Artes y Cultura
Martes 15 mayo de 2018 | Publicado a las 10:31
"3 Rostros": El iraní Jafar Panahi maravilla a Cannes con una película diáfana y emotiva
Publicado por: René Naranjo
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Desde 2010, el cineasta iran√≠ Jafar Panahi est√° condenado en su pa√≠s a no dirigir pel√≠culas y mantenerse alejado de todo lo que tenga que ver con el cine. Sin embargo, para Panahi filmar es una necesidad vital y, desafiando a la ley, ha rodado en la clandestinidad pel√≠culas que luego logra sacar de Ir√°n para que sean estrenadas en los grandes festivales del mundo. ‚Äė3 rostros‚Äô (Se Rokh, en su t√≠tulo original), en competencia este a√Īo en Cannes, es la cuarta que realiza de esta forma y, dig√°moslo de inmediato, es una maravilla.

En la l√≠nea habitual del cine iran√≠ de los √ļltimos treinta a√Īos, Panahi filma aqu√≠ una historia sencilla que se mueve en el filoso y estrecho equilibrio entre ficci√≥n y documental. En la primera escena, veamos a una joven que, con un celular, se graba en un dram√°tico video para reclamar la ayuda de una muy conocida actriz de la televisi√≥n iran√≠, Behnaz Jafari, y poder salir de su remoto pueblo para estudiar actuaci√≥n.

La grabaci√≥n llega a manos de la aludida Jafari, quien conmovida, y con el prop√≥sito de aclarar la situaci√≥n, emprende viaje desde Teher√°n hacia el lejano lugar (situado cerca de la frontera con Turqu√≠a) en una 4×4, acompa√Īada por el propio Jafar Panahi. ‚Äė3 rostros‚Äô es el registro de este viaje, en que todos quienes aparecen en pantalla se interpretan a s√≠ mismos y en el que Panahi, a trav√©s de esta historia tan sencilla, introduce inteligentes observaciones sobre la falsedad de las im√°genes, la represi√≥n patente en la vida cotidiana en su pa√≠s, los roles del hombre y la mujer en la sociedad iran√≠ y, por cierto, la necesaria libertad de ser lo que se quiere ser.

En un relato que, con sus paisajes monta√Īosos, sinuosos caminos y la constante duda sobre la realidad de lo que vemos en pantalla evoca profundamente el cine del maestro Abbas Kiarostami (ganador de Cannes en 1997 con El sabor de la cereza), Panahi incluso pierde el conocimiento omnisciente que posee como creador de la pel√≠cula para quedar aparte de la acci√≥n, la que sigue teniendo lugar en lugares que escapan a su punto de vista. Incluso uno de los personajes que rondan la historia (una mujer que fue actriz de cine antes de la Revoluci√≥n Isl√°mica y que despu√©s fue condenada al ostracismo por su comunidad) solo aparece como una sombra, como la evocaci√≥n distante de un sue√Īo y la evidencia de una penosa marginaci√≥n.

Con apuntes como ese, el filme de Panahi da a entender que el remoto pueblo del Ir√°n profundo al que llega junto a la actriz est√° lejos de ser un para√≠so buc√≥lico. Las tradiciones se viven con fervor, lo mismo que los tab√ļes y los prejuicios at√°vicos. Tanto la fortuna en este mundo como la condena surgen para cada uno de forma determinista, y los habitantes del lugar est√°n sometidos a c√≥digos severos que no pueden cambiar y que les pueden costar la vida.

En ese entorno desalentador, Pahani encuentra una luz esperanzadora en los peque√Īos gestos de afecto y aceptaci√≥n que podemos tener los seres humanos. Una idea que est√° presentada en la breve historia de una anciana lugare√Īa que ha cavado su tumba y espera en ella la muerte acompa√Īada de una l√°mpara, que ilumine sus √ļltimos d√≠as; y que encuentra su resoluci√≥n en el bello final, despojado de todo artificio, tan di√°fano como emotivo.

URL CORTA: http://rbb.cl/k698

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