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Según la Unesco, en pleno siglo XXI persiste una brecha significativa en la participación de hombres y mujeres en la ciencia, donde las investigadoras representan solo un tercio de la comunidad científica global. En el marco del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, te contamos un poco sobre las primeras científicas de la historia.
De acuerdo con la Unesco, en pleno siglo XXI, sigue existiendo una brecha considerable entre hombres y mujeres que hacen ciencia, ya que las investigadoras suman solo una tercera parte de la comunidad científica global.
De hecho, en la gran mayoría de los países, menos del 20% de las mujeres que completan un grado universitario lo hacen en estudios de ciencia, tecnología, ingeniería o medicina.
Si la ciencia continúa siendo hoy un campo dominado por hombres, lo fue mucho más en el pasado, por lo que el elenco de científicas históricas célebres es limitado. Pero más allá de los escasos nombres universalmente reconocidos, como la doble Nobel Marie Curie o la primatóloga Jane Goodall, también hay investigadoras con valiosas aportaciones, que no han sido lo suficientemente conocidas.
Con ocasión del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, que se conmemora cada 11 de febrero, recordamos aquí a algunas de las primeras científicas de la historia.
6 de las primeras mujeres que hicieron ciencia
1. Peseshet (hacia el 2500 a.C.), la primera médica egipciaSi se trata de indagar en la figura femenina más antigua que conocemos relacionada con la ciencia de su época, este mérito debería recaer en Peseshet. De esta médica egipcia, que vivió en torno al año 2500 a.C. en la Cuarta Dinastía, es muy poco lo que se sabe.
Su nombre apareció en una tumba en Guiza donde está enterrado un alto funcionario llamado Akhethetep, posiblemente su hijo. La inscripción dice de ella que era supervisora de médicas, lo que indica que había otras, cuyos nombres no han perdurado.
Durante años se mantuvo la confusión de que la médica egipcia más antigua conocida se llamaba Merit Ptah. Este personaje figura en una obra de 1937 de la autora y médica Kate Campbell Hurd-Mead sobre la historia de las mujeres en la medicina, pero estudios recientes han concluido que probablemente no hubo tal Merit Ptah, sino que fue una invención basada en Peseshet. Para entonces, el bulo había arraigado de tal modo que a Merit Ptah se le dedicó incluso un cráter en Venus.

Como hija de un responsable de protocolo de Luis XIV de Francia, el Rey Sol, y como esposa de un matrimonio de conveniencia que le granjeó el título de marquesa de Châtelet, Gabrielle Émilie Le Tonnelier de Breteuil podía haberse limitado a disfrutar de una vida cortesana ociosa. Pero cuando a sus tres años un criado le hizo una muñeca disfrazando un gran compás de madera, ella lo desnudó y lo usó para trazar círculos. Su genio comenzaba a despertar.
Una vez cumplido su deber como madre de tres hijos, acordó con su marido una mutua libertad que le permitió acoger en su casa a Voltaire, amante y compañero intelectual. Durante 15 años convivieron, experimentaron y escribieron. Colaboraban, pero también competían, como cuando pugnaron por un premio de la Academia de París con sendos ensayos sobre la naturaleza del fuego; el trabajo de ella fue el primero de una mujer publicado por la Academia.
De sus contribuciones destaca su mayor obra, Institutions Physiques, pero sobre todo su traducción comentada de los Principia Mathematica de Isaac Newton, que continúa siendo el texto estándar en francés. Voltaire reconoció su superior inteligencia y la calificó como “un gran hombre cuya única culpa fue ser una mujer”; un comentario ofensivo para hoy, elogioso para entonces. Y, por desgracia, fue su condición de mujer la que truncó su vida con solo 43 años, debido a las complicaciones tras el parto de un cuarto embarazo no buscado.

Varios nombres podrían rivalizar por la distinción de la mujer matemática más grande de la historia, pero solo una fue la primera laureada con una cátedra universitaria en esta materia —de la que nunca tomó posesión— y la primera autora de un libro de texto en dicha disciplina, que se tradujo además al francés e inglés. La milanesa Maria Gaetana Agnesi fue agraciada con todos los dones: adinerada, inteligente y, a decir de sus contemporáneos, muy bella.
Su prodigiosa mente se reveló desde niña, dominando idiomas y problemas de filosofía, pero su preferencia se decantó hacia las matemáticas, mientras debía ocuparse de la educación de los 20 hermanos y hermanastros que le dieron los sucesivos matrimonios de su padre. Lo cual hace más admirable su aportación, en la que destaca la curva que lleva su nombre, llamada también la Bruja de Agnesi por un error de traducción: el matemático Guido Grandi había llamado a esta curva versoria, nombre en latín de la escota, un cabo de las embarcaciones. En italiano era versiera, que también es apócope de avversiera, ‘diablesa’ o ‘bruja’.
Pero la segunda mitad de la vida de Agnesi fue todo un giro de guion: en 1752, a la muerte de su padre, decidió abrazar su vocación religiosa. Se desprendió de todas sus posesiones y se dedicó a estudiar teología y a cuidar a los pobres y los enfermos. Murió en la pobreza a los 80 años y fue enterrada en una fosa común como una indigente más.

El apellido Herschel está históricamente ligado a la astronomía, en especial al descubrimiento del planeta Urano. Pero junto al nombre del responsable de este hallazgo, William, existe otro injustamente arrinconado, el de su hermana Caroline. Ella atesora méritos sobrados para figurar por sus logros no solo en el panteón de la astronomía, sino también en el de las pioneras de la ciencia.
En su Alemania natal no se le adivinaba un futuro prometedor: siendo niña, una grave infección de tifus detuvo su crecimiento en 1,3 metros, además de otras secuelas. Asumiendo que no encontraría marido, su familia la relegó al papel de criada sin paga; una auténtica Cenicienta que debía encargarse de todas las tareas del hogar. Por fin, a la muerte de su padre, huyó a Bath (Reino Unido) para reunirse con su hermano William, que ejercía de organista en una iglesia. Allí Caroline aprendió música y canto para acompañarlo. Y cuando William comenzó a interesarse por la astronomía, ella lo siguió.
Y con enorme éxito: con el tiempo, Caroline llegaría a recibir un estipendio de la Corona, convirtiéndose en la primera astrónoma profesional, incluso quizá la primera científica asalariada de la historia. Fue la primera en descubrir un cometa, además de numerosas estrellas y nebulosas, y la primera en publicar su trabajo en la Royal Society. Su labor la hizo merecedora de premios, y fue admitida en sociedades científicas. Vivió hasta los 97 años, pero nunca aprendió las tablas de multiplicar: las llevaba siempre en el bolsillo.

En tiempos anteriores a la moderna profesionalización de la ciencia, quienes se dedicaban a esta actividad eran esencialmente hombres de posición acomodada que no dependían de un empleo remunerado. Nada de esto define a la inglesa Mary Anning: de niña ayudaba a su padre, un modesto carpintero, a recorrer los acantilados de Dorset en busca de fósiles para vender a los turistas. Cuando a los 11 años de Mary su padre murió, la familia tuvo que sobrevivir gracias a la beneficencia.
Mary y su hermano Joseph, los únicos supervivientes de diez hermanos, mantuvieron junto a su madre el exiguo negocio de fósiles, que en 1811 comenzó a crecer con el hallazgo de lo que parecía un cocodrilo. Era un ictiosaurio, el primero reconocido y descrito científicamente. Ya en solitario, Mary encontró los primeros plesiosaurios y el primer pterosaurio fuera de Alemania, entre otros grandes descubrimientos que le granjearon una reputación. Los fósiles descubiertos por ella sirvieron al geólogo Henry De la Beche para pintar en 1830 Duria Antiquior, la primera representación realista de la vida prehistórica.
Pero aunque llegó a ser muy conocida entre los geólogos y coleccionistas de fósiles, que viajaban desde América para consultarla, nunca fue admitida en la Geological Society of London ni publicó trabajo alguno, más allá de una carta al director de una revista. Mujer, de origen humilde y sin estudios, eran demasiados factores en contra para obtener reconocimiento como científica. Murió a los 47 años por un cáncer de mama.

Lo esencial de la bióloga estadounidense Nettie Maria Stevens se resume en dos ideas: descubrió la determinación del sexo por los cromosomas; y su hallazgo, primero cuestionado, no le fue reconocido. Para una mujer del siglo XIX, había un largo camino desde su Vermont natal hasta una carrera en biología celular. Ingresó en la Universidad de Stanford a los 35 años, se doctoró a los 42 y, por desgracia, no le quedó mucho más tiempo: su vida se truncó a los 50 por un cáncer de mama.
Con los trabajos de Mendel recién redescubiertos, la herencia genética era un campo de investigación candente. Estudiando el desarrollo en el escarabajo de la harina, Stevens descubrió que había dos tipos de esperma, con un cromosoma más largo y más corto, que producían respectivamente descendencia femenina y masculina. Analizando docenas de especies de insectos, la bióloga confirmó que el sexo viene determinado por los cromosomas que hoy llamamos X e Y.
Sin embargo, la posteridad atribuyó el hallazgo de la determinación cromosómica del sexo a otro científico, Edmund Beecher Wilson, pese a que él reconoció expresamente a Stevens como la descubridora original. A la muerte de Stevens, su director de tesis, Thomas Hunt Morgan, escribió un extenso obituario en Science que en realidad minimizaba la contribución de la bióloga. Morgan ganaría el Nobel en 1933 por sus estudios sobre la genética cromosómica en la mosca Drosophila melanogaster; un insecto que, por cierto, fue introducido en el laboratorio de Morgan por una estudiante suya llamada Nettie Stevens.

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