Resistir es el camino; el cómo hacerlo, ciertamente, es más complejo y requiere la voluntad de muchos.
Debe ser una de las palabras más empleadas por los medios de comunicación desde que Donald Trump asumió su segundo mandato: “sanciones”. Un término que hoy es sinónimo de veneno para la convivencia y la paz.
Lamentablemente, esta palabra se ha ido normalizando y debiéramos tener mucho cuidado para que su banalización no se convierta en una tácita aceptación.
El gobierno de los Estados Unidos sanciona a granel, mediante impuestos, a los países considerados enemigos, a sus socios comerciales e, incluso, a sus aliados estratégicos. A menudo, esos actos van seguidos de exigencias y amenazas perentorias. Una locura extrema, que también se normaliza en los medios y las redes sociales.
Las declaraciones que justifican las sanciones, son hechas desde un avión o en la Oficina Oval de la Casa Blanca, con una mueca burlona en los labios y una mirada que expresa más odio que demencia. Los tratados firmados no cuentan; la historia que ha unido a los Estados Unidos con esos países —hasta en la sangre, a veces— tampoco. Nadie cuenta, nadie vale en realidad; solo América es grande y Donald, su único redentor y mesías.
Trump actúa a su antojo —o al de los grandes magnates—, a como le dé la gana, únicamente en función de intereses expansionistas, con una consigna de MAGA, digna de carteles o pandillas de delincuentes, basada en una ideología autoritaria, como la de aquellos tiranos que llevaron a millones al Holocausto o a los Gulag.
Los “diktats” no solo se manifiestan con sanciones comerciales que buscan paralizar o intimidar a adversarios reales o imaginarios, sino también con buques de guerra, drones y aviones, misiles, bombas y muertes. Y este es el segundo peldaño de las sanciones: el empleo indiscriminado de la fuerza o la amenaza de recurrir a ella.
Nadie con un mínimo de sentido común y dos dedos de frente piensa que el mal pueda durar cien años. Y, como en este caso el tiempo es oro, porque evita guerras y preserva vidas, estimamos que es hora de denunciar sin tardanza los abusos. Resistir es el camino; el cómo hacerlo, ciertamente, es más complejo y requiere la voluntad de muchos.
De la legalidad de las sanciones
En la normativa jurídica, las acciones hostiles de un Estado que, siendo lícitas, son adoptadas en respuesta a actos perjudiciales o ilícitos de otro, se conocen como medidas de retorsión.
Sin embargo, en las sanciones de Trump no constatamos actos de terceros que perjudiquen a los Estados Unidos, por lo que habría que catalogarlas como medidas hostiles sin causa, que afectan las relaciones internacionales.
En cuanto a las medidas de represalia, estas pertenecen a otra categoría, ya que son actos contrarios a derecho. La Carta de la ONU prohíbe la amenaza o el uso de la fuerza (Art. 2.4), y la legítima defensa se limita únicamente a la respuesta a un ataque armado previo (Art. 51).
Solo el Consejo de Seguridad es el órgano encargado de autorizar medidas coercitivas ante amenazas a la paz (Capítulo VII). Como sabemos, el Consejo de Seguridad es hoy una instancia prácticamente inoperante, producto del derecho a veto de sus miembros permanentes.
Tres ejemplos reveladores
Primero —y preferimos reiterarlo—, la reciente intervención norteamericana en Venezuela, el secuestro del dictador Maduro y su esposa y los actos de piratería en el Caribe son acciones contrarias al derecho internacional. Buscar apoderarse, bajo permanente amenaza, de sus riquezas petroleras, abunda en la causa y agrava los delitos.
De la democracia, ni hablar, Machado y la oposición deberán esperar sine die. Peor aún, como si fueran aliados de larga data, el gobierno norteamericano negocia con los chavistas… las empresas petroleras harán el resto. La guardia no se baja, ni el arma se oculta: todo agresor negocia con la metralla sobre la mesa.
Segundo: las incautaciones, presiones y amenazas destinadas a dejar a Cuba sin combustible, incrementando el bloqueo permanente de la isla hasta asfixiarla, no solo son ilegales; son criminales. Se equivocan quienes piensan que esas medidas que provocarán hambruna en millones de cubanos, ya hambrientos, facilitarán el camino democrático.
Trump y Rubio negociarán, probablemente mañana, con la empresa Gaviota, perteneciente a las Fuerzas Armadas, o con otros burócratas, o con el hijo de Raúl Castro…Los Estados Unidos no buscan instaurar democracias ni tampoco defenderlas. Por el contrario, sus intervenciones militares acarrean gobiernos títeres, a la cabeza de dictaduras atroces.
Tercero: la crisis profunda y probablemente terminal por la que atraviesa la ONU ofrece hoy a Trump la oportunidad de profundizarla y acelerarla, ocupando el espacio multilateral que esta organización abandona por inoperancia.
Su proyecto fue lanzado en enero: un Consejo o Junta de Paz entre países cooptados por los Estados Unidos. Donald Trump presidiría la organización de forma indefinida, con control sobre las invitaciones y el poder del veto. Si aquello no es un chiste, es a lo menos un disparate.
Deberemos estar atentos a la actitud que adoptará nuestro próximo gobierno en estos temas, ya que en su coalición hay voces estridentes dispuestas a aplaudir o a silenciar esta dinámica norteamericana abyecta y destructiva.
Decir NO y resistir
Rememoro un poema que alguna vez escuché declamar, en un gimnasio repleto de gente y de silencio, a su autor, Armando Tejada Gómez: “No y a muerte. ¡No redondo y en seco! Para todo el viaje, digo un no cañonazo. Un no en la plena jeta del mercader de Patria. ¡No, hasta que yo no tenga las treinta y tres de mano!”.
El NO al que nos empuja el presente es contingente, pero igual de rotundo. Es denunciar, una a una, las arbitrariedades de un aprendiz de emperador, aunque solo fuera para no ser cómplice de sus anhelos de dominio y de los actos de muerte que decreta.
Chile debe enviar ayuda humanitaria a Cuba; ojalá no sea dinero para el gobierno, sino un aporte al pueblo. Es urgente y humano hacerlo; es una forma de estampar un NO solidario impuesto por la moral.
La Unión Europea y Dinamarca han dicho NO y nos dan un ejemplo al oponerse a las pretensiones de Trump de hacerse de Groenlandia. En nuestro propio país fueron dos las negativas recientes de los ciudadanos: el NO que puso fin a la dictadura militar, abriendo la senda de la democracia, y el NO al proyecto de constitución que impidió convertir a la nación en una suma de identidades.
Sin esperar que lo irremediable ocurra, resistir es buscar hoy muchos aliados, porque también los peatones podemos crear correlaciones que impidan un “diktat”.
Hay que decir NO por adelantado al Mundial de Fútbol que se prepara para ensalzar la figura y adular a un ególatra, por ejemplo. Ojalá que la disidencia deportiva y dirigencial que comienza a organizarse en algunos países logre resultados convincentes.
Pero el NO es insuficiente, como dice el poema de Tejada. Es menester unir a los de aquí con los de allá, solidarizarnos con los millones de norteamericanos que se oponen y hacer crecer la resistencia; es juntar “todas las voces, todas/ todas las manos, todas”, como pregona la famosa canción del mismo autor, y mañana repetir, a voz en cuello, un SÍ gigante y sonoro por la dignidad y la paz, un SÍ por la vida, que alumbre como un rayo y resuene como un trueno, y que se prolongue con ecos de esperanza en el tiempo.
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