Tal vez por inexperiencia, o por esa impertinencia que forma parte de un sello generacional ya envejecido, desde sus inicios el gobierno ha conocido reveses y experimentado numerosos desaciertos en materia internacional.
Los actos de todo gobierno acarrean consecuencias. Siendo esta una observación elemental, no siempre es comprendida por quienes gobiernan. Uno espera que los resultados de estos actos sean positivos, ya que para eso lo elige y hasta delega en él una dosis de esperanza razonable, aunque solo sea por un tiempo acotado. Este axioma es especialmente cierto en materia internacional.
A menudo tenemos la impresión de que lo que sucede fuera de nuestras fronteras no nos afecta y vivimos despreocupados de lo que el gobierno hace y compromete a nombre del Estado. Pues bien, sepamos que se trata de una impresión carente de fundamento.
Las guerras y amenazas, las catástrofes humanitarias, el calentamiento del planeta, las intervenciones armadas como la de este fin de semana por parte de los Estados Unidos en Venezuela, etc., nos señalan que el resto del mundo existe.
Además, la economía que se refleja en cada bolsillo nos muestra la interdependencia en la que nos encontramos. Casi todos los bienes que consumimos son producidos afuera, los compramos y los nuestros los vendemos en otros mercados. Por eso los tratados y acuerdos, las guerras tarifarias, la logística y la multiplicación del transporte, la geoestrategia que se configura a partir de la correlación de fuerzas y en la que somos una simple pieza de ajuste. Cuando China, nuestro socio principal, estornuda, inexorablemente, comenzamos a toser.
Dada la magnitud de esta interdependencia, en materia de relaciones internacionales se impone una norma: la prudencia.
La impertinencia en actos recientes
Aunque no siempre podamos distinguirlo con precisión, los actos o simples declaraciones de un gobierno en materia internacional afectan al país. ¿Quién podría negar que la fanfarronada del expresidente Piñera en Cúcuta no insidió de manera desastrosa en el aumento del flujo migratorio?
Se trató de un acto impertinente, como lo fue sentarse en el escritorio de la Oficina Oval durante su visita a la Casa Blanca. Ni qué hablar de la nerviosa y humillante carrera por los pasillos de la expresidenta Bachelet para ir a saludar a Fidel Castro en 2013.
Utilizamos el adjetivo impertinente en su sentido más elemental, como “algo fuera de lugar e inapropiado”. Y lo ilustramos hoy a través del presidente Trump, cuyos actos y declaraciones son de tal despropósito que llegan a normalizar la impertinencia, generalmente teñida de grosería de la más baja calaña y de una imprudencia que pone en peligro al planeta. Sus actos, chantajes y agresiones, contrarios a toda norma jurídica, afectan a la inmensa mayoría de los países.
De la impertinencia a la imprudencia
Un ser impertinente es también “quien se comporta sin el debido respeto; de forma insolente, displicente y altanera” —nos dice el diccionario de la RAE en una de sus acepciones—.
Tal vez por inexperiencia, o por esa impertinencia que forma parte de un sello generacional ya envejecido, desde sus inicios el gobierno ha conocido reveses y experimentado numerosos desaciertos en materia internacional.
Declaraciones inoportunas, equivocaciones en los nombramientos y posiciones “de principio” —olvidadas al cabo de algunos meses— lo confirman. Así, en lo que era una transcripción ideológica identitaria, se afirmaba que la política exterior de Chile sería “latinoamericanista, con perspectiva de género y turquesa”. Sí, tal como lo lee.
La imprudencia expresada con una lengua fácil culpó al rey de España del retraso en la ceremonia de investidura en el Congreso el 11 de marzo de 2022. Luego, fueron numerosas las declaraciones y actos hostiles al gobierno de Israel, Estado que pasó de ser un aliado estratégico en materia de defensa a una suerte de paria.
Durante varios meses, el exsubsecretario J.M. Ahumada enarboló con arrogancia la estrategia de las “side letters” que debían ser firmadas previamente con cada miembro del tratado TPP-11 antes de su promulgación. “Lo que estamos haciendo con la política de las ‘side letters’ es un cambio de lo que ha sido tradicionalmente la política comercial en este país”, afirmaba el inexperimentado responsable de nuestras relaciones económicas en la Radio Universidad de Chile (14/10/2022).
Varios embajadores en países importantes, nombrados únicamente por amistad o compromiso partidista, dieron muestras de incompetencia y, peor aún, de una desvergonzada frivolidad.
La filtración de una grabación de una reunión del Ministerio de Relaciones Exteriores en 2023, en la que participaba nada menos que la exministra Urrejola, dio cuenta de la imprudencia de la canciller y de su equipo cercano, del nivel de los participantes y del desorden reinante. La ministra fue reemplazada por un hombre de experiencia que ha actuado con paciencia, más como un contenedor de impulsiones que como canciller.
El precipitado anuncio que hiciera el presidente de la República en la Asamblea General de la ONU, en septiembre pasado, postulando a Michelle Bachelet a la máxima función de ese organismo (hecho al que nos hemos referido en una columna anterior) dio cuenta del mal uso de una instancia internacional para fines internos, cuando no de una genuina ingenuidad.
El episodio más reciente
“Libre determinación para la nación de Rapa Nui”, decía un cartel —traducido al inglés— que fue publicado en Instagram por Manahi Pakarati, embajadora chilena en Nueva Zelanda, el 24 de diciembre. Este acto deliberado no hacía otra cosa que ratificar una convicción propia de una militante, ya expresada por la diplomática en reiteradas ocasiones antes de ser nombrada representante de Chile.
Recordemos que la Sra. Pakarati fue directora de Protocolo previamente, función en la que se desempeñó durante dos años, acaparando constantemente la atención y las cámaras televisivas por su excentricidad, sus plumas y collares. Durante su trayectoria como diplomática, jamás ocultó su convicción de prestar servicios a un país “colonizador” y de ser parte de un pueblo “colonizado” por Chile.
Ahora, apartándose por completo de su función de representante de Chile, la Sra. Pakarati asumió la de activista de una causa étnica que se podrá respetar, pero que no es la que expresa el país que debiera representar dignamente.
La impertinencia de la que dio muestras la llevó a apartarse de su mandato, dejando al gobierno en una posición más que incómoda, y debiendo este asumir, además, sus propias contradicciones en materia de pueblos originarios. No olvidemos que, de haberse aprobado el proyecto de constitución oficialista en septiembre de 2022, Rapa Nui habría podido aspirar legítimamente a la autodeterminación que hoy reclama Manahi Pakarati en su cartel.
Lo ocurrido con la embajadora chilena de origen pascuense es preocupante. No nos imaginamos a un embajador británico nacido en Escocia, a un francés de la Guadalupe, un vasco o catalán que represente a España, reclamando la autodeterminación de esos territorios. De hacerlo, por seguro, no durarían un día más en sus funciones.
Resultaría incomprensible que una conducta de esta naturaleza quedara sin la única sanción que corresponde, más allá de la simple reprimenda. Suspender tal decisión es solo entregarle el trabajo ingrato al próximo gobierno.
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