La historia nos recuerda que supimos actuar juntos cuando fue necesario. El presente nos exige demostrar que esa amistad sigue viva, no en los discursos, sino en la capacidad de mirar los problemas de frente y enfrentarlos juntos.

Chile y Perú están hoy de frente al futuro. No desde la retórica ni desde la evocación cómoda del pasado, sino desde una realidad concreta: dos países vecinos, profundamente entrelazados, que comparten oportunidades, desafíos y responsabilidades comunes.

En ese escenario, la amistad entre naciones no puede limitarse a declaraciones protocolares. Debe expresarse en acciones, especialmente cuando los tiempos lo exigen.

Cada 7 de febrero se conmemora el Día de la Amistad Peruano-Chilena, fecha que recuerda el Combate Naval de Abtao de 1866, cuando las armadas de ambos países enfrentaron juntas a la flota española. Aquel episodio simboliza cooperación y defensa compartida. Pero sería un error reducir esta amistad a un hecho del pasado. La pregunta relevante es qué hacemos hoy con ese legado.

La relación entre Chile y Perú ha evolucionado con madurez. Ya no se explica solo desde la diplomacia o el comercio, sino desde la vida cotidiana de millones de personas.

La integración social y cultural es palpable. Basta recorrer comunas como San Miguel o Recoleta para comprobarlo: pollerías peruanas, con el aroma del pollo a las brasas escapando a la vereda, forman parte del paisaje diario. Platos como el “mostrito” (cuarto de pollo con arroz chaufa) ya no son una curiosidad, sino parte del menú urbano habitual.

Este fenómeno va mucho más allá del circuito gourmet. La gastronomía peruana no llegó a Chile solo para sofisticar paladares, sino para alimentar y, sobre todo, atender con simpatía, calidez y particularmente vocación de servicio. Se instaló en barrios de clase media y sectores populares, con precios accesibles y porciones generosas, convirtiéndose en parte de la alimentación cotidiana. En ese proceso, también ha influido y ampliado la propia gastronomía chilena, en una integración real, no simbólica, propia de un proceso de transculturación.

A ello se suman los vínculos familiares, los intercambios académicos y la convivencia diaria en barrios, escuelas y universidades. Hoy, más de 260 mil ciudadanos peruanos residen en Chile, conformando una de las comunidades extranjeras más numerosas y mejor integradas, con un aporte visible al desarrollo económico, social y cultural del país. Esa integración se expresa también en espacios cotidianos como La Vega Central, donde comerciantes peruanos participan activamente en los circuitos de abastecimiento que llegan cada día a la mesa de millones de chilenos.

La amistad entre ambos pueblos se expresa también en la fe y en las tradiciones. La procesión del Señor de los Milagros en Santiago convoca cada año a miles de personas, chilenos y peruanos, en una misma expresión de espiritualidad compartida. Algo similar ocurre en tradiciones culturales profundas, como el vínculo con el caballo: para el huaso chileno, identidad y pertenencia; para el chalán peruano, tradición y orgullo. Distintas expresiones, una raíz común.

Incluso el fútbol ha sido un histórico puente. La hermandad entre Alianza Lima y Colo-Colo, surgida tras la tragedia aérea de 1987 que afectó al club peruano, dio origen a una relación de respeto y solidaridad que se mantiene viva entre hinchas de ambos equipos, resumida en la consigna “Simplemente uno solo”. Un vínculo construido desde abajo, entre personas comunes.

En el plano económico, la inversión bilateral acumulada entre Chile y Perú supera los US$34.000 millones, reflejo de una relación madura de largo plazo. Pero reducir la amistad a cifras sería un error. Los vínculos humanos son el verdadero cimiento de esta relación.

Desafíos

Precisamente por eso, hoy existe una necesidad impostergable: avanzar hacia una zona franca de integración productiva entre Chile y Perú, particularmente en torno al cobre.

Ambos países concentran una parte sustantiva de la producción mundial de este mineral clave para la transición energética y la electromovilidad. Seguir exportando solo materia prima, compitiendo entre nosotros, es una oportunidad perdida. Coordinarse para agregar valor, atraer inversión, generar empleo e innovación es hoy una decisión estratégica que no puede seguir postergándose.

La amistad auténtica se prueba también en los momentos difíciles. Hoy, Chile y Perú enfrentan un desafío que no admite evasivas: la crisis migratoria regional.

En este contexto, no pueden seguir negándose ni evitando el debate sobre la evaluación de un corredor humanitario, frente a una situación compleja que involucra también a Ecuador y Colombia. Argumentar únicamente que un corredor humanitario es difícil de implementar equivale a no asumir el problema. Todos sabemos que lo es.

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Precisamente por eso, todas las formas deben explorarse, con responsabilidad, gradualidad y cooperación regional. Para ello, no basta sólo con constatar la dificultad; es necesario liderar soluciones frente a un desafío común que no desaparecerá por negarlo.

Por eso, el Día de la Amistad Peruano-Chilena debe ser algo más que una fecha conmemorativa. Debe convertirse en una oportunidad para reafirmar compromisos, fortalecer la cooperación y avanzar hacia una relación acorde a lo que ambos países ya son: socios naturales, vecinos inevitables y aliados estratégicos.

La historia nos recuerda que supimos actuar juntos cuando fue necesario. El presente nos exige demostrar que esa amistad sigue viva, no en los discursos, sino en la capacidad de mirar los problemas de frente y enfrentarlos juntos. Porque las relaciones maduras no se sostienen en el recuerdo, sino en la decisión constante de construir un futuro compartido.