La expresión «era de la posverdad» fue popularizada por Ralph Keyes en 2004, aunque el uso político contemporáneo del término se remonta, al menos, a Steve Tesich, quien escribió sobre un «mundo de posverdad» en 1992. Keyes la utilizó para describir la normalización cotidiana de las medias verdades, los eufemismos y el engaño.

Hoy, con el avance de las plataformas digitales y, sobre todo, de las redes sociales, el fenómeno nos lleva no solo a dudar de los mensajes que recibimos, sino también a preguntarnos si somos —o hemos sido— víctimas de información distorsionada, ya sea por una estrategia deliberada, por un error o por simple ignorancia.

Harry Frankfurt sostuvo que la indiferencia frente a la verdad puede ser incluso más destructiva que la mentira, porque quien miente todavía necesita reconocer aquello que intenta ocultar. Quien construye un discurso sin preocuparse por su veracidad, en cambio, abandona por completo la obligación de responder ante la realidad.

Y vaya que observamos esa indiferencia en las redes sociales y en sitios digitales mal llamados «informativos», caracterizados por la ausencia de intermediación y edición periodística. Sin embargo, la intermediación no desapareció: hoy también es ejercida por algoritmos, plataformas, influencers, administradores de comunidades y sistemas publicitarios, entre otros actores.

El objetivo de esta columna, sin embargo, no es profundizar en todo el fenómeno, sino poner en discusión la expresión desde una perspectiva conceptual.

¿Qué imaginamos cuando escuchamos hablar de «la era de la posverdad»? Probablemente pensemos que estamos inmersos en una transformación tan enorme y singular que habría inaugurado una época completamente nueva; un fenómeno capaz de marcar un antes y un después en la manera en que la humanidad comprende, percibe y acepta la realidad. Eso es, precisamente, lo que considero discutible.

En distintas oportunidades he escuchado a profesionales, académicos y ciudadanos sostener que vivimos en una época definida por la ausencia de la verdad y por la pérdida total de rigor respecto de lo que se informa y comparte. No estoy del todo de acuerdo.

El fenómeno ha alcanzado límites extraordinarios, sin duda. Tanto, que hoy debemos incorporar al análisis el llamado «dividendo del mentiroso»: la ventaja que obtiene quien intenta desacreditar una evidencia auténtica alegando que fue manipulada, falsificada o generada artificialmente.

También conviene distinguir la naturaleza de cada contenido: puede tratarse de un error, cuando alguien acepta y comparte como verdadera una información incorrecta; de desinformación, cuando existe una intención deliberada de engañar; de información maliciosa, cuando datos reales se utilizan fuera de contexto para provocar daño; de una mentira directa, cuando se afirma conscientemente algo falso; o de aquello que Frankfurt denominó bullshit: la construcción de un discurso con indiferencia respecto de su veracidad.

¿Es esto completamente nuevo? No. La mentira política, la propaganda, la censura, los rumores, la falsificación documental, la demonización del adversario, la manipulación emocional y la fabricación de enemigos son tan antiguas como la vida en sociedad. Creer que existió un pasado de absoluta honestidad, ética y responsabilidad informativa es un error con tintes románticos.

Porque nunca existió un pasado mejor en cuanto a la relación entre la verdad enunciada y la realidad misma. Creer lo contrario constituye un constructo social peligroso, que Joaquín Sabina ya advertía desde tierras bonaerenses: “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. De este modo, las expectativas sociales y comunicacionales se construyen sobre una experiencia de la que el ser humano nunca ha estado ajeno: la mentira, los intereses y la manipulación. Más categórico aún fue Ortega y Gasset al señalar que ese anhelo por volver a tiempos mejores es solo imaginario: “Ningún tiempo pasado fue mejor”.

Entonces, ¿por qué hablamos de «la era» de la posverdad y no simplemente de la posverdad? A mi juicio, porque estamos frente a una intensificación gigantesca, masiva y, a veces, burda de prácticas que antes conocíamos como desinformación, propaganda y falsificación. Lo nuevo no es la existencia de la mentira: es su escala, su velocidad y su capacidad de expansión.

Cuantos más medios y canales existen, mayores son las oportunidades para multiplicar errores, intenciones y estrategias informativas. Lo preocupante es que este proceso no parece retroceder: la intensificación solo conoce nuevas formas de extenderse.

Estamos ante una circulación global cada vez más veloz; una distribución personalizada de mensajes; la participación masiva de ciudadanos como redistribuidores; la medición instantánea de reacciones; la optimización algorítmica; la monetización de la indignación; y la posibilidad de fabricar una apariencia de consenso.

Esta intensificación coexiste con las llamadas «cámaras de eco». Estas no son simplemente una versión digital de la frase «miente, miente, que algo queda», sino entornos donde determinadas fuentes se refuerzan mutuamente, mientras las voces discordantes son excluidas o desacreditadas.

Las cámaras de eco pueden ser reforzadas por bots, cuentas coordinadas, influencers, publicidad segmentada y comunidades militantes que producen una falsa sensación de popularidad. Cuando una afirmación aparece repetidamente, puede parecer más familiar, más aceptada y, por lo mismo, más importante o creíble.

El factor diferencial, como explica C. Thi Nguyen, es su doble efecto: una cámara de eco no solo excluye fuentes externas, sino que enseña a desconfiar de ellas. Así, cualquier evidencia contraria puede ser presentada preventivamente como parte de la mentira. Imagine a un falso profeta que advierte sobre la aparición de falsos profetas: incluso la denuncia puede convertirse en una herramienta de protección para quien engaña.

No estamos, por tanto, ante el nacimiento de una nueva era, sino frente a un fenómeno antiguo que ha evolucionado de manera catastrófica para quienes aspiran a acceder a información cercana a la verdad de forma inmediata, sin tener que invertir tiempo y recursos en verificarla.

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La manipulación informativa ha acompañado distintos momentos de la historia. Con el surgimiento de los medios masivos de comunicación, aquello que se emitía por radio, se veía en televisión o se publicaba en los diarios podía alcanzar altos niveles de credibilidad y recibir escasos cuestionamientos.

El avance tecnológico, el acceso a la información, la pluralidad de medios y el desarrollo del pensamiento crítico permitieron debilitar el monopolio informativo de aquel «cuarto poder». Sin embargo, ese poder no desapareció: se dispersó y se reorganizó en nuevos intermediarios capaces de seleccionar, jerarquizar y amplificar contenidos.

El desafío consiste en evitar que la posverdad gane. ¿Cuándo ganará? Cuando asumamos que todos mienten, que nada puede comprobarse, que toda fuente está comprada, que la verdad depende únicamente del poder y que investigar ya no sirve.

La rectificación visible, el pensamiento crítico, la educación mediática y la valoración del periodismo riguroso son herramientas fundamentales para mitigar este fenómeno.