Nadie es genio todo el tiempo. Nadie es tan genial como para no errar. La verdadera grandeza —intelectual y cívica— no está en tener siempre razón, sino en aceptar la posibilidad del error.
Hay una tentación infantil, y peligrosamente cómoda, en las masas contemporáneas: aferrarse al conocimiento de las ciencias sociales como si fuera una verdad revelada. No al conocimiento vivido, trabajado, dudado, sino al conocimiento delegado. El que otros piensan por uno. El que llega en formato de consigna, columna dominical o clip viral. En ese teatro, los intelectuales funcionan como sacerdotes laicos que interpretan el mundo y, de paso, nos eximen de hacerlo.
El problema no es que existan intelectuales. El problema es creerles demasiado, o pensar que juzgar es comprender (que no lo es): el juicio moral clausura; la comprensión abre.
Pensemos en tres figuras que, cada una en su continente, han cumplido ese rol de faro moral y cognitivo: Noam Chomsky en Estados Unidos, Michel Foucault en Francia y Carlos Peña en Chile. Distintos estilos, distintas tradiciones, pero una función similar: ordenar el caos para los demás.
Chomsky le enseñó a generaciones que el poder miente, que los medios fabrican consentimiento, que el capitalismo no es un accidente sino una maquinaria. Peña, desde otro registro, ha insistido en que la modernidad chilena es contradictoria, que la igualdad promete más de lo que cumple y que la cultura del agravio reemplazó al pensamiento. Ambos, cada uno a su manera, nos invitaron a desconfiar. La paradoja es que son ellos mismos los que hoy nos invitan a una revisión de sus propios discursos, en clave de sospecha.
El caso Chomsky–Epstein no necesita exageración moral ni defensa corporativa. Basta con admitir lo obvio: no todo error es delito, pero no todo error es inocuo. Que el gran crítico del capitalismo haya aceptado dinero de uno de sus exponentes más sórdidos no anula su obra, pero sí desgasta su pedestal. Y quizá eso sea sano. El intelectual convertido en estatua termina hablando desde el mármol, no desde la experiencia humana.
Otro tanto podría decirse de Foucault y su vida atravesada por excesos, zonas oscuras y prácticas que hoy resultan profundamente problemáticas. La discusión sobre abusos y relaciones asimétricas no es ajena a su figura, y resulta casi irónica si se la pone en diálogo con su propia teoría del poder.
El desafío no es caer en la defensa corporativa del intelectual ni en la negación moralista. Reconocer los hechos, o al menos la plausibilidad de ellos, es una exigencia ética mínima. El problema comienza cuando ese reconocimiento se transforma en una operación de cancelación total, acrítica y retrospectiva, que busca clausurar no solo a la persona, también a la obra. Pretender que solo los “buenos” puedan producir ideas valiosas es una fantasía peligrosa, porque empobrece el debate y lo somete a una moral de época, siempre cambiante y selectiva.
Peña, por su parte, juega otro partido. Propone contra la evidencia, tensa hipótesis incluso cuando los hechos parecen desmentirlas, y observa con una mezcla de ironía y escepticismo el itinerario del poder. Lo interesante es que el propio poder chileno lo contradice en tiempo real: Gabriel Boric, a ratos, parece confirmar las tesis de Peña; en otros, las desarma con entusiasmo juvenil o con pragmatismo tardío. Nada está zanjado. Y eso, aunque incomode, es intelectualmente honesto.
Vivimos tiempos bisagra. Una imagen puede mentir mejor que un texto. Un mensaje puede ser falso sin ser burdo. Los compromisos se vuelven difusos y las biografías, frágiles. En ese contexto, exigir coherencia absoluta a los intelectuales es ingenuo; creerles sin reservas, peligroso.
Tal vez haya que cambiar el modo de leerlos. No como evangelios, sino como novelas: con personajes complejos, contradicciones, zonas oscuras y momentos de lucidez. Rescatar lo esencial sin canonizar al autor. Formar opinión propia, leer fuentes distintas, conversar con quien piensa distinto, suspender el juicio rápido.
Nadie es genio todo el tiempo. Nadie es tan genial como para no errar. La verdadera grandeza —intelectual y cívica— no está en tener siempre razón, sino en aceptar la posibilidad del error. Lo demás es idolatría. Y de eso, ya tenemos demasiado.
Al final, tal parece que la verdad coquetea con el conocimiento y rara vez se casa con la justicia. Lo sabían los antiguos filósofos griegos, aunque la frase se cite mal: dudar no es un gesto de debilidad, sino de rigor. “Solo sé que nada sé” no es una rendición; es una advertencia contra el dogma.
Tal vez la verdadera lección sea esta: no leer para venerar, sino para pensar. Porque cuando exigimos autores moralmente puros, no buscamos justicia, perseguimos dogmas. Y los dogmas siempre terminan siendo una forma de poder.
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