El potencial de la APS no es solo atender consultas, sino que es anticipar riesgos, gestionar poblaciones y diseñar respuestas ajustadas al territorio.

Durante décadas, la Atención Primaria de Salud (APS) en Chile se entendió como “puerta de entrada”. Hoy, la evidencia empuja una ambición mayor: que la APS articule la red, ordene la demanda, prevenga daño y coordine cuidados.

El riesgo es discutir solo cobertura o per cápita (discusiones muy importantes y de fondo) y omitir lo basal: gestión territorial e información sanitaria usada con propósito.

El potencial de la APS no es solo atender consultas, sino que es anticipar riesgos, gestionar poblaciones y diseñar respuestas ajustadas al territorio. Sin embargo, el modelo aún opera bajo lógicas administrativas que premian producción y metas, más que resultados y continuidad del cuidado.

De ahí surgen, a nuestro entender tres fallas: (1) información fragmentada entre CESFAM, hospitales y servicios; (2) planificación poco territorializada, basada en presupuestos históricos e indicadores nacionales que no capturan la complejidad local; y (3) respuesta centrada en demanda espontánea, en vez de anticipación del riesgo.

Modernizar la APS exige pasar de “atender eventos” a “gestionar trayectorias”. Se requiere gestión poblacional con estratificación de riesgo y alertas: baja adherencia, crónicos sin controles, adultos mayores con alto riesgo de hospitalización y salud mental descompensada.

La georreferenciación permite focalizar acciones donde el riesgo se concentra y medir impacto. Pero nada escala sin interoperabilidad: compartir un mínimo de datos, mejorar derivaciones, priorizar por riesgo y asegurar continuidad cuando el paciente transita entre niveles. Esta integración es clave para reducir reconsultas, exámenes duplicados y esperas evitables.

En prevención —incluido el cáncer— el mensaje es el mismo: sin oportunidad de atención, equipos formados y continuidad, la pesquisa temprana no se convierte en cobertura efectiva. La APS debe poder resolver más (y derivar mejor), con metas de oportunidad que miren atención real y no solo volumen.

La telemedicina y el monitoreo remoto no son un “extra”; son infraestructura clínica para ampliar resolutividad y sostener seguimiento. Y las alianzas público-privadas, bien reguladas, pueden acelerar capacidades e incorporar tecnología, siempre bajo liderazgo sanitario de la APS, con reglas, evaluación y probidad. Para que esto funcione, el financiamiento también debe modernizarse: avanzar hacia pagos que reconozcan riesgo y resultados preventivos, no solo inscripción.

Hay una palanca de eficiencia: la gestión de agenda. Horas perdidas por inasistencia o mala contactabilidad erosionan acceso y alimentan listas de espera. Sistemas de recordatorio, confirmación y reasignación oportuna, junto con rediseño de flujos, liberan capacidad sin aumentar costos.

Sin inteligencia territorial y gestión basada en evidencia, la APS seguirá llegando tarde. Con datos en tiempo real, planificación por riesgo y herramientas modernas, puede convertirse en el “cerebro” del sistema: más prevención, continuidad y legitimidad para sostenerlo hoy, en un contexto de envejecimiento y carga crónica.

Nicolás Duhalde
Director de Salud de Huechuraba e investigador Instituto Libertad.

Víctor Álvarez
Cientista político e investigador Instituto Libertad.

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