El odio moderno, además, no necesita convencer a todos. Solo necesita instalar la duda. Necesita que la gente diga “quizás algo de razón tienen”. Necesita que se tolere lo intolerable. Y ahí está el peligro.
Auschwitz se ha convertido en un símbolo universal del horror y la deshumanización, la maldad en su máxima expresión.
Resulta peligroso creer que la tragedia comenzó en Auschwitz.
No empezó ahí. Auschwitz fue el final de un proceso. El resultado de una maquinaria planificada que se construyó paso a paso, con disciplina, con miedo, con indiferencia, con propaganda. Es fundamental entender el proceso: el odio no aparece de golpe. Se fabrica.
El Holocausto no ocurrió porque un día el mundo despertó y decidió exterminar a millones de judíos. Ocurrió porque, antes, se instaló una idea: que había un grupo humano que valía menos. Que era sospechoso. Que era un problema. Que era una amenaza. Que era “otro”.
Primero fueron los estereotipos.
Después, la burla.
Luego, la discriminación legal.
Luego, la expulsión de espacios sociales.
Luego, la violencia.
Luego, el exterminio.
Lo inquietante es que este camino está cimentado con frases que suenan conocidas:
“Es solo una crítica”.
“Es solo una broma”.
“Es solo una opinión”.
“Están exagerando”.
“Ya no se puede decir nada”.
Y mientras se normaliza el desprecio, se entrena la indiferencia.
Por eso, conmemorar el 27 de enero es recordar a las víctimas del Holocausto, pero también, recordar la importancia de detectar las señales tempranas que siembran el odio. Y entender que esta responsabilidad no puede quedar únicamente en manos de la conciencia individual. Porque si el odio se fabrica paso a paso, también debe frenarse a medida que avanza, con decisiones concretas.
Los Estados tienen el deber de actuar preventivamente, con legislaciones robustas contra la discriminación, capaces de proteger antes de que el desprecio se convierta en violencia. No puede depender del criterio de cada persona cuando “se cruza la línea”, porque cuando el límite se vuelve relativo, termina corriéndose con facilidad. Una democracia se mide también por su capacidad de anticiparse al daño, y no solo reaccionar cuando ya es demasiado tarde.
Lamentablemente, hoy en Chile, como en otros países, vemos cómo se degradan las conversaciones públicas. Cómo se reemplaza el argumento por el insulto. Cómo se generaliza con facilidad. Cómo se culpa a grupos enteros por acciones de individuos. Cómo se construyen enemigos para simplificar la realidad.
Y en ese contexto, el antisemitismo tiene una característica particularmente persistente: se adapta. Cambia de forma, cambia de lenguaje, cambia de excusas. Pero mantiene su núcleo: la idea de que “los judíos” son una fuerza oscura, poderosa, manipuladora. Un mito que ha atravesado siglos y que hoy circula con una velocidad nueva, amplificada por redes sociales.
El odio moderno, además, no necesita convencer a todos. Solo necesita instalar la duda. Necesita que la gente diga “quizás algo de razón tienen”. Necesita que se tolere lo intolerable. Y ahí está el peligro.
Porque cuando una sociedad se acostumbra a deshumanizar, deja de ver personas. Empieza a ver etiquetas. Y cuando se ven etiquetas, se vuelve fácil justificar lo injustificable. No esperemos a que el odio sea evidente. No esperemos a que sea tarde. No esperemos a que se convierta en violencia física para reaccionar.
Porque el camino previo a Auschwitz se parecía a la vida cotidiana de una sociedad democrática y educada. Y precisamente por eso fue tan fácil ignorarlo…hasta que ya no hubo forma de hacerlo y ya sabemos a dónde llevó.
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