Cuando el mar no revela sus secretos desde la superficie, hay que ir a buscarlos en el hielo. Taladros, mangueras, baterías y un pingüino curioso acompañaron uno de los momentos más delicados de la campaña.

El océano no siempre se deja observar desde el barco. A veces, para entenderlo, hay que bajarse de él.

El día que bajamos por primera vez al hielo, el buque quedó detenido en medio de una planicie blanca sin referencias. No había costa visible, ni relieve, ni horizonte claro: solo una superficie continua que crujía bajo los pies y se movía lentamente con el océano.

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El hielo marino no es un vacío. Es una frontera viva entre el océano y la atmósfera, un hábitat donde se concentran microorganismos, algas y procesos químicos que no ocurren en el agua abierta. Para muestrearlo, no basta con dejar correr una manguera desde el barco. Hay que subirse al hielo.

Trineos cargados con bombas, botellas y herramientas cruzando el hielo hasta el punto de muestreo.
Instituto Milenio BASE

Cuando el buque se detiene para un icelanding, bajamos al hielo con un taladro, tubos, botellas y una bomba peristáltica portátil.

Primero extraemos un cilindro de hielo —un ice core— que se sella y se lleva al laboratorio del barco. Allí se deja derretir lentamente, y el agua resultante se filtra y se analiza igual que cualquier muestra de mar abierto. Lo que estaba atrapado en el hielo pasa a formar parte del registro de la campaña.

Pero el hielo no solo encierra vida en su interior. Justo debajo de su base, en los primeros centímetros de agua, existe otro mundo, químicamente distinto del océano abierto.

 Extracción de un núcleo de hielo marino (ice core), una ventana directa a la vida atrapada en la banquisa.
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Para alcanzarlo, bajamos una manguera desde la superficie del hielo hasta esa interfaz, y también hasta diez metros de profundidad, usando un sistema portátil de bomba y taladro inalámbrico.

Es un trabajo lento, físico, que depende de que nada se doble, se congele o se trabe en el momento equivocado.

Una pequeña torcedura en la manguera puede detenerlo todo. El agua deja de fluir, la bomba empieza a forzarse, las baterías se agotan.

Cada minuto es un balance entre lo que queremos medir y lo que podemos sostener sin comprometer el equipo ni a quienes estamos sobre el hielo.

A veces, incluso, hay que negociar con los habitantes del lugar.

Un pingüino se acercó al área de trabajo y detuvo momentáneamente el muestreo.
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En uno de esos icelandings, mientras tratábamos de mantener la manguera estable y las botellas alineadas, un pingüino apareció a pocos metros de nuestro espacio de trabajo.

No parecía asustado, pero sí algo curioso. Estaba allí, observando y ocupando el mismo punto que necesitábamos para seguir.

Durante varios minutos nadie se movió. No porque no quisiéramos terminar el muestreo, sino porque en ese entorno la prioridad es nunca desplazar a quien ya estaba.

El pingüino, finalmente, se alejó. La ciencia pudo continuar.

Reanudación del muestreo: el agua se monitorea debajo del hielo para capturar ese ecosistema invisible.
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Cada muestra tomada sobre el hielo lleva consigo algo más que números: lleva el rastro de un equilibrio frágil entre el entorno, los equipos y las personas.

Bajo el hielo, el océano no se deja medir fácilmente. A veces, lo único que podemos hacer es cambiar la forma de acercarnos a él.

Pingüinos Adelia (Pygoscelis adeliae) se mueven sobre la superficie de un bloque de hielo.
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