Si realmente existiera un consenso del carácter "cultural" de las obras, no habría escándalo, no habría interpelaciones y, por sobre todo, no habría necesidad de justificar lo injustificable.

El 10 de febrero, el artista visual y activista, Felipe Rivas San Martín, publicó una columna de opinión en BioBioChile en la que cuestionaba una videodenuncia que emití en redes sociales a propósito del festival internacional de cine porno, financiado por el Ministerio de Cultura, “Excéntrico Fest”.

Al parecer, Rivas no comprendió del todo que la crítica de fondo que expuse en dicho video, no era hacia el contenido mismo del festival en cuestión, esto es, la post-pornografía, sino a su forma de financiamiento: vía recursos públicos. Llámese impuestos, llámese confiscación forzosa a los ciudadanos.

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Si bien lo que cada uno interpreta como “expresión artística y/o cultural” puede variar caso a caso, es indiscutible que en esta materia la subjetividad no es absoluta, que debieran existir ciertos márgenes, más aún cuando de recursos públicos se trata.

¡Y qué mejor muestra de ello que la reacción de indignación (al parecer mayoritaria) de la ciudadanía al enterarse del destino de sus impuestos!

Si realmente existiera un consenso del carácter “cultural” de las obras, no habría escándalo, no habría interpelaciones y, por sobre todo, no habría necesidad de justificar lo injustificable.

El error está, a mi juicio, en la soberbia de pretender disponer del dinero ajeno como si fuese propio, como si fuera la “obra” la que tuviera el derecho de ser financiada y no el ciudadano quien tiene el derecho de decidir en qué invierte y en qué no, en base a sus preferencias.

Libertad. Esa es la principal diferencia entre el mundo privado y público, del cual iniciativas como “Excéntrico Fest” suelen, coincidentemente, depender. Quizás a eso se deba la molestia con la que han reaccionado ciertos sectores, ante la instalación de este debate: peligra su subsistencia.

La ofuscación con la que se expresan Rivas y otros activistas del post-porno es de todas maneras, entendible. Muy propia del artista que, ante la crítica, es incapaz de concebir que otros “no sepan valorar su arte”. Y eso a fin de cuentas, duele.

María José Olea
Periodista

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