En 1941, San Alberto Hurtado publicó un significativo libro sobre el catolicismo chileno del siglo XX: ¿Es Chile un país católico? La obra fue escrita poco después de su regreso de Europa, donde completó su formación sacerdotal y obtuvo el doctorado en Pedagogía. Su propósito no era simplemente describir la religiosidad del país, sino examinar si la fe católica se expresaba verdaderamente en la vida social, en el servicio y en la responsabilidad frente a las condiciones concretas de Chile.
La pregunta que plantea el título constituye una profunda interpelación, no solo para el Chile de mediados del siglo XX, sino también para nuestro tiempo. Hurtado buscaba provocar una reacción ante una realidad social compleja y dolorosa.
Observó, por una parte, las graves condiciones de vida de amplios sectores de la población, vivienda precaria, alcoholismo, mortalidad infantil, entre otras; y, por otra, las prácticas religiosas, la escasez de sacerdotes y el alejamiento de los sectores populares de la Iglesia. La originalidad del libro consistió precisamente en relacionar ambas dimensiones. Para el santo chileno, la pregunta por el catolicismo de un país no podía separarse de la pregunta por la vida de los pobres.
La obra se apartó del tono habitual de la literatura religiosa de la época. Hurtado recurrió a metodologías contemporáneas de análisis social: presentó estadísticas, datos parroquiales y comparaciones con otras realidades nacionales. Ese modo de proceder explica, en parte, las resistencias que generó. Su diagnóstico no suavizó los problemas, sino que los hizo visibles. La verdadera novedad estuvo en preguntarse si el catolicismo chileno era capaz de hacerse cargo de las condiciones concretas de las personas más necesitadas en el complejo contexto de mediados del siglo pasado.
A ochenta y cinco años de su publicación, el libro conserva un notable valor, no solo como documento histórico, sino también como modelo para leer críticamente la relación entre fe, sociedad y compromiso cristiano. Su recepción estuvo marcada por incomprensiones y críticas, pero también por el reconocimiento de su aporte metodológico y pastoral.
De esta obra podemos aprender que el catolicismo no puede evaluarse únicamente por su influencia social o cultural, sino por su capacidad de responder a las heridas de cada época, allí donde se ponen a prueba los principios del Evangelio.
En el Chile actual, marcado por el pluralismo, la secularización y persistentes desigualdades, la pregunta de Hurtado continúa vigente. Tal vez ya no baste preguntarse si Chile sigue siendo un país católico; quizá debamos preguntarnos qué significa vivir católicamente en un contexto tan desafiante e interpelador.
En el marco del Mes de la Solidaridad, volver a “¿es Chile un país católico?” adquiere una resonancia especial. Recordar este libro no significa medir la religiosidad de los demás ni añorar una sociedad confesional, sino examinar la propia coherencia frente al pobre, al migrante, al anciano abandonado y a quienes experimentan nuevas formas de exclusión.
La solidaridad, entendida desde la tradición cristiana, no es solo asistencia ocasional, sino una expresión concreta de la fe vivida en comunidad y una responsabilidad permanente con la dignidad de cada persona. Frente a esas realidades, la pregunta de San Alberto Hurtado permanece abierta y desafiante: ¿qué clase de cristianismo estamos viviendo hoy?
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