La escena ocurrió frente a decenas de jefes de Estado, ministros y líderes estratégicos del mundo. No fue un discurso. No fue una declaración formal. Fue algo más crudo.
El embajador de Estados Unidos ante Naciones Unidas, Mike Waltz, sacó una gorra azul y la exhibió ante los presentes. La frase impresa era inequívoca: “Make UN Great Again”. Traducción al español: “hagamos de nuevo grande a Naciones Unidas”.
No era un objeto decorativo, así se entendió en los principales medios como el diario español El Mundo. Era un mensaje político y fue interpretado como una declaración de lo que Donald Trump buscará para las Naciones Unidas y que dice relación directa en que utilizará en el marco político e ideológico asociado a “Make America Great Again”, abreviado con la cicla MAGA, el movimiento que proclama la “recuperación de la primacía estadounidense”.
El gesto se produjo en el corazón de la Conferencia de Seguridad de Múnich, el principal foro geopolítico del planeta. Waltz no solo mostró el símbolo, sino que lo utilizó para reforzar la visión estratégica de Washington: reformar radicalmente Naciones Unidas y reducir su autonomía institucional.
La señal fue interpretada como una advertencia. Estados Unidos ya no estaría dispuesto a sostener el sistema multilateral tal como existe hoy. Iniciar un proceso de cambio, sostienen fuentes diplomáticas europeas, supondría una amenaza directa a las aspiraciones de Chile.
El nuevo orden de Trump
La gorra no era casual. Era la extensión directa del lema político que llevó a Donald Trump de regreso al poder. Pero esta vez el objetivo no era la política interna estadounidense sino la ONU.
El embajador Waltz lo dejó claro en el mismo foro. Estados Unidos pretende que Naciones Unidas “vuelva a lo básico”, reduzca su estructura y se enfoque en intereses estratégicos concretos, en lugar de operar como una burocracia global autónoma.
El gesto fue interpretado por diplomáticos europeos como una señal inequívoca de que Estados Unidos busca rediseñar el organismo desde dentro. No reformarlo parcialmente, sino, eventualmente, ejercer un control político más directo sobre su funcionamiento.
El factor Trump y el veto invisible
La elección del Secretario General de Naciones Unidas está lejos de ser un proceso neutral. Formalmente, la decisión corresponde a la Asamblea General, donde los 193 Estados miembros tienen derecho a voto. Sin embargo, en la práctica, el poder real se concentra en el Consejo de Seguridad, el órgano donde se define el nombre que finalmente será sometido a consideración del resto del mundo.
Es en ese espacio donde emerge el principal factor de poder: el derecho a veto. Estados Unidos, como miembro permanente del Consejo de Seguridad, tiene la facultad de bloquear cualquier candidatura que considere incompatible con sus intereses estratégicos. En términos concretos, ningún aspirante puede convertirse en Secretario General sin el consentimiento explícito o implícito de Washington.
Ese es precisamente el punto donde la candidatura de Michelle Bachelet enfrenta su mayor obstáculo. La expresidenta chilena fue nominada formalmente el 2 de febrero de 2026, en el marco del proceso que definirá al sucesor del actual Secretario General, António Guterres, cuyo mandato concluye el 31 de diciembre de ese mismo año. Su nombre comenzó a circular como una opción con respaldo regional y con una trayectoria internacional consolidada, especialmente tras su rol como Alta Comisionada de Derechos Humanos.
Sin embargo, el nuevo contexto geopolítico ha alterado profundamente el escenario. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca el 2025 no solo implicó un cambio en la política exterior estadounidense, sino una redefinición del rol que Washington pretende ejercer dentro de Naciones Unidas. La señal enviada en la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich, donde el embajador estadounidense exhibió una gorra con la frase “Make UN Great Again”, fue interpretada por diplomáticos como una advertencia política directa.
La agenda de Trump, según medios especializados, no apunta a un Secretario General autónomo ni independiente en términos políticos. Apunta, más bien, a una figura alineada con su visión estratégica o, al menos, a alguien que no represente un obstáculo para sus objetivos globales. En ese contexto, el veto estadounidense, aunque no se ejerza públicamente, se convierte en un instrumento decisivo que condiciona todo el proceso.
El respaldo a Chile
Pese a ese escenario adverso, Chile no ha impulsado esta candidatura en solitario. La postulación de Bachelet forma parte de una estrategia diplomática chilena, respaldada por México y Brasil, y que buscan posicionar a la región en la conducción del principal organismo multilateral del mundo, situación que día a día se ve más compleja.
La candidatura de Bachelet, además, se inserta en otro elemento clave: el impulso creciente para que el próximo Secretario General sea una mujer. En ese contexto, su trayectoria como dos veces presidenta de Chile y exjefa de derechos humanos de la ONU la posiciona como una de las figuras con experiencia internacional dentro del sistema.
Pero ese respaldo regional, aunque relevante, no es determinante. La elección del Secretario General no responde únicamente a criterios de legitimidad diplomática o trayectoria. Responde, fundamentalmente, a la correlación de fuerzas entre las grandes potencias en ese terreno, el rol de Estados Unidos resulta decisivo.
El candidato de Argentina y la disputa interna
El escenario se vuelve aún más complejo por la irrupción de Rafael Grossi, actual director general del Organismo Internacional de Energía Atómica y figura con amplio reconocimiento en el sistema diplomático internacional. Su nombre ha sido mencionado como una opción que podría contar con respaldo transversal, especialmente entre países que buscan un perfil técnico con experiencia en negociaciones multilaterales complejas.
La eventual candidatura de Grossi introduce un elemento de competencia directa dentro de la propia región. En lugar de consolidar un bloque latinoamericano unificado detrás de una sola figura, la presencia de más de un aspirante divide el capital político regional.
Ese factor reduce el peso negociador de América Latina frente a las grandes potencias. En el sistema de Naciones Unidas, la fragmentación regional debilita las posibilidades de éxito de cualquier candidatura, especialmente cuando enfrenta el escrutinio del Consejo de Seguridad.
En ese contexto, la competencia interna no solo es una disputa diplomática. Es también una variable que puede ser aprovechada por actores externos para influir en el resultado final.
Especialistas
Bío Bío conversó con expertos en temas de política internacional sobre si esta “campaña” del gobierno estadounidense influiría en la posibilidad de la ex mandataria de llegar a la ONU.
Para Edgardo Riveros, abogado y ex subsecretario de Relaciones Exteriores durante el segundo mandato de Michelle Bachelet, señaló que las candidaturas a la Secretaría General de las Naciones Unidas, “no se proyectan en función sólo de la coyuntura, sino que de lo que ha sido el desarrollo de Naciones Unidas y mirando las perspectivas de mediano y largo plazo”.
Y que claramente “todos los hechos tienen que ser evaluados, tienen que ser incorporados como elementos de contexto (…) sabemos que uno de los elementos con los cuales uno tiene que contar para realizar un análisis, es la incertidumbre que despierta las acciones del gobierno de Estados Unidos, constituido por el presidente Trump, porque generan incertidumbre fruto precisamente de una conducta variable, una conducta variable particularmente en los dichos”.
Por su parte, Paz Zárate, abogada experta en temas internacionales, indicó que “es muy temprano para especular sobre la posición de las potencias (incluyendo EE.UU.) respecto a las candidaturas a la Secretaría General de Naciones Unidas. Sólo dos se han oficializado (el argentino Grossi y la chilena Bachelet, que es apoyada también por Brasil y México)”.
Sin embargo, agregó que “de las intervenciones de representantes del Gobierno estadounidense en la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich sí se puede leer congruencia con la política exterior oficial de ese país, recientemente explicitada en el documento llamado “Estrategia de Seguridad Nacional”” y que “los hechos valen más que las palabras, y Trump en los hechos está socavando a la ONU al levantar una organización alternativa, la llamada “Junta de Paz”, que por ahora reúne sólo a dictadores y gobiernos autoritarios y populistas. Dado que Grossi, Bachelet y Greenspan tienen todos un historial importante de compromiso con la organización, el interés de Trump en cualquiera de ellos debiera ser bajo”.