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El “Tata Afila”: La verdadera historia del ganador del premio de Farkas en la regi√≥n de Coquimbo
Publicado por: Diario El Día
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Osvaldo Espejo, más conocido como el Tata Afila, insigne vendedor de diarios de la La Serena es uno de los beneficiados con el premio al día del trabajador entregado por el millonario chileno Leonardo Farkas.

Espejo recibirá cinco millones de pesos y ya ha manifestado su satisfacción por el importante reconocimiento.

Cabe se√Īalar que emblem√°tico personaje de La Serena ya ha sido reconocido oficialmente por su labor cuando el a√Īo 2013 recibi√≥ la medalla de la ciudad entregada por la m√°xima autoridad comunal. D√≠as antes de aquella distinci√≥n, diario El D√≠a indag√≥ en la verdadera historia del afilador de tijeras y descubrimos a la persona detr√°s de los pintorescos trajes y de la particular bicicleta.

Afilador de tijeras

A pesar de que todos los d√≠as regala sonrisas, detr√°s de la bicicleta en la que reparte diarios y afila tijeras, ‚ÄúEl Tata‚ÄĚ esconde las penas de una vida de esfuerzo y sacrificio.

Tantas veces tratamos de ubicarlo. ‚ÄúEstoy trabajando‚ÄĚ, ‚Äújunt√©monos m√°s tarde‚ÄĚ, ‚Äúno te escucho muy bien, estoy en la calle‚ÄĚ, fueron frases que intercambiamos en nuestros siempre fallidos intentos por concretar una cita con √©l.

Pero aquel viernes nos topamos casi de frente en calle Balmaceda y el maldito azar de pronto se hizo bendito.

‚ÄúJunt√©monos a conversar‚ÄĚ, le dijimos, mientras esa estramb√≥tica bicicleta cargaba el cuerpo liviano del hombre. ‚ÄúEn media hora m√°s voy a estar en la Plaza Buenos Aires, ah√≠ descanso a veces‚ÄĚ, dijo escueto y jam√°s supimos si fue por apuro o por indiferencia.

Fuimos a buscarlo con algo de dudas, pero ahí estaba. Sentado en la segunda banca viniendo desde el centro. Reposando y su inconfundible amiga de dos ruedas a su lado, varada en el tiempo contra un árbol, con sus molinos interminables girando sin detenerse.

Nos acercamos y el Tata que Afila est√° con los ojos cerrados, pero nuestros pasos lo despiertan. ‚ÄúHola amigo, periodista‚ÄĚ, dice y nos ofrece su mano. Alrededor, un par de universitarios hacen la hora, y nada m√°s. Es una tarde tranquila para conversar, o m√°s bien para escuchar.

Una ni√Īez cuesta arriba

¬ŅEscribir sobre ‚Äúel Tata‚ÄĚ? ¬°Pero c√≥mo, si lo han hecho tantas veces! Dijeron. Y raz√≥n ten√≠an, ya que don Osvaldo es uno de los m√°s tradicionales personajes de esta ciudad.

Cr√≥nicas sobre √©l abundan, tanto en medios regionales como nacionales, pero nadie logr√≥ ahondar tanto en √©l, seg√ļn nos confesar√° m√°s tarde.

Hoy es un suplementero y afilador de tijeras que ha logrado consolidarse incluso económicamente, pero no siempre fue así.

Lleg√≥ de Paihuano a los 3 a√Īos junto a su madre y la pareja de ella, literalmente, a vivir en la calle. ‚ÄúYo incre√≠blemente me acuerdo de eso, son cosas que no se olvidan. No ten√≠amos ni un peso y tampoco d√≥nde quedarnos, por eso cuando llegamos a La Serena dormimos los tres al lado de la l√≠nea del tren, debajo de una carreta, y encima nos pill√≥ la lluvia‚ÄĚ, recuerda don Osvaldo, quien sin que nos percatemos comienza a contarnos los pasajes m√°s importantes de su vida.

Cuando lograron instalarse como familia, el tiempo volvió a ponerse cuesta arriba. Su madre debió criarlo sola, realizando distintas labores.

Sin embargo, el dinero igualmente no alcanzaba. Por esos a√Īos, el Tata se vio obligado a empezar a generar recursos de alguna manera y siendo a√ļn un ni√Īo, tuvo que pedir limosna en las calles.

‚ÄúMe iba para el centro de La Serena, y le ped√≠a plata a las personas que yo ve√≠a que me pod√≠an dar, que eran m√°s de dinero. Aunque no lo hice por mucho tiempo porque, un d√≠a una persona me dijo una frase que cal√≥ muy hondo, ‚Äėpor qu√© no te vai a trabajar mejor‚Äô.”

“Yo era re ignorante y no sab√≠a hacer nada, pero siempre me acordaba de eso que me dijeron hasta que empec√© a trabajar‚ÄĚ, cuenta el hombre, quien luego de la limosna, pas√≥ a vender cemento y arena en las construcciones que todav√≠a eran puramente hijas del Plan Serena.

Don Osvaldo es de l√°grima f√°cil. Se emociona al traer al presente una infancia que √©l mismo reconoce ‚Äúno fue una infancia feliz‚ÄĚ. Pero as√≠ como entristece recupera la sonrisa, y es que de a poco su vida fue mejorando y, aunque siempre con mucho esfuerzo, logr√≥ estabilizarse.

‚ÄúDespu√©s cuando cumpl√≠ como 23 me dediqu√© a la panader√≠a, y esos a√Īos fueron buenos. Por ese entonces viv√≠a en una poblaci√≥n que se llama Santa Luc√≠a y ah√≠ conoc√≠ a mi viejita‚ÄĚ, cuenta el hombre, mientras en un banco de en frente, ah√≠ en la plaza donde nos encontramos aquella tarde, se sienta una mujer y su hijo. El ni√Īo no deja de mirarlo y el Tata le regala una sonrisa.

Una historia de amor y dolor

No existen grandes hombres sin una gran mujer. As√≠ lo deja claro don Osvaldo quien lleva casi 50 a√Īos al lado de Tatiana Collao Cort√©s.

Pero como todo gran amor, en un comienzo nada fue f√°cil. ‚ÄúLo que pasa es que yo ten√≠a como 26 a√Īos y ella 16, entonces hab√≠a problemas ah√≠ con sus pap√°s que no me quer√≠an mucho‚ÄĚ, dice, en un tono travieso. ‚ÄúM√°s encima la mam√° de ella era re en√©rgica, pero al final me tuvieron buena, aunque mi sueldo de panadero no les gustaba mucho en esa √©poca‚ÄĚ, recuerda esbozando una sonrisa, de esas que √©l suele regalar.

De aquel matrimonio nacieron cuatro hijos. ‚ÄúMis mayores alegr√≠as‚ÄĚ, asegura un orgulloso afilador de tijeras. ‚ÄúAlonso, Magaly, Ang√©lica y Francisco‚ÄĚ, dice y se detiene. De pronto, el silencio se apodera de todo y s√≥lo se oyen los murmullos lejanos de aquellos universitarios que esperan a unos metros de distancia.

Una l√°grima repentina resbala por la mejilla derecha de don Osvaldo y cuando quiere retomar la conversaci√≥n simplemente no le salen las palabras. Resulta que hablar de sus hijos es un tema que le emociona, sobre todo porque le toc√≥ ver partir a uno de ellos, Francisco, quien muri√≥ cuando bordeaba los 26 a√Īos.

‚ÄúEs algo que uno nunca supera porque uno se pregunta qu√© estar√≠a haciendo ahora si estuviera vivo (‚Ķ) Es incre√≠ble como cambi√≥ la vida en un segundo. √Čl iba en bicicleta donde la hermana que vive en las Compa√Ī√≠as y pas√≥ un colectivo rajao‚Äô y le peg√≥ el golpe‚ÄĚ, recuerda a esas alturas un acongojado Tata que Afila. El hombre llora y nos sentimos culpables.”

“√Ānimo Tataaa, √°nimo Tataaa, le dec√≠a yo a la gente, pero en ese momento necesitaba que la vida me lo devolviera dici√©ndome ‚Äėanimo yo, √°nimo yo‚Äô‚ÄĚ, cuenta con una ternura que nos obliga a compartir su emoci√≥n.
En ese momento, los universitarios a unos metros se paran, pasan a nuestro lado y miran al Tata. √Čl olvida todo y regala la sonrisa, aquella, la de siempre.

De bicicletas y alegrías

Mirarlo es un espect√°culo, cierto. Hoy se da vueltas por las calles en su bicicleta voladora repartiendo diarios. Y es que don Osvaldo es suplementero hace 27 a√Īos, cuando debi√≥ dejar el oficio de panadero. ‚ÄúTuve problemas de salud y los brazos ya no me daban, por eso me tuve que cambiar de rubro‚ÄĚ, afirma.

Sin embargo no alcanz√≥. Resulta que la necesidad lo hizo buscar un trabajo adicional, y entonces ah√≠ el azar le brind√≥ una mano. ‚ÄúNo encontraba qu√© hacer para poder aumentar un poco mis ingresos, pero un d√≠a me estaba cortando el pelo (porque me gusta cort√°rmelo yo mismo) y la tijera estaba mala. Me dio un poco de rabia y empec√© a afilarla con una lima. No lo logr√© y la ech√© m√°s a perder, pero al segundo intento la dej√© espectacular‚ÄĚ, cuenta el afilador, mientras sacude una hoja desde su llamativo abrigo color verde que viste por estos d√≠as.

Y el negocio funcion√≥. Hoy, confiesa que con lo que gana le alcanza para vivir en forma tranquila. ‚ÄúEs que soy ordenado‚ÄĚ, acota.

¬ŅPero pretende descansar alguna vez? Eso ni √©l mismo lo sabe. Y es que est√° acostumbrado a trabajar y dice alimentar su alma con las sonrisas que logra sacarle a la gente cuando lo ven pasar y lo llaman Tata.

Llevamos 30 minutos hablando de la vida y el hombre se nota cansado. ‚Äú¬ŅMucho trabajo hoy?‚ÄĚ, le consultamos casi como un reflejo luego de que bosteza t√≠midamente. ‚ÄúNo tanto, como todos los d√≠as, lo que pasa es que me levanto muy temprano, a las 4 de la ma√Īana porque hay que ir temprano a buscar los diarios‚ÄĚ, cuenta, y nos da la se√Īal perfecta para dejarlo ir.

Pasan a un costado dos j√≥venes y uno le grita ‚ÄúBuena Tata‚ÄĚ, √©l responde casi autom√°ticamente levantando su mano entusiasta, mientras se para del banco de la Plaza Buenos Aires y toma la bicicleta que ha utilizado durante 40 a√Īos. ‚ÄúTengo que subir a La Antena a mi casa. Ah√≠ voy a ver a mi viejita y a descansar un rato porque ma√Īana hay que seguir‚ÄĚ, dice. Seguir repartiendo diarios, seguir repartiendo sonrisas.

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