Este Día Internacional de la Mujer y la Niña en Ciencia (11F) lo relatamos desde la Antártica, en un viaje que continúa su curso por las aguas australes. De cómo, por ejemplo, una toma de agua instalada bajo el casco del buque permite seguir, en tiempo real, cómo cambia el océano Austral. Pero cuando el hielo obliga a apagarla, cada dato se convierte en una carrera contra el tiempo.

Gran parte de la campaña no ocurre sobre el hielo ni en operaciones especiales, sino en algo mucho más simple: una línea de agua que entra al laboratorio del buque mientras éste navega.

Mientras el barco avanza hacia el sur recorriendo la silueta de la Antártica, una línea de agua entra de forma continua por una toma instalada en el casco, a diez metros bajo la superficie. Desde allí, una bomba peristáltica del propio buque impulsa el flujo hacia el laboratorio, donde el océano Austral se vuelve medible en tiempo casi real.

Ese flujo es la columna vertebral de la campaña. A partir de él, se siguen en continuo las variables fisicoquímicas del agua, como la temperatura y la salinidad, y se toman muestras periódicas que luego se procesan para capturar los microorganismos. Los gases disueltos no pueden esperar: deben medirse en el momento, mientras el agua aún conserva su equilibrio original.

Toma de agua en el laboratorio, proveniente de la bomba que extrae el agua a 10 m de profundidad desde el casco del buque.
Instituto Milenio BASE

Febrero suele ser un mes particular para quienes trabajamos en ciencia. Afuera, en tierra firme, los medios buscan historias de mujeres investigadoras para conmemorar el Día de la Mujer y la Niña en Ciencia…mensajes breves, ejemplos que ayuden a imaginar vocaciones.

Aquí, en cambio, el trabajo sigue otro ritmo. Entre tubos, mangueras y sensores, intentamos responder cómo podemos: mensajes cortos enviados por satélite, explicaciones apretadas entre turnos, respuestas que viajan mientras el barco avanza. No como discursos preparados, sino como fragmentos de una experiencia que ocurre en paralelo al relato que se construye desde la tierra.

En el océano Austral, la celebración era seguir trabajando.

Por eso, una parte de cada muestra se destina de inmediato a medir metano. Es un gas que no puede esperar: debe analizarse mientras el agua aún conserva su equilibrio original. Para eso se toman alícuotas que se equilibran con una fase gaseosa en botellas herméticas, y se usan gases de referencia para traducir lo disuelto en el agua a una concentración medible. Un analizador óptico de alta precisión permite detectar incluso variaciones mínimas.

Mientras la bomba del buque funciona, el registro fisicoquímico es continuo. Cada tramo del recorrido queda dibujado como una secuencia de valores que sigue al barco alrededor de la Antártica. El muestreo microbiológico, en cambio, se realiza de forma periódica: cada filtro representa un punto, un instante del océano congelado en el tiempo.

Pero el océano Austral no siempre permite ese lujo.

Hielo marino que impide el funcionamiento continuo de la bomba del buque.
Instituto Milenio BASE

Cuando el barco entra en una banquisa de hielo, la bomba debe apagarse. El riesgo de dañar el sistema o introducir aire en las líneas es demasiado alto. En ese instante se pierde algo más que agua: se pierde continuidad. Aparecen vacíos en el registro fisicoquímico, espacios que no siempre pueden rellenarse después. Y cada interrupción deja un tramo del transecto sin historia.

Por eso existe la alternativa.

Investigadoras haciendo pasar agua a través de una botella para medir después el metano disuelto.
Instituto Milenio BASE

Desde el zodiac, alejados del casco del buque y de la turbulencia que generan sus hélices, volvemos a muestrear el agua a diez metros de profundidad. Usamos una manguera larga con pesos, unida a una bomba manual acoplada a un taladro inalámbrico convencional. El principio es el mismo que el del buque; lo que cambia es el entorno. El procesamiento de las muestras es idéntico: lo único distinto es la forma de llegar al agua.

Depender de una línea de agua que puede desaparecer en cualquier momento genera una presión constante y una forma particular de atención. El muestreo continuo despierta una curiosidad difícil de apagar: ¿qué habrá en el siguiente tramo?, ¿qué señal se perderá si no llegamos a tiempo?

Pero no todo el océano se mueve con el barco. A veces, para entenderlo, hay que dejar de avanzar y mirar hacia abajo.