Aquella bandera, levantada como símbolo de justicia de género, contrasta con una realidad en que son precisamente las mujeres, sobre todo de los sectores populares, quienes quedan atrapadas en una lista de espera que no se mueve al ritmo de los discursos.

El último informe nacional de la Glosa 6 no deja espacio para el optimismo del gobierno saliente: en odontología, no hay nada que celebrar.

Al 31 de diciembre de 2025, la lista de espera No GES acumula 2.889.833 registros; 2.464.738 son consultas nuevas de especialidad y, de ellas, 512.517 corresponden a interconsultas odontológicas que afectan a 487.617 personas. Es decir, una de cada cinco solicitudes pendientes es dental, en un sistema que se declara en “recuperación”.

Mientras La Moneda insiste en destacar la baja de la mediana nacional de espera a 226 días para las consultas nuevas, el propio informe reconoce que 2,7 millones de personas debieron ser egresadas de las listas durante 2025 para contener la presión, sin que eso modifique la magnitud del problema acumulado.

La mitad de las consultas se concentra en el tramo B de Fonasa, el más vulnerable, y más del 60% de los registros corresponde a mujeres, confirmando el sesgo social y de género de esta carga.

No se trata solo de números. Detrás de esos 512 mil casos odontológicos hay dolor crónico, pérdida de dientes, dificultades para comer y hablar, estigmatización estética y barreras de acceso al trabajo.

La salud bucal sigue siendo un marcador visible de clase. La glosa obliga a transparentar hasta el detalle por sexo, edad, pueblo originario, situación migratoria y tipo de prestador, pero el entusiasmo oficial confunde transparencia con solución.

Sin un plan nacional específico para reducir las listas odontológicas —con más sillones, más equipos y metas públicas por Servicio de Salud— la mejora es, en el mejor de los casos, estadística, no sanitaria.

En este contexto, resulta especialmente paradójico recordar el programa “Sonrisa de Mujer”, que prometía dignidad y autonomía a miles de chilenas a través de la rehabilitación dental.

Aquella bandera, levantada como símbolo de justicia de género, contrasta con una realidad en que son precisamente las mujeres, sobre todo de los sectores populares, quienes quedan atrapadas en una lista de espera que no se mueve al ritmo de los discursos.

Si el país fue capaz de construir un programa para devolver sonrisas, también debe ser capaz de sostenerlo y ampliarlo.

De lo contrario, “Sonrisa de Mujer” corre el riesgo de convertirse en metáfora perfecta de este gobierno: una promesa bonita, fotografiable, pero incapaz de morder la desigualdad de fondo.