La pregunta es inevitable: ¿para qué? ¿Con qué objetivo concreto? ¿A costa de qué prioridades internas?
Que el presidente de la República de Chile se refiera públicamente al show de medio tiempo del Super Bowl, calificándolo como un “acto geopolítico”, no es una anécdota menor ni una simple excentricidad comunicacional. Es, más bien, una postal nítida del extravío de prioridades que ha marcado la política exterior chilena bajo la conducción del presidente Gabriel Boric.
El Super Bowl -realizado recientemente en el estadio Levi’s, en California- es, sin duda, un evento cultural y mediático de alcance global. Pero de ahí a convertir la performance de un cantante de reguetón en materia de reflexión presidencial, mientras el país enfrenta una crisis de seguridad sin precedentes, incendios devastadores en el sur, desborde migratorio, estancamiento económico y una profunda desconfianza institucional, hay un salto que ningún jefe de Estado responsable debiera dar.
Chile hoy no necesita un presidente comentando espectáculos ni buscando polémicas internacionales de alto impacto mediático, pero nulo beneficio nacional. Chile necesita conducción, foco y una política exterior al servicio de los intereses permanentes del país, no del aplauso externo ni del titular internacional pasajero.
Este episodio no es aislado. La política exterior del actual gobierno ha estado ideologizada desde sus inicios. Lo vimos cuando el presidente Boric, recién asumido, pretendía dar lecciones políticas a otros mandatarios; cuando incurrió en gestos innecesarios o francamente desacertados con jefes de Estado extranjeros; cuando dilató sin explicación razonable la aceptación de cartas credenciales de embajadores; o cuando protagonizó desplantes diplomáticos que no aportaron absolutamente nada a la posición internacional de Chile.
El resultado está a la vista: una política exterior selectiva, cargada de afinidades ideológicas, que distingue entre gobiernos “amigos” y “no tan amigos”, en lugar de entender que Chile tiene intereses con todos los países que respeten principios democráticos básicos. La diplomacia no es un espacio para la moralización permanente ni para la militancia internacional, sino para la defensa inteligente y pragmática del interés nacional.
A esto se suma un afán reiterado del presidente por ser escuchado en el exterior, por instalar su voz en debates globales que poco o nada inciden en la vida cotidiana de los chilenos. Polemizar indirectamente con el presidente de los Estados Unidos a propósito de un espectáculo musical no fortalece la posición de Chile, no mejora nuestras relaciones estratégicas ni aporta soluciones a los problemas reales del país. La pregunta es inevitable: ¿para qué? ¿Con qué objetivo concreto? ¿A costa de qué prioridades internas?
Mientras el presidente opina sobre performances, el país enfrenta el avance del crimen organizado, la inseguridad en barrios y ciudades, una crisis migratoria sin control efectivo, casos de corrupción que erosionan la fe pública, una economía que no despega, listas de espera en salud, pensiones insuficientes y un sistema educativo que sigue sin respuestas estructurales. Y hoy, además, incendios forestales que golpean duramente al sur de Chile.
Ahí están las prioridades. No en el escenario de un estadio en California ni en la interpretación “geopolítica” de un show musical.
Un Presidente de la República, y más aún en los meses finales de su mandato, debe estar concentrado en gobernar para sus ciudadanos, no en construir un relato internacional que poco tiene que ver con las urgencias del país real.
Así las cosas, estimado lector, cuando la política exterior se convierte en ideología y farándula, el país paga el precio. Y hoy, lamentablemente, Chile lo está pagando y, además, caro.
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