Una izquierda fuerte no se construye negando diferencias, sino procesándolas democráticamente. Y un socialismo democrático con futuro no puede seguir diluyendo su identidad ni su vocación mayoritaria por temor al conflicto político.

La izquierda chilena enfrenta una crisis profunda, estructural y prolongada. No es solo una derrota electoral ni un mal ciclo político: es una crisis de proyecto, de relato y de conexión social. Seguir evitando esa discusión, o esconderla bajo llamados genéricos a la unidad, no solo es un error político, sino una forma de negación que termina favoreciendo a quienes sí tienen claridad estratégica, aunque su proyecto sea regresivo.

La reunión sostenida el viernes pasado por los partidos del socialismo democrático, sin la participación del Frente Amplio ni del Partido Comunista, generó incomodidad y críticas. Algunos hablaron de exclusión, otros de quiebre. Yo sostengo algo distinto: fue un ejercicio necesario de autonomía política. No para dividir por dividir, sino para pensar con honestidad desde dónde estamos hablando y hacia dónde queremos ir.

Durante los últimos años, la izquierda gobernó Chile sin una coalición política real. Hubo Gobierno, pero no proyecto común. Hubo acuerdos circunstanciales, pero no una estrategia compartida de largo plazo. Esa fragilidad tuvo consecuencias: una gestión que terminó sin relato integrador, una ciudadanía frustrada y un espacio progresista fragmentado, mientras la derecha más dura avanza capitalizando el malestar social.

El socialismo democrático no puede seguir actuando como si nada hubiera pasado. No puede aceptar una lógica de subordinación política ni de silencios cómodos frente a decisiones que terminaron debilitando a todo el sector.

Tampoco puede refugiarse en la nostalgia o en la simple administración del pasado. Nuestra responsabilidad es mayor, precisamente porque representamos una tradición política con vocación de mayoría, de gobierno y de estabilidad democrática.

La exclusión del Frente Amplio y del Partido Comunista de esta instancia no es un gesto definitivo ni una negación del diálogo futuro. Es una señal política clara: no se puede construir convergencia sin antes hacer balances serios, sin asumir responsabilidades y sin distinguir proyectos. La unidad no se decreta ni se impone moralmente; se construye sobre la base de diagnósticos compartidos y aprendizajes reales. Hoy, ese piso común simplemente no existe.

Una de las principales fallas de la izquierda en los últimos años fue abandonar el universalismo. Se privilegió una agenda fragmentada, muchas veces identitaria y autorreferente, desconectada de las preocupaciones materiales de millones de chilenas y chilenos. Mientras discutíamos entre convencidos, la vida se hacía más cara, la inseguridad aumentaba y el Estado aparecía incapaz de responder con eficacia. Ese vacío no quedó libre: fue ocupado por discursos autoritarios, simplistas y profundamente injustos.

Aquí hay que ser claros: no se trata de negar luchas ni derechos, sino de entender que sin una base material sólida —trabajo digno, seguridad, salud, vivienda, pensiones— no hay proyecto progresista sostenible. El socialismo democrático no puede renunciar a hablarle a la mayoría social del país, a los sectores populares y a las clases medias que sienten que el sistema no los protege, pero tampoco los escucha.

El resultado de esta desconexión es evidente. Las izquierdas en su conjunto se han reducido electoralmente a niveles preocupantes. El partido más grande apenas supera el 7% de los votos. Las candidaturas presidenciales no logran entusiasmar ni convocar mayorías. Y, aun así, pareciera que cuesta asumir la gravedad del momento. No basta con culpar a factores externos ni a la “derecha mediática”. Hay una responsabilidad propia que no puede seguir postergándose.

El socialismo democrático tiene el deber de liderar un proceso de revisión profunda. No una “renovación” cosmética, sino un ejercicio serio de autocrítica política, programática y cultural. Revisar alianzas, lenguajes, prioridades y estilos. Preguntarnos por qué dejamos de representar esperanza y pasamos a administrar frustración. Esa conversación es incómoda, pero es indispensable si queremos volver a ser una alternativa de gobierno creíble.

Separar aguas hoy no significa renunciar a la convergencia futura. Al contrario: puede ser la condición para reencontrarnos en términos más sanos, más honestos y más responsables. Una izquierda fuerte no se construye negando diferencias, sino procesándolas democráticamente. Y un socialismo democrático con futuro no puede seguir diluyendo su identidad ni su vocación mayoritaria por temor al conflicto político.

Chile necesita una centroizquierda responsable, moderna y profundamente comprometida con la gobernabilidad democrática. Una izquierda que entienda que transformar también es cuidar las instituciones, y que la justicia social no se logra sin estabilidad, crecimiento y diálogo social amplio.

Ese es el desafío que tenemos por delante. No es corto ni fácil. Pero eludirlo sería la peor decisión de todas.