Lo que sigue es una explicación sobre la tensión entre un estilo distinto, un tiempo distinto y un marco institucional en el que se intenta operar, y que no resulta adecuado para ella.
La entrevista de Mara Sedini en La Tercera actuó como detonante de una reacción que dice mucho más del ecosistema político chileno que de la entrevistada.
Una frase poco feliz sobre la futura ministra de Seguridad desató a la oposición, que vio la oportunidad de hacer caer a otro ministro, pese a que el fondo del asunto carece de real relevancia. Es evidente que el presidente electo conversó con Steinert y que, antes de ello, hubo sondeos. Todos los críticos saben que así funciona este tipo de procesos.
Es importante aclarar que conozco a Sedini, pues fui profesor suyo en el Magíster de Comunicación Política de la UAI y, por tanto, esto no es una evaluación, hecho que ya ocurrió en el ámbito académico. Lo que sigue es una explicación sobre la tensión entre un estilo distinto, un tiempo distinto y un marco institucional en el que se intenta operar, y que no resulta adecuado para ella.
Bastó una entrevista en un medio tradicional, representativo de la política antigua, para que se activara el coro habitual: exministros, analistas confundiendo coordinación con censura y opinólogos transformando una discusión técnica en un juicio moral.
Posteriormente la entrevistada lanzó otra bomba, clave para entender el trasfondo del debate: “Soy mucho más que ‘Sin Filtros’ (…) la Mara tiene muchas dimensiones”. La frase revela otro elemento del conflicto: la resistencia cultural que existe en ciertos sectores frente a un estilo comunicacional directo, confrontacional y no mediado por los códigos tradicionales del comentario político chileno.
Esa resistencia al “estilo Sin Filtros” no es anecdótica. En Chile, buena parte de la élite política y mediática sigue operando bajo una noción implícita de buena comunicación asociada a la moderación retórica, al rodeo conceptual y a la solemnidad performativa.
El problema no es el fondo de lo que se dice, sino el tono y el lugar desde donde se dice. Cuando alguien proviene de un formato que rompe esas reglas, la desconfianza antecede al análisis. Eso explica por qué la conversación derivó tan rápido hacia caricaturas, como si el problema fuera un set de televisión y no una arquitectura comunicacional de gobierno.
Entre las múltiples críticas, llamó la atención la de Francisco Vidal, quien, con su talento habitual para la cuña y desde su autodenominado rol de Superintendente de Vocerías, disparó contra ella: “No estás comunicando la próxima Teletón, ni el Festival de Viña”.
Y ese es justamente el punto y la diferencia, porque, en la práctica, Viña y la Teletón son hoy mucho más creíbles y escuchadas que las vocerías políticas. Si se analiza bajo la lógica de las improbabilidades de la comunicación, el modelo está funcionando.
El problema es que el diseño pensado corresponde a un modelo speaker, similar al de la Casa Blanca. Este se basa en una vocería centralizada, disciplina jerárquica y un centro emisor que ordena el relato, reduce contradicciones y marca el tono. Si, además, la vocera tiene habilidades de spin doctor —de aquellas capaces de tomarse la pauta y manejar el framing—, el esquema funciona de manera impecable.
Sin embargo, por razones que todavía no se comprenden del todo, la OPE optó por mantener la estructura tradicional de la Segegob y nombrarla ministra, como lo fue el propio Vidal en dos gobiernos distintos.
Para entender la dificultad de ese diseño, hay que mirar la Segegob en su estructura. El ministerio está regido por una ley de 1990, nunca modificada en lo sustancial, que establece que su función es actuar como órgano de comunicación del Gobierno, identificando necesidades comunicacionales, proponiendo estrategias y coordinando la acción comunicacional del conjunto del Ejecutivo. Eso describe un rol de coordinación y arquitectura, no el de un portavoz único.
El ministro, además, forma parte del comité político, precisamente por esa razón, y no es el último eslabón de una cadena comunicacional, como lo es la speaker de la Casa Blanca. A modo de ejemplo, Camila Vallejo funciona correctamente en ese modelo, pues posee suficiente peso político por su trayectoria, militancia y cercanía con el gobierno, aunque es menos hábil como spin doctor y en la capacidad de capturar la agenda.
Inicialmente, el equipo de Kast optó por un diseño de inspiración speaker, con vocería centralizada, disciplina jerárquica y un centro emisor que ordena el relato, reduce contradicciones y marca el tono. Eso implicaba cambiar radicalmente la Segegob, ya sea suprimiéndola o quitándole el rango de ministerio político.
Por razones que se desconocen, ese cambio no se concretó y la vocera terminó instalada en un rol que no le resulta cómodo. De ahí que, en la entrevista en La Tercera, cuando debió entregar definiciones sobre la designación de la ministra de Seguridad, se produjera la imprecisión.
La diferencia es decisiva, porque el modelo estadounidense presupone que la vocería es el brazo visible de un centro de poder que efectivamente manda y alinea. En Chile, en cambio, la Segegob coordina, pero también hablan los ministerios sectoriales, los partidos, los parlamentarios oficialistas y los aliados tácticos, razón por la cual existen las llamadas minutas o bajadas. Eso, en ningún escenario, es responsabilidad de un speaker.
En un diseño más simplificado, la protagonista de esta controversia podría cumplir adecuadamente el rol de spin doctor: una figura que diseña encuadres, administra coherencia, reduce la varianza de los mensajes, protege al núcleo del poder de errores no forzados y busca que la agenda sea leída bajo los marcos que benefician al gobierno.
En ese contexto, su experiencia en Sin Filtros resulta plenamente funcional. Para ser speaker funciona bien, no para construir credibilidad, sino para capturar la agenda, neutralizar encuadres perjudiciales e instalar mensajes clave.
En términos más estructurales, como señala Manuel Castells, la comunicación no es un accesorio del poder, sino uno de sus principales campos de disputa, porque la legitimidad se construye y se erosiona en el espacio comunicacional. Por eso esta discusión sobre el diseño es trascendental para el buen andar del gobierno y no se limita a la supervivencia de una figura en particular.
El foco, entonces, no debiera estar en la persona, ni en sus habilidades televisivas, ni en si le agrada o no a Francisco Vidal, sino en el choque entre un diseño de vocería centralizada que el equipo de Kast eligió deliberadamente y la institucionalidad de la Segegob que cumple un rol político, está concebida para coordinar la comunicación de múltiples instancias gubernamentales y no es reemplazable por un speaker.
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