Una reflexión sobre los vínculos donde uno se queda y el otro solo pasa. El amor, las heridas que se comparten —o no— y la responsabilidad emocional de encontrarse cuando lo dulce ya no alcanza.

Hay una canción de Bad Bunny —nos guste o no el ganador del Grammy al Mejor Álbum de Música Urbana— que pone palabras a una verdad brutal: no todas las personas que pasan por nuestra vida llegan con la capacidad de quedarse, solo pasan por nuestras vidas como un turista.

Algunas entran livianas, con curiosidad, con deseo, incluso con ternura, pero sin raíces. Otras abrimos la puerta mostrando solo lo mejor de nosotros, no por falsedad, sino por miedo. Miedo a que, si ven la herida, no vuelvan nunca más.

Con el tiempo uno entiende que en ciertas historias alguien fue visitante y alguien anfitrión emocional. No porque uno quisiera usar y el otro ser usado, sino porque uno solo supo mirar lo luminoso y el otro solo se atrevió a ofrecer eso.

Hay algo profundamente humano en ese acuerdo silencioso: yo no te muestro lo que duele y tú no preguntas demasiado. No es mentira; es supervivencia. Porque nadie expone la herida cuando no sabe si el otro sabrá quedarse frente a ella sin huir.

Las heridas no nos hacen especiales ni trágicos, pero sí nos vuelven cuidadosos. No somos responsables de lo que nos pasó, pero sí de cómo lo alojamos en los vínculos. Y muchas veces el amor aparece como el lugar donde esa herida pide una segunda oportunidad. No para ser borrada, no para ser arreglada, sino para existir sin vergüenza. Para ser vista. Para ser acompañada. A veces, que alguien no se espante frente a nuestro corazón roto ya es una forma profunda de alivio.

Cuando alguien entra liviano a una relación y el otro entra cargado de historia, no estamos frente a una falta de amor, sino frente a un desfase. Uno llega con ganas de disfrutar; el otro, con ganas de quedarse. Uno aprendió a no anclarse; el otro, a no soltarse. Dos maneras distintas de protegerse del mismo miedo: perder.

Por eso decir que no te tocaba curar lo que yo traía no es un reproche, es un gesto de lucidez. Amar no es salvar. Nadie puede hacerse cargo de la biografía emocional del otro sin desaparecer en el intento. Pero que no te toque curarla no significa no verla. No significa no quedarte cerca.

Sanar no ocurre en soledad, pero tampoco por delegación. Ocurre en el encuentro: cuando alguien acompaña sin invadir y el otro se deja acompañar sin exigir que el amor funcione como una cirugía capaz de borrar lo que viene de antes. A veces el amor no cura la herida, pero hace algo igual de importante: evita que vuelva a vivirse en soledad. Y eso ya transforma lo esencial.

Muchas veces pedimos amor cuando, en el fondo, estamos pidiendo reparación. Y muchas veces ofrecemos presencia cuando el otro todavía necesita huir. En ese desencuentro no hay mala intención: hay historias que todavía no saben encontrarse.

También hubo belleza. Y eso no hay que negarlo. Que alguien haya sido turista no borra las noches compartidas, la risa, el deseo, la sensación de cercanía. A veces eso fue lo máximo que ambos pudieron dar en ese momento de sus vidas. El problema no es haberlo pasado bien. El problema es creer que el disfrute alcanza para sostener lo que duele cuando inevitablemente aparece.

Porque amar no es solo ternura. Cuando alguien ocupa el lugar de anfitrión emocional no sale ileso: es quien pone el cuerpo, la historia y la esperanza, y cuando el vínculo no puede sostener lo amargo, es quien queda más expuesto. No porque haya amado mal, sino porque amar implica siempre un riesgo. Las relaciones no se quiebran por tener una parte amarga; se quiebran cuando no hay espacio para tolerarla.

El amor no es solo lo dulce: también es lo agraz. El conflicto, la frustración, la diferencia no son fallas del vínculo, son parte de su espesor. Cuando no hay lugar para eso, lo que se daña no es solo el vínculo, sino algo más íntimo: la confianza en volver a amar. Es como cuando se rompe un jarrón: se pueden recoger los pedazos, incluso pegarlos con cuidado, pero ya no vuelve a ser el mismo. Queda la marca.

Y volverse a parar después de eso no es inmediato ni liviano. Requiere tiempo, relato, sentido. Cada vez que lo difícil no puede ser nombrado ni sostenido, el dolor vuelve a vivirse en soledad, y esa soledad convence de que amar no es seguro, que rompe el corazón.

El apego no se construye solo con intensidad. Necesita tiempo, repetición, una mínima experiencia de seguridad. Pero en una época que privilegia lo rápido, lo liviano y lo descartable, lo centrado en las propias necesidades, ese tejido muchas veces no alcanza a formarse. No porque no haya afecto, sino porque nadie enseñó a quedarse cuando el otro deja de ser fácil y empieza a mostrar lo que pesa.

El miedo a sentir demasiado adopta muchas formas. A veces se llama silencio. A veces liviandad. A veces desapego. No es frialdad: es autoprotección aprendida. Y suele estar presente en ambos lados del vínculo, aunque se manifieste distinto.

Quizás, más que hablar de turistas y residentes, habría que hablar de personas en distintos momentos de su capacidad de amar. No todos llegan listos. No todos pueden sostener profundidad. Y no todos saben pedir lo que necesitan sin sentir vergüenza.

Entender que la dinámica es compartida no borra el dolor, pero lo vuelve humano. Porque alguien se fue sin mirar del todo…y alguien también eligió no mostrarse completo. No por manipulación, sino por miedo a no ser amado si se mostraba entero.

El amor no borra el pasado, pero puede darle un sentido nuevo. Puede ofrecer un espacio donde la herida no sea negada ni explotada, sino reconocida como parte de la historia. Cuando eso no ocurre, no es porque nadie haya querido menos, sino porque las condiciones internas todavía no estaban dadas.

Con el tiempo uno aprende. Aprende a no idealizar tanto. Aprende a no esconder tanto. Aprende que amar no es aguantar ni salvar, sino encontrarse desde un lugar más honesto, donde no todo se soluciona, pero algo se comparte.

Tal vez esa persona fue turista porque no sabía habitar de otra forma. Y tal vez uno lo permite porque todavía confundía amor con esperanza. Y está bien. Eso también es parte del camino.

Porque no sanamos borrando lo vivido, sino integrándolo a nuestra historia. Y cada vínculo —incluso el que no se queda— deja una marca que puede doler…o enseñarnos a amar mejor.

Quizás no era el amor para toda la vida. Pero fue real mientras duró. Y eso, aunque no alcance, también cuenta.

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