencias, por el hecho de pertenecer a pueblos mirados en menos (polacos, rusos, bielorrusos, africanos, árabes, turcos, orientales) o de simplemente oponerse a las miradas de desprecio étnico que enarbolaban como bandera para dominar el mundo.

Con ese mismo racismo y desprecio por los habitantes locales, con el patrocinio de los ingleses y estadounidenses particularmente, el movimiento sionista logró crear el Estado de Israel en el territorio del Estado Palestino y mantener una política de exterminio y ocupación constante, pese a las advertencias de Naciones Unidas, una organización que se ha revelado incapaz de detener esos poderes.

Hoy en Europa el racismo, ya no anti askenazi sino anti razas semitas de verdad, anti grupos asiáticos como persas, afganos, pakistaníes e indios, anti africanos, está siendo alimentado desde los poderosos que no quieren perder su predominio político y económico. Por eso han triunfado en Italia y países que pertenecieron a la influencia soviética o conservan rencillas raciales ancestrales (Serbia, por ejemplo) y logran ciertos apoyos, aún no mayoritarios en otras sociedades.

El imperio en América

Lo que no ha podido hacer en Europa, Estados Unidos lo ha conseguido en América Latina. Cuando algunos países de América crecían en cultura cívica y la educación de los pueblos comenzaba a fortalecerse, Estados Unidos simplemente optó por lo fácil: dictaduras militares con el apoyo gozoso de las minorías económicas dominantes.

Los militares de este continente han recibido la formación ideológica de los militares de Estados Unidos y han sido aliados doctrinarios de los grupos dominantes. Cuando algunos países, como Perú y Bolivia, mostraron militares “izquierdistas”, no demoraron mucho en derrocarlos para, sobre la base de violencia y corrupción, imponer a otros militares.

Claro, con excepciones como Cuba y la dictadura de Ortega en Nicaragua, ambas con pocas probabilidades de sobrevivir a la presión inhumana de Estados Unidos sobre sus economías, especialmente después de lo sucedido en Venezuela.

Una nueva conciencia

Entonces la democracia en nuestros países está a la espera de tiempos mejores. Pero ya comenzamos a darnos cuenta de que van surgiendo grupos con mayor conciencia hacia el desarrollo personal, la educación, la mirada trascendente de una humanidad que está comenzando a nacer.

Para salir del pozo, dijo el sabio al muchacho que había caído en él, debes primero tocar fondo. Cuando luchábamos contra la dictadura, algunos prefirieron flotar y asegurarse cuotas de poder y simpatías por parte de los poderosos, en un pacto que permitió cautelar mejor los derechos humanos a cambio de la rendición incondicional frente al imperio para consolidar su sistema económico y cultural.

Probablemente cuando ahora ganan democráticamente los que fueron partidarios de la dictadura y aliados incondicionales de Estados Unidos, sea el momento de tocar fondo y comenzar a salir.

Las tareas pendientes

Lo primero será trabajar por reconstruir valores, fortalecer la educación cívica y la conciencia personal. Será necesario hablar y dialogar hasta el cansancio con aquellos que han caído en la trampa del consumismo, de la ansiedad de tener, en la desesperación por la riqueza; será necesario revisar las estructuras del poder en la sociedad y buscar que las personas aprendan a establecer comunidades de acción y vida en sus barrios, en las empresas en las que trabajan, en los lugares en los que estudian; será preciso reconstruir gran parte del tejido social dañado, recuperar el valor de las instituciones y terminar con el desprecio por personas y grupos de la sociedad.

¿Larga la tarea?

Larga, difícil, pero, según el proverbio chino, hasta la marcha más larga comienza con el primer paso. Y de eso se trata: de hacer el croquis de un nuevo mundo y establecer los caminos para avanzar en una nueva manera de vivir, donde la solidaridad con los que sufren no sea considerada una rendición a las izquierdas, donde la libertad no sea sólo para hacer empresas ni se considere el bienestar como una rendición a las derechas.

América Latina es un continente rico, del que se han apoderado unos pocos para expoliar nuestras tierras, montañas y mares en beneficio de potencias que hacen de la violencia y la dominación su razón de existir.

En América Latina hay una raíz poderosa de pueblos milenarios, originarios y venidos de otros continentes, que nos puede mostrar que el mundo puede ser mucho mejor de lo que se nos muestra hoy.