Mucho más allá del impasse, en el complejísimo escenario mundial (y la creciente militarización del Océano Pacífico), “la independencia” o “el autogobierno” son malas soluciones.
El “factor genético”
En septiembre de 2024 la revista Nature publicó un sofisticado estudio dedicado al ADN de la población rapanui, elaborado a partir de restos óseos correspondientes al periodo 1670-1950 llevados a Europa por expediciones francesas.
Elaborado por científicos de las universidades de Copenhague, Viena, Lausana y Paris (además del Museo de Historia Natural de Francia), el estudio permitió a los investigadores arribar a dos conclusiones relevantes.
Primero, descartar la validez científica de la denominada “tesis del ecocidio”, esto es, que la sobreexplotación de los recursos naturales de la isla por parte de sus ocupantes condujo a conflictos que diezmaron su población (una tesis “muy querida” por el ambientalismo global). Y, segundo, que la población rapanui es, “desde siempre”, “genéticamente pura”. No es así.
El estudio muestra que, desde el “punto de vista genético”, no se observan “cuellos de botella” que permitan “deducir” catástrofes demográficas como la postulada por los defensores del “ecocidio”. Estadísticamente, la población de la isla no parece haber sido afectada por “holocaustos”, salvo aquel causado por traficantes de personas asentados en Perú, que en la década de 1860 visitaron ésta y otras islas del Océano Pacífico causando enormes daños demográficos.
El estudio científico también confirma un trabajo publicado en 2020 en la revista Science, en cuanto a que la presencia de “genes sudamericanos antiguos” en la población rapanui es anterior a la primera visita europea a la isla (1722).
La importancia del dato es sustantiva: a diferencia de lo que sostienen algunos, “genética o racialmente”, la población rapanui “no es 100% polinésica”. El estudio detectó que entre 1280 y 1495 el “genoma rapanui” adquirió entre el 6,5% y el 12,4% del genoma de las Américas. Fascinante. ¿Cómo y cuándo se produjo el contacto de los isleños con el continente?
En 1770, al conocerse que James Cook había zarpado desde Inglaterra con la misión de detectar un continente austral teóricamente adyacente a Rapa Nui (“Davis Land”), desde Callao la Corona española despachó una flotilla de dos naves que, al mando del capitán Felipe González, convenientemente cartografió y documentó la isla para, a continuación, seguir viaje a Talcahuano y Chiloé.
Mientras una de las naves de González retornó directamente al Perú, la otra, desde Chiloé, parece haber regresado a Rapa Nui para establecer, tan temprano como 1772, un vínculo con Chile.
Chile, refugio contra la opresión
Como se indica, en la década de 1860, a la par con un tráfico de súbditos chinos (coolies), empresarios inescrupulosos (“expertos en migraciones”) aprovecharon una coyuntura económica peruana en la que la fuerza de trabajo (en los hechos esclava) era de gran demanda.
Situada a solo un mes de “viaje de ida y vuelta” del Callao, Rapa Nui fue presa de dichos “empresarios”, que ofrecían “contratos de trabajo” que rápidamente condenaban a los “contratados” a la esclavitud.
Estudios confiables señalan que, en un solo año, la población rapanui de aproximadamente cuatro mil almas fue reducida en no menos de mil quinientas personas, luego sometidas a trabajos forzados y a enfermedades. Una pequeña fracción de ellas logró retornar a su hogar.
El genocidio producido por los esclavistas y la visita de “expediciones científicas” que, aprovechando el aislamiento de sus habitantes, comenzaron a apoderarse de su patrimonio arqueológico, reforzaron la percepción de indefensión de Rapa Nui.
En contexto, al menos en parte, eso explica el llamado Tratado de Unión de Voluntades suscrito en 1888, esto es, el pacto político que, a solicitud de la comunidad de la isla, permitió desde entonces a sus habitantes caminar “de la mano de la nación chilena”.
Transcurridos casi 148 años -mestizaje incluido- en esa ruta Rapa Nui se convirtió en parte del pueblo chileno. Ello no solo porque, desde el altiplano a cabo de Hornos, desde niños aprendemos a valorar su tradición y considerarla parte de la cultura nacional, sino porque su “genoma” es, hoy por hoy, parte del crisol de gentes que somos como país libre y diverso.
Autodeterminación y autogobierno
El revuelo causado por afirmaciones de una “embajadora pascuense” ha puesto el foco en las aspiraciones de mayor participación en las decisiones de gobierno de la gente de Rapa Nui. Como explico enseguida, en ese reclamo los isleños “no están solos”.
El asunto es complejo pues, más recientemente, ciertos “clanes” respaldaron las afirmaciones de la embajadora pidiendo la revisión del Tratado de 1888 para, se entiende, negociar el “autogobierno” (que no es sinónimo de “autodeterminación”).
Hay que anotar que, en términos del Derecho Internacional, el principio de autodeterminación está concebido para amparar la descolonización de los imperios del siglo XIX y XX, por lo cual “la embajadora” y “los clanes” equivocadamente lo invocan: Rapa Nui no fue, ni es una “colonia” equivalente a la India británica o a la Argelia francesa o al Mozambique portugués.
No está claro si es por este motivo que, en su reclamo, los “clanes” han recordado promesas del actual Presidente de la República, respecto de conceder a Rapa Nui el “autogobierno”.
A dos meses de concluir su periodo de cuatro años, en el mejor de los casos, se trata de otra promesa de campaña incumplida. Adicionalmente, en origen esa “promesa” tampoco distinguió entre “autodeterminación” y “autogobierno” que, como señalo, ni política ni jurídicamente son sinónimos.
En todo esto abunda una peligrosa oscuridad conceptual.
Mucho más allá del impasse, en el complejísimo escenario mundial (y la creciente militarización del Océano Pacífico), “la independencia” o “el autogobierno” son malas soluciones.
Estas solo pueden -temporalmente- beneficiar a unos pocos, pero, en el mediano y largo plazo, de seguro conducirían a la incertidumbre, la estrechez económica y al peligrosísimo debilitamiento de los servicios básicos en un lugar “por definición distante de todo” (“ombligo del mundo”). Asimismo, con mucha probabilidad, al surgimiento de conflictos de imponderables consecuencias.
El regreso a la autarquía y al aislamiento anterior a 1722 no es posible: tampoco es la solución. La comunidad de la isla no debe prestar oídos a aquellos que afirman que, en el siglo XXI, el “sistema de clanes” es equivalente al sistema constitucional democrático, en el que cada persona tiene asegurada la igualdad de derechos (que, entre otras muchas cosas, asegura la preservación de la tradición y el acervo cultural de Rapa Nui).
Descentralización
A los efectos podría resultar útil recordar que, desde hace décadas, el país está abocado a un proceso de descentralización, una tarea incompleta, pero fundamental para la prosperidad y la seguridad de las regiones extremas y los territorios menos favorecidos.
Desde esa óptica, la inquietud que existe en Rapa Nui no es distinta a la que existe en Arica y Parinacota o Magallanes y Antártica Chilena (“la República Independiente de Magallanes”). En estas y muchas otras partes del país la disconformidad con el Estado central es equivalente a la convicción de que, para el mejor gobierno (incluido el mejor uso de los fondos públicos), las comunidades locales deben consideradas en las decisiones trascendentes.
Visto así el problema, la solución no está en escuchar voces interesadas en proyectos personales con resultados catastróficos asegurados (“autodeterminación de Rapa Nui”). Como en la Patagonia, tales “iniciativas” recurrentemente provienen de personas y ONGs extranjeras, que mientras para ellos se reservan el rol de “Robinson Crusoe”, a “los locales” asignan el papel secundario de sus “Friday privados” (“buenos salvajes”).
Lo que conviene a la gente de Rapa Nui es sumarse al resto de sus hermanos del continente, de Juan Fernández, Chiloé, Puerto Edén, Tierra del Fuego y Navarino en la demanda por mayor descentralización político-administrativa.
También, aceptar que las diferencias entre nosotros no son “genéticas” ni “culturales”: todos los chilenos somos el resultado de algún tipo de mezcla. Somos un “país criollo”: Esa es nuestra riqueza/fortaleza esencial.
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