Manuel Paneque nos contó sobre su labor científica para combatir la desertificación y el cambio climático, lo que está ocurriendo en Chile y cómo es ser el papá de una de las astrónomas más célebres del país.
Muchos conocen a Tere Paneque, la astrónoma chilena que hizo de las redes sociales su espacio para acercar la ciencia a las personas, especialmente a los más jóvenes, pero pocos saben que viene de una familia de genios. De hecho, su papá es Manuel Paneque Corrales, una eminencia de la bioquímica, que ha dedicado su carrera a buscar soluciones para combatir la desertificación.
El científico cubano, radicado en Chile, estudia los mecanismos moleculares que utilizan las plantas para defenderse, cómo desarrollar especies adaptadas para zonas áridas y también investiga las comunidades microbianas que viven en el suelo y el agua.
Todo esto a partir de una motivación: enfrentar el cambio climático.
En conversación con BiobioChile, nos contó sobre su trabajo, sus esfuerzos por conservar los ecosistemas, hizo un repaso por el escenario científico actual en Chile y la brillante carrera de su hija prodigio.
Dice que la bioquímica le permite comprender cómo las biomoléculas —como el ADN, las proteínas y los lípidos— interactúan para originar y mantener a los organismos vivos desde la célula hasta los ecosistemas.
Así, investiga ecosistemas extremos y desarrolla soluciones innovadoras para hacer frente a los desafíos de los entornos áridos. En sus palabras, lleva el laboratorio al terreno “integrando la adaptación, la genética y la microbiología para enfrentar el cambio climático y la degradación de los suelos”.
“Enfocar mi carrera en comprender la vida en estos ecosistemas extremos me ha permitido transformar mi formación en bioquímica en aplicaciones con un impacto ambiental tangible”, comenta.
El curioso mundo de las plantas
Las plantas no tienen un sistema inmune como el de los humanos o animales. En cambio, emplean un sofisticado sistema de inmunidad innata, donde cada célula actúa como su propia defensa. Así, detectan patógenos y desencadenan respuestas de protección a nivel local y sistémico, las cuales incluyen barreras físicas, químicas y moleculares altamente eficaces.
“En esencia, frente a su inmovilidad, la planta convierte sus células en verdaderas fortalezas estructurales y en fábricas de compuestos defensivos, utilizando receptores genéticos y moleculares capaces de detectar y neutralizar la amenaza con precisión”, explica el experto.
Como las plantas están evolutivamente atadas a un solo lugar, compensaron su incapacidad para moverse transformando sus tejidos en defensa y optaron por la resistencia estratégica. “No se defienden huyendo, sino dominando su entorno a nivel celular. Son maestras en la gestión activa de su propia supervivencia”, plantea.
—¿Qué efectos tiene el cambio climático en estos sistemas de defensa de las plantas?
R: Las presiones ambientales o estresores abióticos derivados del cambio climático, tales como temperaturas extremas, sequías prolongadas y fluctuaciones en los niveles de humedad, alteran la dinámica fitopatológica y exacerban la incidencia y la severidad de las enfermedades en los ecosistemas vegetales. Esta inestabilidad reduce la capacidad defensiva de las plantas frente a patógenos, poniendo en riesgo la productividad agrícola y la seguridad alimentaria global.
Al mismo tiempo, el deterioro del entorno acelera la pérdida de biodiversidad, eliminando valiosos recursos genéticos y adaptaciones evolutivas clave para la tolerancia al estrés. En este contexto, territorios con condiciones subletales, como San Pedro de Atacama, operan como verdaderos laboratorios naturales. Su extrema aridez, radiación intensa, amplias oscilaciones térmicas y suelos salinos ricos en boro y arsénico anticipan los escenarios climáticos futuros.
Las plantas que prosperan en estos ambientes tienen mecanismos genéticos de resistencia excepcionales, de alto valor científico y aplicado. Dada la fragilidad de las formaciones xerofíticas y variedades patrimoniales, la salvaguarda de su material genético es una medida crítica para garantizar la estabilidad de los ecosistemas productivos y la soberanía alimentaria en el contexto de cambio climático. En esta línea, hemos impulsado la creación de bancos de germoplasma comunitarios para resguardar ecotipos nativos, como el maíz ancestral del norte de Chile. Proteger estos cultivos no solo conserva su diversidad genética, sino que fortalece la capacidad de adaptación y defensa ante condiciones extremas, asegurando la resiliencia agrícola y la soberanía alimentaria de las futuras generaciones.
—¿Qué características debe tener una planta para sobrevivir en zonas extremadamente áridas?
R: En los ambientes más áridos del planeta, como el desierto de Atacama, algunas plantas han desarrollado notables estrategias de supervivencia, que combinan adaptaciones genéticas, fisiológicas y biológicas extraordinarias. Estas especies destacan por su capacidad de prosperar en suelos altamente salinos y con presencia de metales pesados, de resistir prolongados períodos de sequía con un uso mínimo de agua y de soportar intensas oscilaciones de temperatura, radiación y condiciones climáticas extremas. A ello se suma su estrecha relación con microorganismos del suelo, que fortalecen su resistencia, y una alta diversidad genética que les permite adaptarse tanto a factores ambientales como a biológicos adversos.
—¿Qué se puede aprender de los mecanismos de defensa de las plantas ante los desafíos climáticos actuales?
R: En el actual escenario de emergencia climática, la resiliencia vegetal es el activo más valioso para el futuro de la seguridad alimentaria. Las plantas que logran prosperar en entornos extremos nos ofrecen los planos para la agricultura del mañana.
Laboratorios naturales, como el desierto de Atacama, son hoy el escenario en el que anticipamos los desafíos globales de la aridez y el estrés ambiental. De estos ecosistemas rescatamos lecciones fundamentales, como la urgencia de proteger nuestro patrimonio genético, tesoro clave para la seguridad alimentaria, y el potencial transformador de la biotecnología, que nos permite potenciar las defensas naturales y reducir el uso de químicos.
También está el rol estratégico de la microbiota del suelo, microorganismos que, al convivir con las raíces, actúan como un escudo frente a la sequía y las plagas. Estos aprendizajes ya no son solo teoría; son la base para diseñar sistemas agrícolas robustos, capaces de resistir en un planeta cada vez más desafiante.
—¿Por qué es importante estudiar los ecosistemas áridos para encontrar posibles soluciones?
R: Los ecosistemas áridos como el desierto de Atacama han dejado de ser solo territorios extremos para convertirse en auténticos ‘laboratorios naturales’ donde se anticipa el futuro del planeta. Sus condiciones de escasez hídrica, alta radiación y suelos salinos no son solo desafíos, sino claves para la resiliencia global. De estos entornos emergen lecciones vitales, desde la protección del patrimonio genético para garantizar la seguridad alimentaria, hasta el uso de microbiota y biotecnología para fortalecer cultivos frente al estrés climático.
Iniciativas como la creación de ‘bosques áridos’ para la captura de CO₂ o el desarrollo de biocombustibles en tierras marginales demuestran que, lejos de ser zonas improductivas, estos ecosistemas nos ofrecen una hoja de ruta concreta hacia un modelo sostenible y adaptado a la nueva realidad climática.
—¿Cuál es el mayor desafío para mejorar los ecosistemas degradados en el país? ¿Es realista aspirar a “recuperar” zonas muy afectadas por la sequía?
R: El desafío central para recuperar ecosistemas degradados no es solo técnico, sino también cultural. Requiere transformar el paradigma agrícola, abandonando la explotación intensiva para adoptar modelos basados en la conservación, el ecodiseño territorial y la soberanía alimentaria. Ante un cambio climático de efectos profundos y a largo plazo, la meta ya no es restaurar el pasado, sino adaptarnos con inteligencia.
Hoy, la recuperación de zonas castigadas por la sequía es posible gracias a estrategias disruptivas, al uso de especies resilientes, a cultivos regenerativos y a la reutilización de aguas tratadas bajo esquemas de economía circular. Estas soluciones permiten reconvertir territorios vulnerables en motores productivos y sumideros de carbono, capaces de resistir el embate del calentamiento global.
Buscando respuestas en el suelo
Paneque asegura que la microbiota del suelo se ha convertido en “un activo estratégico para la agricultura”, especialmente los microorganismos que habitan en torno a las raíces y que están estrechamente ligados a las plantas.
“En ambientes extremos, como el desierto, estos microorganismos son los responsables de que la vegetación logre adaptarse a la escasez de agua, la salinidad y la toxicidad de los suelos”, puntualiza.
También pueden ayudar a combatir plagas y optimizar la nutrición de manera natural. “Esta biodiversidad oculta ofrece una solución concreta para el futuro: permitirnos cultivar alimentos con menos químicos y mayor resiliencia. Aprovechar este potencial biológico no es solo una oportunidad científica, es una pieza fundamental para asegurar nuestra producción de alimentos frente al cambio climático”, añade el científico.
—¿Cómo nos pueden ayudar a enfrentar desafíos ambientales?
R: Los microorganismos son un mundo invisible que podría ser la clave para la supervivencia de nuestra agricultura. Su impacto trasciende la supervivencia, impulsa una agricultura más sostenible al actuar como barreras biológicas contra patógenos y mejorar la nutrición vegetal, lo que reduce la dependencia de plaguicidas químicos. Además, son piezas clave en la regeneración de tierras degradadas, reactivando ecosistemas dañados.
La ciencia nos revela que, para asegurar nuestra producción de alimentos frente al calentamiento global, debemos mirar hacia este “universo oculto” y convertirlo en el pilar de un modelo agrícola más resiliente y sostenible. En suma, el estudio y la aplicación de estas comunidades biológicas ofrecen herramientas concretas para asegurar la soberanía alimentaria y proteger nuestra biodiversidad ante un escenario climático cada vez más desafiante.
—¿Cuál ha sido el hallazgo más sorprendente que has encontrado estudiando estos ecosistemas invisibles?
R: Uno de los hallazgos más sorprendentes en estos entornos extremos es que, lejos de ser parajes estériles, albergan una biodiversidad microbiana invisible. Nuestras investigaciones en el desierto de Atacama han demostrado que estos microorganismos, presentes en el suelo y en las raíces de la flora nativa, son los verdaderos arquitectos de su supervivencia.
Este descubrimiento desafía nuestra comprensión biológica. La resiliencia vegetal no es una característica aislada de la planta, sino el resultado de su estrecha colaboración con comunidades microscópicas. Comprender este vínculo no solo explica cómo prospera la vida en ambientes hostiles, sino que también nos ofrece una llave biotecnológica para enfrentar el cambio climático. Al aplicar la metagenómica para descifrar este mundo microscópico, estamos abriendo una puerta esencial hacia soluciones biotecnológicas frente al cambio climático.
Nuestra meta es ambiciosa, pero necesaria: desarrollar formas de vida compatibles con el nuevo clima, garantizando la soberanía alimentaria y sentando las bases para que tanto los ecosistemas como nuestra sociedad puedan adaptarse a un futuro cada vez más desafiante.
Manuel Paneque y su lectura de Chile
Manuel dice que Chile se encuentra en una etapa de transformación profunda y sostiene que el país “está convirtiendo su vulnerabilidad climática en un motor de innovación”. Por ejemplo, avanzado hacia el resguardo genético, la creación de sumideros de carbono en zonas áridas, la reutilización de aguas y el estudio de microorganismos para regenerar suelos.
“Esta combinación de biotecnología, economía circular y rescate de conocimientos ancestrales nos permite desarrollar un modelo agronómico robusto, capaz de mitigar los efectos del cambio climático y de asegurar nuestra soberanía alimentaria con herramientas propias y sostenibles”, explica.
Con optimismo, señala que estos cambios pueden traducirse en “un modelo agronómico resiliente, que prioriza la biotecnología y el rescate genético ancestral sobre la explotación intensiva. Nos posiciona como un referente. Estamos construyendo, mediante ciencia aplicada e innovación, las bases necesarias para enfrentar los desafíos climáticos que definen el siglo XXI”.
Pero no es ajeno a que estos esfuerzos podrían debilitarse si el Estado no coopera con la ciencia que está impulsando los cambios, especialmente en tiempos de recortes presupuestarios. “Un país que desmantela su ciencia en tiempos de incertidumbre climática está renunciando a las herramientas necesarias para su propia adaptación y futuro”, critica.
—¿Qué regiones del país te preocupan más desde el punto de vista climático?
R: La crisis climática tiene en el norte de Chile su rostro más agudo. La región de Antofagasta, especialmente en el entorno de Calama y San Pedro de Atacama, enfrenta una peligrosa convergencia de aumento de temperaturas y agotamiento de reservas glaciares, una amenaza directa tanto para la biodiversidad como para el patrimonio genético de la zona. Este escenario no solo amenaza su biodiversidad, sino que también pone en riesgo un patrimonio genético irremplazable.
Más al sur, en la Región de Coquimbo, la persistente escasez hídrica ha golpeado con dureza la agricultura tradicional, lo que ha forzado una búsqueda urgente de alternativas productivas más resilientes. En conjunto, el avance de la desertificación, la erosión de suelos y la frecuencia de eventos climáticos extremos en el Norte Grande dibujan un mapa de urgencia nacional, situando a estas zonas como el epicentro de los desafíos de adaptación que Chile debe resolver hoy para asegurar su futuro.
—¿Qué puede pasar si los gobiernos no responden apropiadamente a las proyecciones científicas sobre el clima del futuro?
R: La brecha entre la contundencia de la evidencia científica sobre el cambio climático y la respuesta gubernamental conlleva riesgos sistémicos que ya no podemos ignorar, y nos sitúa ante un umbral crítico. La inacción política no es neutral; es un catalizador que acelera impactos de carácter irreversible, desde la pérdida acelerada de biodiversidad, y con ella, de recursos genéticos esenciales para nuestra supervivencia, hasta el colapso de sistemas productivos y la amenaza directa a la seguridad alimentaria.
A este escenario se suman la intensificación de la desertificación, el agotamiento hídrico y una creciente vulnerabilidad social, especialmente en territorios rurales. Postergar las medidas estructurales no solo profundiza la crisis, sino que también hipoteca nuestra capacidad de adaptación frente a un clima que, por definición, no nos dará una segunda oportunidad.
—¿Es muy difícil transformar conocimiento o evidencia científica en políticas públicas?
R: La transformación del conocimiento científico en políticas públicas sigue siendo un desafío pendiente, marcado por una profunda desconexión entre ambos mundos. La desarticulación entre los tiempos de la academia y las prioridades de la gestión pública, agravada por la carencia de mecanismos eficaces de intermediación, dificulta la toma de decisiones basadas en datos.
Para transformar esta realidad, es indispensable transitar de un modelo de investigación aislada a una ciencia aplicada y comunicativa. Esto implica que el Estado debe integrar la evidencia como pilar fundamental de sus decisiones, mientras que la comunidad científica debe asumir el desafío de “traducir” su conocimiento en soluciones aplicables. Solo mediante esta sinergia estratégica lograremos que el rigor académico se traduzca en una gestión pública resiliente y eficiente.
Existe un consenso en la comunidad académica sobre la brecha que separa los tiempos de la investigación, rigurosos y de largo plazo, de las urgencias y prioridades contingentes de la gestión política. Esta disparidad, sumada a la falta de mecanismos de intermediación y a la dificultad de traducir el rigor técnico a formatos aplicables, genera un cuello de botella en la toma de decisiones. Superar este obstáculo requiere un cambio de paradigma. El Estado debe abrirse a la evidencia científica, pero el mundo académico también debe asumir un rol activo. La ciencia no puede limitarse a generar datos; debe convertirse en un actor estratégico capaz de comunicar, traducir y acercar soluciones concretas tanto a la ciudadanía como a los decisores públicos.
—¿Qué opinas de los recortes que ha implementado el gobierno actual en ciencias? ¿Crees que puede afectar a cómo los científicos están intentando combatir las crisis ambientales?
R: Es urgente entender que la ciencia es un activo estratégico, y los recortes presupuestarios en el área científica no son solo una cifra menor; representan un grave retroceso para el progreso de Chile. Los recortes propuestos debilitan nuestro ecosistema científico, poniendo en jaque años de esfuerzos en formación de capital humano y desarrollo de capacidades críticas. Es imperativo cuestionar una visión que intenta evaluar la ciencia bajo criterios de rentabilidad inmediata, ignorando que el conocimiento es el motor del desarrollo sostenible. Esta política pone en riesgo la infraestructura científica, la formación de investigadores y la estabilidad de proyectos vitales.
Lo que está en juego es nuestra propia soberanía tecnológica. Al debilitar nuestro sistema de investigación, estamos empujando a los talentos fuera de nuestras fronteras y condenando al país a una dependencia externa que, a largo plazo, resultará mucho más costosa que cualquier ahorro fiscal hoy. Un país que desmantela su ciencia en tiempos de incertidumbre climática está renunciando a las herramientas necesarias para su propia adaptación y futuro.
Recortar fondos en ciencia en plena crisis climática es, esencialmente, desarmarnos ante la emergencia. La falta de inversión impacta de inmediato en nuestra capacidad para gestionar la escasez hídrica y proteger la biodiversidad, lo que deja a los investigadores sin las herramientas necesarias para desarrollar su trabajo.
Más preocupante aún es el efecto humano. Sin financiamiento, estamos empujando a nuestros mejores talentos a buscar oportunidades fuera de Chile, perdiendo capacidades estratégicas que toman años construir. El debilitamiento del sistema científico es una política de corto plazo que hipoteca nuestro futuro. No es solo un problema académico, es un riesgo país que nos deja inermes ante un cambio climático que, lejos de dar tregua, nos exige soluciones propias, resilientes y oportunas.
—Muchas personas no están convencidas del cambio climático antropogénico (causado por la actividad humana), ¿cuál es el riesgo de esto?
R: La negación o el cuestionamiento de la evidencia del cambio climático antropogénico es un lujo que la sociedad actual no puede permitirse. Tampoco es un ejercicio académico, sino una barrera peligrosa para la gestión pública. La falta de respuesta oportuna, anclada en una percepción errónea de los tiempos climáticos, compromete nuestra resiliencia nacional.
Las consecuencias de esta omisión son estructurales: desde la pérdida de recursos genéticos clave y la inestabilidad en la seguridad alimentaria, hasta una mayor exposición a riesgos climáticos extremos. La inacción es, en la práctica, la opción más costosa para el país: nos hace perder un tiempo vital, encarece las estrategias de mitigación y reduce drásticamente nuestro margen de maniobra frente a una crisis que no espera.
—¿Cómo podemos hacer que la gente absorba mejor toda esta información sobre la escasez hídrica y el cambio climático?
R: La ciencia que no se comunica es ciencia que no transforma. La lucha contra la escasez hídrica y el cambio climático no se ganará solo en los laboratorios, se ganará en la medida en que logremos democratizar la ciencia. Nuestro desafío como académicos es sacar el conocimiento de los artículos especializados y llevarlo al territorio. Esto no implica simplificar la ciencia, sino “traducirla” a un lenguaje humano y narrativo, capaz de dialogar con las vivencias de las personas, utilizando desde nuevas plataformas digitales hasta espacios de diálogo territorial.
La estrategia debe ser integral, diversificar nuestros canales, del audiovisual al cara a cara, y formar a los intermediarios necesarios para que la evidencia técnica aterrice con precisión en la mesa de los tomadores de decisiones. La ciencia cercana no es solo divulgación; es el camino más directo para pasar del diagnóstico a la solución y de la preocupación ciudadana a la acción colectiva.
Es urgente profesionalizar la figura de los intermediarios científicos, expertos capaces de actuar como puentes, traduciendo datos rigurosos en soluciones comprensibles para quienes toman las decisiones públicas. Solo así la ciencia dejará de ser una voz aislada para convertirse en el motor de una acción climática participativa y efectiva.
Una hija brillante
Los esfuerzos por rescatar a Chile de la crisis climática no serán el único legado de Manuel Paneque. Su hija, Teresa Paneque, también está dejando su huella. Salió de una familia de químicos, pero terminó dedicándose a la astronomía. Su mamá, Paz Carreño, es química farmacéutica y se especializa en inmunología.
Paz y Manuel se conocieron mientras cursaban un doctorado en España; fruto de este vínculo nació Teresa, que ahora es una de las científicas modernas más célebres del país.
Si bien se interesó en los estudios del universo, se especializó en astroquímica. De hecho, recientemente protagonizó un hallazgo histórico para exploración interplanetaria: la detección de agua pesada (óxido de deuterio, o D₂O) en el cometa interestelar 3I/ATLAS, que ha sido observado por científicos de todo el mundo.
Su investigación entregó nuevas pistas sobre este enigmático objeto, especialmente de su origen, y se publicó en la prestigiosa revista Nature Astronomy en abril pasado.
—Alguien que ha dominado muy bien la divulgación es Teresa Paneque, ¿qué te parece el éxito que tiene en las redes y su llegada con la gente?
R: La trayectoria de Teresa marca un cambio de paradigma en la comunicación científica del país. Más que una comunicadora, ha construido un puente estratégico entre la academia y la sociedad, utilizando sus plataformas digitales como herramientas para democratizar el conocimiento. Ha redefinido la divulgación científica en Chile, demostrando que la ciencia puede ser cercana, clara y de alto impacto. También ha logrado traducir conceptos complejos en narrativas accesibles, captando especialmente el interés de las nuevas generaciones.
Su éxito no es casual, y se fundamenta en una credibilidad científica innegable, potenciada por una habilidad excepcional para convertir el rigor técnico en mensajes empáticos y didácticos. Ello la ha consolidado como un referente indispensable, logrando cerrar la brecha entre el saber universitario y la ciudadanía, situando la ciencia en el centro del debate público nacional y posicionando el conocimiento como un motor esencial para el desarrollo de la sociedad.
—Son una familia de científicos, ¿te sorprendió que ella se dedicara a la astronomía?
R: Aunque para Teresa la ciencia parecía un destino natural dado su entorno familiar, su llegada a la astronomía tuvo un matiz inesperado. De niña, su pasión no era solo aprender, sino enseñar; sus muñecos y abuelos fueron los primeros alumnos de sus juegos pedagógicos, lo que nos hacía pensar que seguiría el camino de la literatura o la docencia. Sin embargo, su interés por el espacio surgió y se consolidó en un clima de libertad creativa. Fue ese estímulo, que siempre respetó su autonomía, el que finalmente la llevó a mirar las estrellas.
—¿Cómo ha sido verla convertirse en una de las divulgadoras científicas más influyentes de Chile?
R: La consolidación de Teresa como una de las voces científicas más influyentes de Chile es, para quienes la conocemos de cerca, motivo de gran orgullo ¡mucho orgullo!, y el resultado natural de un trabajo riguroso y constante. Su labor ha logrado situar la ciencia en el centro del debate público sin sacrificar el rigor académico, conectando el conocimiento técnico con la realidad cotidiana de las personas. Esta capacidad de vincular la academia con un impacto social tangible, ratificada por su sólida trayectoria como investigadora y el compromiso con la sociedad, no son caminos paralelos, sino una misma vocación, que la ha posicionado como un referente indispensable en nuestro país.
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