Lo bueno es que seguíamos pensando que todo formaba parte del paseo para no flaquear, que todas estas dificultades eran el paseo.
Llegamos a Vicuña a las doce de la noche de un viernes buscando alojamiento. En la plaza cantaba -oh, sorpresa- la gran Cecilia “Baciami con passione, prendimi, stringimi con ardore”, en la pista de la Gigliola Cinquetti. Lleno total, parejas enlazadas, tarareando, zangoloteo.
En el escenario más que discreto la estrella seguía brillando cuando la suponía extinguida. “¡Esta es mi gente!”, “¡Vamos Vicuña”!, intercalaba la cantante entre cables y pasitos cortos por si desinteresaba el romance en italiano. Churros, “Palomitas del valle”, pistolas láser chinas, pelotas de fútbol, corazones irrigados hasta con helio por si ocurría un fallo (el bobo Día de los Enamorados del que recién me daba cuenta), helados artesanales en cono y paleta, burbujas de agua y jabón que no hay cómo esquivar, pulseras fluorescentes, y toda clase de chucherías que entraran al bolsillo o pudieran manosear los niños, se voceaban junto a las canciones y al esfuerzo de la diva por sacar la voz.
Había que alimentarse, morder algo. Con Alejandra y Vincenzo (muy pequeño) entramos por la puerta ya sólo entreabierta del Halley hacia el comedor lateral de costumbre, donde por el gran espejo encaramado a la pared se podía ver una época ya de álbum de fotos. Carnes, ensaladas y papas fritas para reponernos. Al mozo casi le pido un cancionero para disolver mi actitud reacia a integrarme al tarareo generalizado.
De Santiago habíamos partido a las tres de la tarde.
Ya en Guanaqueros, después de hablar con Omero (sin hache), quien dijo que tal vez el domingo podría haber algo, decidimos seguir a La Serena. Tacos y trabajos viales que no terminan nunca a la altura de Peñuelas imponían un rodaje lento como en el comienzo de 8 ½ de Fellini, pero sin cuerda para escapar; aquí también preguntamos por esas casas A de madera (que me atraen porque son las primeras que hubo en Bahía Inglesa a comienzos de los setenta) en la llamada “Capilla del Sol”. Pero el astro era más bien esquivo para nosotros: que tal vez el domingo, que tal vez nunca.
Continuamos: en La Serena no encontramos nada, salimos de varios hoteles en realidad atestados de parejas de miradas lánguidas y cuchicheos en la recepción; seguimos a El Molle (a 34 kms.) pensando en una cama al menos. Todo ocupado en ese buen hotel de fachada de piedra y con piscina que ya conocíamos después de cruzar el puente y doblar a la izquierda. Imaginaba un amanecer con colas de zorro bañadas por el río Elqui. Pero parece que teníamos que internarnos aún más en la hebra nocturna.
Lo bueno es que seguíamos pensando que todo formaba parte del paseo para no flaquear, que todas estas dificultades eran el paseo. Reanudamos la marcha dándole play al cd e internándonos por el valle con Starman de Bowie, atentos al paso de los ovnis, ojalá. De pronto, a lo lejos, como un faro, el magnífico puente fiscal de Vicuña de una sola vía, iluminado de un color ambarino, nos levantó el ánimo y tal vez cada uno pensó “ahora sí”. Estos son puentes sólo para altos grados de civilización. Lo primero es mirar al final por si alguien viene. Luego calcular si pasas tú o el otro primero. Y saber esperar (experiencia lamentablemente ya extinguida en Chile) a que pase una hilera de autos.
La hostería de Vicuña no sólo cerrada sino candada, apagada e indolente. La vez que estuve ahí no me gustó nada ese comedor añejo y esas horribles sillas de oficina fiscal de los años 60 (son mejores los puentes que las sillas fiscales). Tres o cuatro hostales también sin camas disponibles para nosotros.
Reserva es una palabra a la que le tengo distancia, me prevé algo que quiero azaroso, me anuncia antes de presentarme. En el merodeo cercano a la plaza cantarina, hacia el oriente, un letrero me pareció insólito, oportunista, o de un fanático lector: “Frenos Mistral”. Seguir a Pisco Elqui (unos 40 km. +) lo pensaba como aún menos probable que Vicuña. Podría estar todavía más saturado de gente, podría estar cantando hasta Morrisey en un torbellino alcoholizado y fiestero. No quedaba otra que volver. ¡Pero adónde! Ya era la una de la mañana del sábado. Dejamos Vicuña como a cualquier pueblo inhóspito que no lo era porque siempre lo habíamos pasado tan bien ahí.
La lumínica vial, a la altura del embalse Puclaro, nos regalaba esa palabra interesante: “Puente El Chape”. Uno la oye primero entre las niñas, es algo de su parafernalia en el pelo; luego es una palabra descocada: “estái mal del chape” (estái loca); es palabra de cepa, diaguita, indígena. Tan hermosa como choapino.
A ratos, colgado del manubrio y perdiendo la vista, me parecía que la noche se deslizaba como la dedicatoria fúnebre de Gabriela Mistral a Joselín Robles.
Un patrullaje final por La Serena también fue infructuoso y agotador. Hasta en el hotel más caro no había nada. Con fuerzas mínimas y el raciocinio descendiendo notoriamente, ¡decidimos volver a Guanaqueros para quedarnos dormidos en el auto, a metros de la playa!
Pero el sonido inesperado y salvaje de unos tam-tam y una pira de fuego en la playa nos decían que todo nuestro periplo circulaba por un borde, un abrevadero de la noche. Algo dormían Alejandra y Vincenzo. Los travestis (toda una sorpresa porque no salimos de noche) que iban y volvían de la playa se repetían pidiéndome cigarros: la Manuela, la Japonesita, la Lucy, todas andaban por ahí; tipos dudosos pasaban mirando al interior del auto; otros grupúsculos lamían y liaban hojas de hierba: los animales nocturnos se exhibían a su manera, musculaban, fijaban la vista, buscaban sus presas. Todo mal para nosotros. Al clarear decidí partir de nuevo ya que imaginé sería igual que salida de estadio el de los habitantes de la juerga porque estábamos al paso de sus rutas migratorias.
Lo único satisfactorio fue un café cortado en la Copec a la salida norte de La Serena. Y ahí nos quedamos un rato, en un intervalo copec, con caras copec, sin saber qué hacer ni dónde ir, mirando los autos pasar. Todo el periplo fue absurdo, tontón, un enredo. Pero puede pasar.
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