Tanto el reglamento escolar como la Ley Karin nos recuerdan que antes del castigo debe estar la prevención y el diálogo.

En estos meses hay estudiantes que no quieren volver a clases porque aman las vacaciones, pero también existe un grupo con temor de regresar al colegio. Tienen problemas de convivencia escolar o sufren bullying. Algunos incluso presentan síntomas físicos como dolor de cabeza, náuseas, temblores, autolesiones y desmayos, entre otros.

Las familias también comparten la aprensión del regreso a clases, piensan que están atados de manos por desconocimiento de los protocolos del colegio frente a una situación de estas características.

Esto lleva a errores en los procedimientos: Apoderados que, en lugar de esperar que el profesor jefe derive el caso a especialistas, se saltan los conductos regulares del establecimiento. En un último caso, si la escuela no logra resolver, se debe acudir a la Superintendencia de Educación.

Las escuelas tienen un equipo de convivencia que debe acoger estos temas y resolverlos bajo sus protocolos: primero se debe definir si efectivamente es un caso de bullying o un problema de convivencia escolar. Esta diferencia es fundamental, el bullying debe ser sistemático en el tiempo, dirigido e intencionado por una persona o un grupo de personas que provoquen algún tipo de vulneración a otro.

En cuanto a las estadísticas, existen 11.091 denuncias entre enero y febrero del año 2025, relacionadas a convivencia escolar que se publicaron en octubre del año pasado, a través del Segundo Reporte Trimestral de la Superintendencia de Educación. Cifras que mantienen aumento sostenido el 2024 y 2025.

Al igual que con la Ley Karin, tenemos una cantidad abrumadora de denuncias, lo que nos hace pensar que las escuelas son proyecciones de la sociedad adulta.

El caso de Alejandro

Les contaré una ficción: Alejandro tiene 10 años, es un excelente estudiante de rendimiento escolar alto y deportista. Durante el año sus padres no presentan reclamos y se muestran colaboradores en las actividades del colegio.

En abril, se acercan a la Profesora Jefe planteando que ellos creen que a su hijo le hacen bullying y se activa el protocolo de investigación.

En ese proceso, se corrobora que efectivamente un grupo de cinco estudiantes lo están aislando y molestando. Durante las entrevistas personales sus compañeros mencionan que lo hacen porque “nos tiene chato”.

Y es que Alejandro hace comentarios ofensivos respecto a las capacidades deportivas de sus compañeros y muestra poco cuidado con los juguetes de ellos. Situaciones que fueron verificadas por profesores e inspectores.

Querido lector, en este punto debemos leer como adultos: Existe un grupo de cinco estudiantes actuando en bloque contra uno solo.

Su actuar, los conduce a una espiral de maltrato. Por otra parte, Alejandro y su familia deben reflexionar sobre esta conducta que a sus compañeros les provoca un rechazo. Este último punto es fundamental, pues la víctima debe fortalecer su punto débil que hace que otros vulneren sus derechos.

Prevención y diálogo

Los espacios de socialización como los hogares, puestos de trabajo y escuelas deben ser territorios de sana convivencia donde el respeto no sea una opción, sino el mínimo común denominador.

Si bien el futuro gobierno apunta a una aplicación implacable de la ley para mantener el orden en las aulas, no debemos olvidar que las leyes sancionan hechos, pero no sanan vínculos.

Tanto el reglamento escolar como la Ley Karin nos recuerdan que antes del castigo debe estar la prevención y el diálogo.

El desafío urgente es dejar de gestionar protocolos para comenzar a resolver conflictos humanos, solo así evitaremos que nuestras escuelas sigan siendo el espejo de una sociedad adulta fracturada.

Rodrigo González
Profesor de Matemática y Computación

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