“Se ve imponente mi antepasado”. Parecía broma, pero era cierto.

Las casas reales siempre tienen muchas historias bien conocidas, y otras paralelas que terminan por saberse. Antes de contar el final, permítanme aludir al contexto.

Ingresado al Servicio Exterior conocí a un colega que venía de un destino y esperaba el siguiente. Yo aguardaba ansioso el primero. Se trataba de Alberto Wittig Cook.

Casi a diario coincidíamos en el casino del Ministerio, donde almorzábamos. Una sala en La Moneda que daba a un patio interior. Con mesas y sillas simples e incómodas nos sentábamos en cualquier lugar, sin distinciones de rangos ni categorías. No existía la jornada única ni la vulgar “colación”. Se almorzaba de verdad, y a un precio mínimo.

Alberto tenía el don de saber escuchar, frente a tantos otros que luchaban por hablar. El ambiente era entretenido con chismes, donde la vida de los funcionarios y sus destinaciones eran pormenorizados, así como tantos temas internacionales.

Ya destinado en París, decidimos ir un fin de semana largo a Madrid, y estuvimos con Alberto y su mujer María Luisa Sanz de Limantur. Cecilia enganchó con Priscilla, hija de ambos. Era invierno, y entramos en todos los cafés y tiendas posibles para escapar del frío y viento de la sierra madrileña.

Pocos meses después, María Luisa y Alberto fueron a París, con unos papeles legales que debían tramitar. Los pasé a buscar a su hotel en Avenue Victor-Hugo. Hechos los trámites que no me enteré, partimos a almorzar a Le Marais. No estaba a la moda actual y todavía había edificios sin restaurar por el “ravalement”, impuesto por de Gaulle, y su ministro de cultura André Malraux. Todavía se practica cada cinco años, costeado por los propietarios, así París luce siempre impecable.

Esquivando el tráfico, mirando a la derecha cuya prioridad es total (cualquier choque por la derecha es culpa del conductor. Por la izquierda, del que choca. Los seguros son implacables en eso). Pasamos frente a una estatua de un antiguo Rey de Francia. María Luisa hizo un comentario a Alberto, que entonces no puse atención. “Se ve imponente mi antepasado”. Parecía broma, pero era cierto.

Su padre, Fernando, luchó por años por llevar el apellido de Borbón, sin conseguirlo. Los trámites legales pretendían activarlo, según me contó durante el café del almuerzo.

Era uno de los dos hijos del Rey Alfonso XII de España y de la famosa cantante y actriz Elena Sanz Martínez de Arizala, con una larga relación antes del nuevo matrimonio del Rey viudo prematuramente, con María Cristina de Habsburgo.

La corte lo sabía. Los apoyó financieramente por años, hasta que el Rey fallece a los 28 años. No hubo ni reconocimiento ni derecho al apellido, como otros hijos de Alfonso XII. Si bien la paternidad no dejó dudas.

Los hijos de Alberto son chilenos, por haber sido un diplomático nacional que falleció el 2005 y María Luisa el 2012, y a la vez, descendientes lejanos del nieto de Luis XIV que da origen a la dinastía que reina en España. Nunca han hecho alarde de ello, y son pocos los que conocen su origen materno.

Entre los casos de errores y desatinos de algunos de nuestros representantes, son todo un ejemplo.