Si estos problemas no son abordados con realismo por los partidos opositores, terminarán beneficiando al propio gobierno, que podrá reforzar su relato de orden frente a una oposición percibida como desarticulada, emocional y carente de coherencia.
La llegada de José Antonio Kast a La Moneda plantea un doble desafío para las izquierdas a partir del 11 de marzo de 2026.
Por una parte, enfrentar con eficacia el giro conservador que encarna el nuevo gobierno; por otra, ejercer una oposición efectiva desde un espacio legislativo fragmentado, carente de un criterio estratégico común y con capacidades limitadas para condicionar la agenda legislativa.
La composición del contingente opositor en la Cámara de Diputadas y Diputados para la próxima legislatura revela una estructura dispersa y con dificultades de coordinación.
El Frente Amplio concentra alrededor del 11% de los escaños, mientras que el Partido Comunista y el Partido Socialista bordean cada uno el 7%. Más atrás aparecen el PPD y la Democracia Cristiana, con poco más del 5% respectivamente. El resto del espacio progresista se distribuye entre partidos pequeños que apenas superan el 1% individual y que, además, se sitúan bajo el umbral de existencia legal.
El resultado es una izquierda atomizada en múltiples fuerzas medianas y menores, ninguna con masa crítica suficiente para convertirse en pivote legislativo. Tampoco emerge un centro de gravedad programático ni un actor predominante capaz de conducir de manera unitaria a esta oposición fragmentada.
El primer problema que deberán enfrentar los partidos de oposición es aritmético. Con esta configuración parlamentaria, la oposición parte desde una condición estructural de minoría. La suma de sus escaños bordea el 41%, lo que le impide bloquear reformas por sí sola, imponer ritmos al Ejecutivo o transformar al Congreso en una barrera sólida frente a eventuales proyectos “duros” del gobierno entrante.
Toda capacidad de incidencia dependerá, entonces, de acuerdos circunstanciales con sectores de centro o de fisuras ocasionales en el oficialismo. Es decir, de factores externos.
El riesgo evidente es que, si esta condición no se administra estratégicamente, la oposición termine desdibujada y vaciada de contenido representativo, atrapada en una política de negociaciones al por menor, una suerte de “política retail”, que diluye su identidad ante su propio electorado.
La segunda dificultad es política. La fragmentación incentiva la competencia interna dentro del espacio opositor. Los resultados legislativos anticipan una pugna estratégica entre un polo de oposición moderada, proclive a la cooperación selectiva con el próximo gobierno -representado por el eje PS-PPD- y otro más orientado a la confrontación y a la movilización social, encarnado, con matices relevantes, por el Frente Amplio y el Partido Comunista.
Una complejidad adicional es que, aunque individualmente el Frente Amplio concentra la mayor cuota de diputados opositores, la suma de los escaños del PS y el PPD coloca al partido de calle París 873 en una posición dominante. Sin embargo, en este esquema cada actor necesitará diferenciarse, marcar perfil propio y disputar el liderazgo simbólico del campo progresista.
La coordinación se vuelve frágil, las agendas se multiplican y emergen vocerías superpuestas, prioridades contradictorias y señales incongruentes hacia la ciudadanía. La oposición deja de operar como bloque y comienza a comportarse como archipiélago.
En un escenario con un gobierno de derecha de agenda más dura, como el que encabezará Kast, esta dispersión facilita una estrategia clásica del Ejecutivo de dividir para gobernar. Paradójicamente, la arquitectura del gabinete anunciado por el Presidente electo, parece no capitalizar plenamente este hándicap estructural de la izquierda.
El tercer inconveniente es comunicacional. Cuando ningún actor concentra suficiente poder, crece la tentación de sustituir incidencia por visibilidad.
En ese contexto, aumentan los gestos performativos, las declaraciones altisonantes y las denuncias sin sustancia. Puede configurarse así una oposición ruidosa, pero poco efectiva. Partidos con mucha expresión y escasa capacidad real de influencia. Este patrón corre el riesgo de prolongar la lógica de performatividad que caracterizó al Frente Amplio y que contribuyó al desgaste del gobierno de Boric.
Paradojalmente, si estos problemas no son abordados con realismo por los partidos opositores, terminarán beneficiando al propio gobierno, que podrá reforzar su relato de orden frente a una oposición percibida como desarticulada, emocional y carente de coherencia.
Bajo estas restricciones, no bastará con reconstituir la oposición desde una lógica puramente obstruccionista, ni con esperar pasivamente el desgaste del gobierno de Kast producto de algún eventual “cisne negro”.
La aritmética parlamentaria obliga a un giro en el pensamiento estratégico del campo progresista. Convertir la debilidad actual en una capacidad de recomposición exigirá coordinación, disciplina y una reconstrucción de mayoría social, dejando atrás el discurso progresista de “superioridad moral” que pudo ser funcional durante los años de la Concertación, pero que hoy resulta anacrónico tras seis gobiernos en los últimos treinta y siete años.
De lo contrario, el gobierno de Kast no será un episodio transitorio para las izquierdas, sino el punto de partida de un ciclo prolongado de marginalidad o banalización política.
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