Internacional
Jueves 25 octubre de 2018 | Publicado a las 15:27
Prostituirse en el extranjero para alimentar a la familia en Venezuela
Publicado por: Diego Vera La información es de: Agence France-Presse
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Madres, hijas, hermanas… Ellas huyeron del hambre en Venezuela. A falta de papeles para trabajar legalmente terminaron en bares s√≥rdidos de Colombia donde, entre l√°grimas y asco, se prostituyen y ahorran cada peso para enviarlo a sus seres queridos.

Alegr√≠a es profesora de historia y geograf√≠a, pero trabaja en un burdel. En la Venezuela de la hiperinflaci√≥n y la crisis econ√≥mica su salario de 312.000 bol√≠vares (menos de un d√≥lar) ya no alcanzaba “ni para comprar unas pastas”, dice esta migrante de 26 a√Īos.

En febrero cruz√≥, como cientos de miles, a Colombia. Durante tres meses fue mesera en Arauca (este) a cambio de comida y alojamiento, pero sin pago. “Lo que mandaba a mi hogar eran las propinas”, cuenta a la AFP. Hasta que le quitaron incluso esos peque√Īos montos. Seis de sus allegados, incluido su hijo de cuatro a√Īos, sobreviven en su tierra gracias a ella.

Entonces llegó a Calamar, en el Guaviare, un caserío selvático en el sur de Colombia marcado por seis décadas del conflicto armado.
Corredor de cocaína, el departamento también es un bastión de disidentes de la exguerrilla FARC y de narcos del Clan del Golfo.

Alegría, un apodo que eligió con ironía, se prostituye junto a otras nueve mujeres en uno de los bares de la zona de tolerancia de este pueblo polvoriento de 3.000 habitantes. Unas 60 compatriotas ejercen la misma labor aquí.

El “rato” cuesta entre 37.000 y 50.000 pesos (11 a 16 d√≥lares), de los que le da 7.000 (2,3 d√≥lares) al due√Īo del establecimiento. Las “noches buenas” ganan de 90.000 a 300.000 pesos (30 a 100 d√≥lares). El salario mensual en la desvalorizada moneda venezolana equivale a 29 d√≥lares.

Migrar con las manos vacías

“Nunca nos pas√≥ por la mente prostituirnos. Lo hicimos en base a la crisis”, dice Joli, de 35 a√Īos, con la voz entrecortada. En 2016 perdi√≥ su trabajo como repartidora de peri√≥dicos en Venezuela. “¬°No hab√≠a m√°s papel para imprimirlos!”

Confiando sus tres hijos a su madre, fue de ciudad en ciudad, de un trabajo a otro. Sin pasaporte, Joli, otro sobrenombre, saltó la frontera sin maleta, solo con la ropa que tenía puesta.

Cerca de 1,9 millones de venezolanos emigraron desde 2015, la mayor√≠a a pa√≠ses de la regi√≥n, cuando se agudiz√≥ la crisis, seg√ļn la ONU.

Joli perdi√≥ “de un infarto, por falta de medicamentos”, al hombre con el que iba a casarse.
El padre de sus hijos también falleció de insuficiencia renal en Venezuela.

En Colombia, “me vi entre la espada y la pared”, cuenta. “Por mi tono de voz, me cerraban la puerta en la cara”.

Sin trabajo, opt√≥ por “venderse” en Bucaramanga (noreste), a 575 kil√≥metros de Calamar, donde desde junio trabajaba su sobrina Milagro, de 19 a√Īos.

“Al principio me sent√≠a s√ļper mal”, dice Milagro. Pero persisti√≥ ante la falta de una mejor alternativa para ayudar a sus hermanos, su beb√© de dos a√Īos y su madre enferma, que luego falleci√≥.

Les cuesta ocultarle la verdad a sus familias. “Ellos no saben a qu√© me dedico, ni siquiera mi mam√°. Sacrific√≥ cinco a√Īos de su vida trabajando para darme una educaci√≥n. (…) Ser√≠a muy detonante (duro) para ella”, explica Alegr√≠a.

Ella les dice que trabaja en una panader√≠a. Sue√Īa con ense√Īar en Colombia, pero sin pasaporte es una utop√≠a. Enferma de mentir, busc√≥ ayuda psicol√≥gica en el equipo de emergencia de M√©dicos del Mundo (MDM) enviado a Calamar.

Sexo sin condón

Por su situaci√≥n y la presencia de hombres armados en la zona, entre otras razones, estas mujeres sufren de “ansiedad, episodios depresivos, s√≠ntomas de estr√©s postraum√°tico”, apunta Jhon Jaimes, psic√≥logo de la ONG.

El clima tropical las expone a “infecciones, a dengue, malaria”, agrega. Aparte del riesgo de enfermedades ven√©reas, varias quedan embarazadas porque algunos clientes les exigen tener relaciones sin protecci√≥n.

En el hospital temporal de MDM, una especialista las cura, les pone implantes anticonceptivos y las aconseja. Algunas se derrumban. Se escuchan sollozos.

La ONG también les entrega alimentos, productos de higiene y preservativos. Con sus paquetes bajo el brazo, regresan por la trocha.
Y de nuevo a laborar.

En el calor h√ļmedo se preparan frente al espejo del burdel. Se alisan el cabello, intercambian labiales y polvos de maquillaje. Se enfundan minishorts, peque√Īos tops y sandalias de pl√°stico.

Madre de tres hijos, Patricia, de 30 a√Īos, tambi√©n comenz√≥ esta vida en Arauca. Fue una pesadilla: un cliente borracho la golpe√≥, viol√≥ y sodomiz√≥. “Hay clientes que te tratan mal y eso es horrible”, murmura. “Todos los d√≠as pido a Dios que sean buenos”.

Nicol√°s Dotta, coordinador de MDM Colombia, subraya la “vulnerabilidad” de estas mujeres a ser explotadas sexualmente.

“Si hay algo que est√° caracterizando esta crisis migratoria, es el tema de c√≥mo est√°n operando las redes de trata y la alta cantidad de mujeres venezolanas que est√°n siendo v√≠ctimas de esas redes, no solo dentro de Colombia (…) sino en otros pa√≠ses de la regi√≥n, inclusive de Europa”, alerta.

No sirve un solo hombre

Al caer la noche, Alegr√≠a, Patricia y sus compa√Īeras cruzan la cortina que separa el bar de sus precarias habitaciones de tablas de madera. Se sientan en la puerta. La m√ļsica silencia el cacarear de los pollos que picotean el fango. Los hombres pasan, a pie, en moto, y a veces entran.

Algunas han escapado, como Pamela, una expolic√≠a de 20 a√Īos que fue a abortar a San Jos√© del Guaviare, a tres horas de Calamar, y huy√≥ al centro del pa√≠s.

Prefiere los 30.000 pesos (10 dólares) que gana a diario como mesera en un restaurante a la esclavitud a la que la sometía el proxeneta que la llevó de Arauca a Calamar.

“Este sujeto nos enga√Ī√≥”, afirma en Bogot√°. Como las dem√°s, tuvo que prostituirse para reembolsarle el costo del viaje de 24 horas para llegar al burdel. “Lo m√°s fuerte para m√≠ fue tener relaciones sexuales sin preservativos (…) a toda hora, a toda costa, y a la fuerza y con maltratos”.

Milagro ahora sonr√≠e, pues quiz√°s vive el “milagro” que inspir√≥ su seud√≥nimo: un piloto de lancha la sac√≥ del prost√≠bulo.

Pero Alejandra, de 37 a√Īos, no quiere un marido. “A m√≠ no me sirve un solo hombre. Yo necesito vivir de muchos para alimentar a mis ni√Īos”, dice iracunda esta madre de cuatro hijos, incluido un beb√© de dos meses que naci√≥ de un cliente en Colombia.

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