En Perú, las cosas no se imponen, se construyen. No se anuncian para que ocurran; se instalan para que, con el tiempo, avancen.
Por años he sostenido -desde la experiencia directa, el análisis académico y el trabajo sostenido con actores en las distintas esferas en Lima- que uno de los principales problemas de Chile en su relación con el Perú no es la falta de iniciativas, sino la forma en que las piensa, las presenta y, sobre todo, las interpreta.
Lo ocurrido recientemente tras la visita del presidente electo José Antonio Kast a Perú, y las posteriores declaraciones del presidente peruano descartando públicamente la figura de un “corredor humanitario”, es un ejemplo casi de manual de esa incomprensión.
En Chile, rápidamente se habló de un “portazo”. Esa lectura no solo es incorrecta: es profundamente reveladora de cómo seguimos analizando mal al Perú desde Santiago.
Partamos por lo esencial. En diplomacia, una entrevista no equivale a una nota diplomática ni fija una posición cerrada del Estado. Menos aún en el contexto peruano, donde las declaraciones públicas suelen cumplir funciones internas antes que externas. Lo ocurrido no fue un rechazo definitivo, sino una señal de cautela política, perfectamente entendible en un país donde el fenómeno migratorio es hoy altamente sensible y de alto costo interno.
Mitificar el “portazo” no solo es un error analítico; es un error estratégico.
Aquí aparece un punto que Chile debe asumir con mayor madurez: Chile y Perú comparten el idioma, pero no el lenguaje. Y no me refiero solo a semántica, sino a códigos políticos, ritmos institucionales y formas de procesar los temas sensibles. En Perú, las cosas no se imponen, se construyen. No se anuncian para que ocurran; se instalan para que, con el tiempo, avancen.
Por eso, uno de los déficits históricos de Chile ha sido abordar la relación bilateral desde una lógica excesivamente transaccional, cuando lo que Perú exige -y valora- es una mirada relacional. En Lima, la confianza precede al acuerdo. El vínculo precede al resultado. Y los tiempos, a diferencia de Chile, son más largos. Pretender sincronizarlos con la urgencia política chilena es desconocer la naturaleza misma del sistema político peruano.
Esto es particularmente relevante para el equipo del presidente electo Kast. El fondo del asunto -la salida ordenada de ciudadanos venezolanos desde Chile por la frontera norte- es inevitable. Ocurrirá con o sin acuerdo. Perú lo sabe, Chile también. La diferencia está entre gestionarlo de manera coordinada o permitir que derive en una crisis desordenada en frontera, con costos políticos y humanitarios mayores para ambos países.
Lo que Perú no rechaza es el fenómeno; rechaza el encuadre. El concepto de “corredor humanitario” genera aprensiones legítimas en Lima: la percepción de que Chile busca trasladar un problema, el temor a quedar como país receptor y el costo político interno de asumir públicamente esa carga. Insistir en el término es insistir en el error.
La salida es evidente para quien conoce cómo opera Perú: reencuadrar, no abandonar. Cambiar el lenguaje, bajar el volumen político y trasladar el eje al plano técnico. Hablar de mecanismos de tránsito migratorio ordenado, de protocolos excepcionales, de retornos voluntarios supervisados. Activar cancillerías, ministerios del Interior, servicios migratorios. Involucrar a organismos internacionales como garantes. Ofrecer garantías explícitas, verificables y por escrito.
Y, sobre todo, entender que este es un proceso que no se resuelve en días ni en titulares, sino en meses de trabajo silencioso, relacional y persistente. Recordemos que las relaciones diplomáticas no se manejan por la prensa y menos interpretando titulares.
Desde Chile, debemos corregir una mirada equivocada que tiende a interpretar la cautela peruana como negativa, cuando en realidad es parte de su forma de procesar los temas complejos. Perú no cierra puertas: las abre lentamente. Pero exige respeto por sus tiempos, sus sensibilidades y su lógica política.
Presidente electo Kast, su gobierno tiene la oportunidad de inaugurar una relación con Perú más madura, menos ansiosa y estratégicamente más inteligente. Para ello, será clave rodearse de equipos que conozcan el país, que entiendan sus códigos y que sepan que, en Lima, la diplomacia no se empuja: se trabaja.
No hubo portazo. Hubo una advertencia implícita sobre cómo no hacer las cosas. Escuchar esa señal, interpretarla correctamente y actuar en consecuencia marcará la diferencia entre el ruido y los resultados.
En la relación con Perú, como bien sabemos quiénes la hemos vivido de cerca, el fondo importa, pero la forma lo es todo.
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